martes, 11 de abril de 2023

Otros septiembres nos esperan


  11 de Mayo de 2016  


A Marcela Santis, a Carlos Molina, muestras vivas de la distinción del pueblo chileno, y del esplendor de su gesta.

 

Lo sabemos todos. Lo que no todos sabemos es que lo que tuvo lugar en Santiago de Chile el 11 de septiembre de 1973 no fue un golpe de Estado. Fue un golpe de futuro.

Ese día, a primeras horas de la mañana, el ejército chileno, traicionando una tradición que los honraba desde siempre, en un acto de bajeza repelente e inaceptable, depuso al insigne presidente Salvador Allende e impuso una dictadura militar caricaturesca. Caricaturesca y sanguinaria.

E insisto: no fue simplemente un golpe de Estado. El proyecto de la Unidad Popular, de haberse podido sostener, habría sido el inicio de una revolución socialista planetaria. El mundo hoy sería otro. Y los que ahora mandan estarían bajo la cama o bajo tierra. O trabajando en cualquier taller mecánico.

Algo muy importante se perdió ese día. La historia dio una vuelta en U. El tránsito pacífico al socialismo no se había producido ni en Alemania ni en el RU ni en Estados Unidos, tal como había predicho un profeta demasiado optimista y entusiasta. Aconteció en las Antípodas, aquel lugar donde no suele pasar nada. Y ahí sucedió. Y de qué manera.

El gobierno socialista, encabezado por el doctor Salvador Allende y sostenido por millones de chilenos, no tanto miserables como marginados, se mantuvo en el poder casi tres años, durante los cuales las reformas institucionales y sociales llevadas a cabo fueron abrumadoras y contundentes. Pero no bastó.

El Imperio contraataca. Y el Imperio aplasta. La experiencia chilena no podía progresar. De ninguna manera. Cuba de algún modo era otra historia, de dimensión y proyección mucho más modesta. Chile está en Europa. Y era preciso estrangularlo. Y lo estrangularon. Exactamente lo mismo están haciendo en este momento en Venezuela, que no cuenta con los recursos, sociales, económicos e intelectuales de aquel Chile.

No bastaba con el ahogo. Era indispensable montar una provocación. Como en todos los casos que he descrito en esta semiserie. Intentaron varias. La primera fue el asesinato del general Schneider, comandante en jefe del ejército. No fue suficiente. Montaron un incidente para que su sucesor, Carlos Prats, perdiera la cabeza y disparara contra el coche de los mafiosos. Tampoco fue bastante.

Había que pasar a acciones más atrevidas y espectaculares. Dos días después un pequeño grupo de vehículos blindados atacan La Moneda, el palacio de gobierno, esperando una respuesta violenta de Allende, que justificara el alzamiento militar. Pero ésta no se produjo. El Presidente era un hombre culto y sagaz. Su respuesta fue tan cauta como hábil. Contra viento y marea sostiene a Prats. Pero la infiltración y consecuente embestida de las fuerzas armadas no cesa.

En 1987 yo conocí a la escritora Isabel Allende, a su inolvidable esposo Romilio Tambutti y a su adorable hija Marcia. Fue Isabel la que me contó que en agosto del 73, jugando ajedrez con su padre, y viendo que éste acostaba el rey, le preguntó por qué, y el Presidente respondió melancólico y sin levantar la vista: “Ya no tengo peones, hija”.

En esos mismos días el general Prats, en efecto, había sido obligado a renunciar. Fue él mismo quien recomienda como sustituto a un militar de carrera, fiel e impecable, de nombre Augusto Pinochet. El resto no merece gran comentario. La revolución chilena fue asfixiada y asesinada.

Fueron pocos los grupos organizados que pudieron mantenerse en una tan heroica como inútil oposición. Entre ellos estaba el MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, encabezado por el mítico Miguel Enríquez. Ellos decidieron, en una actitud tan gallarda como suicida, no recurrir al exilio. Enríquez fue acosado y finalmente acorralado un año después, en una barriada de Santiago, la Comuna de San Miguel. Junto a su esposa Alejandra. Decidieron no rendirse.

Persistió obstinado resistiendo un salvaje tiroteo enteramente desigual, presintió otra real muerte inexorable. Porque otro remoto MIR invocaba vivencias inolvidables. Para obnubilarse recordó Miguel instantes maravillosos.

Un mes antes el general Prats había sido asesinado en las calles de Buenos Aires. La muerte de Miguel y de Alejandra representa el final del desafío chileno. Intentaron hacer posible lo que, sabían, no lo era. Su epopeya —todos lo sabemos— no será estéril. Su sueño se esparcirá, más temprano que tarde, y ya no habrá quién lo detenga. Las herencias no son repudiables.

Las últimas palabras del presidente Allende, transmitidas en directo por la heroica Radio Magallanes, fueron:

“Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”

Otros septiembres nos esperan.


Marcelino Perelló

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