miércoles, 19 de abril de 2023

Las Vegas is waiting

 

  19 de Abril de 2016  


La República de Panamá era célebre mundialmente sólo por cuatro cosas. Ahí existe el único lugar de América en el que el Sol sale por el Pacífico y se pone por el Atlántico. Ahí también se construyó hace poco más de un siglo ese portento de ingeniería que constituye la única vía de agua que une los dos océanos, y en el que trabajó nada menos que Paul Gauguin. Sin duda, es por ello que todo ello es tan bello por allá. En tercer lugar, porque de ahí es Rubén Blades y su diente de oro. Nada menos. Y en cuarto, last but not least, ahí nació, en el mero David, mi querido e insustituible Roberto Guerra Milligan, de nuevo nada menos, nadie menos. Usted no lo conoce, pero yo sí. Y con eso basta y sobra. A él le debo buena parte de lo que hoy soy, para bien o para mal. Y por lo tanto, también se lo debe usted. También para bien y para mal.

Hoy, de la manera menos pensada posible, tienen una quinta singularidad, un quinto motivo de orgullo nacional, menos hermoso, menos emblemático y menos útil que los otros. Los ya celebérrimos “Papeles de Panamá”, que ni son de Panamá ni son papeles. Son USB’s y son de unos señores, unos tales Mossack y Fonseca. En ellos “denuncian”, y en buena medida calumnian, a varios centenares de potentados del mundo que, de ser cierto —y parece que lo es—, habrían depositado parte de sus fortunas en algunos de los llamados “paraísos fiscales” que pueblan el mapa financiero del planeta.

Vamos por partes, como dicen en la Buenos Aires. La prensa amarillista internacional, en la que se cuenta de manera destacada alguna orgullosamente mexicana, han querido criminalizar tal práctica. Entendámonos. Ser rico es una chingadera, pero todavía no un delito. Más bien un deleite. Y las empresas off shore son perfectamente legales.

Los tales “paraísos” son países o regiones donde puede uno meter su lana con tres garantías: No preguntamos, no contestamos y no cobramos. Es una práctica común, a la que sin duda han de recurrir numerosos truhanes, pero también un buen número de inversores, financieros e industriales que la llevan bien con la ley, donde los haya. En otras palabras, aparecer en los famosos papeles no implica ilegalidad alguna.

Así es el sistema capitalista, por si no lo sabían. Es común, por supuesto, que los acaudalados evadan impuestos. ¡Gran noticia! ¡No teníamos la menor idea! ¡Gracias, Carmen! Pero me temo que a nadie se le escapaba. Es una hermosa tradición milenaria. Como en todas las costumbres ancestrales, poseen mil variantes. Desde Don Gastón Billetes, colaborador inolvidable de esta sección, hasta Rico McPato, todos se la saben. Los ricos la libran y para eso tienen a sus contadores, para que les ajusten sus bisnes. De hecho, los CP saben más de geometría que de aritmética. Saben más de cuadrar que de sumar.

En nuestro país, y en los que no son nuestros, sólo cumplen al pie de la letra sus obligaciones fiscales los ricos pendejos y los pobres, que por pendejos, no son ricos. El repertorio de malabares es interminable. No sé si se ha escrito nunca un manual bien documentado: “Cómo no pagar impuestos y dormir tranquilo (en su casa)”. Me temo que levantaría escozores, pero hay muchos que no necesitan el manual.

Para empezar omiten reglas, intentan mediante pactos o sociedades invisibles burlar las exacciones. Muchos incluso vetan inversiones, negociando a ultranza fondos reservados al gestionar intervenciones opacas.

El inversor es un esquiador de slalom. Hay que ir esquivando banderitas. Si te equivocas, pos ya perdiste. A menos, claro, que seas amigo del árbitro, y te mueva los banderines a modo.

Déjeme terminar, entrañable amigo, con una información, que si no conoce, lo va a sorprender y a poner de mal humor. ¿Sabe usted cuál es el mayor “paraíso fiscal” del mundo? En este momento, suspenda usted la lectura, cierre los ojos, respire hondo, échese un farolazo de Hornitos y entonces, sí, lea: Estados Unidos.

De manera que a lo mejor, digo a lo mejor, la “sensacional revelación” panameña lo que busca, entre otras cosas, es que, en lugar de andarse arriesgando usted a meter su dinero en caracoleos siempre poco confiables, mejor, no lo dude ni tantito, métalos en Nevada. No hay santuario tan amable, acogedor y tranquilizante como las riberas del Humboldt. No lo dude más, tantos compatriotas no pueden estar equivocados: Las Vegas is waiting for you!


Marcelino Perelló

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