jueves, 13 de abril de 2023

El poder de la lengua


  03 de Mayo de 2016  


En particular hubo dos controversias colectivas especialmente interesantes en los espacios de dos feisbuqueros especialmente interesantes: Rogelio Villarreal y Lorenzo Rafael Pratts Rivera. En ellas se discutió no tanto lo que dijo el novelista hoy radicado en la Perla de Occidente, que no tiene —dicho sin ofender a nadie, ni siquiera a él— demasiada importancia. La trascendencia reside en aquello que dijeron otros. Ni él ni yo.

Del Paso —innecesario decirlo, parecería cebarse, hacer leña del árbol caído— lopezobradorista, es decir, pejista, es decir, chairo. Sin ninguna intención peyorativa. Mero recurso a la retórica sicalíptica y popular. Así pues, no es de sorprender que haya aprovechado la oportunidad de encontrarse en aquel chiquero para aventar mierda con las patas traseras al gobierno de México, cosa que, dicho sea de paso, el gobierno, bien se merece.

De todos es sabido que esa es la función principal, y el sentido de la vida, de aquel que encabeza el partido con nombre de virgen, supuestamente india. Y al que no sé si pertenece o simplemente simpatiza nuestro galardonado (supongo que este último es el caso; no es la franqueza la mayor de sus virtudes). El punto va más allá. Mucho más allá.

La cuestión es, en primer lugar, si se trata de anunciar, enunciar o denunciar que en nuestro país las cosas no van bien. Me gustaría ver, y sobre todo oír, a aquel que proclamara que en el suyo sí. Aparte de Kim Jong-un. No. El truco está, en primer lugar, en decir, sin decirlo, que todas las cosas malas que suceden en México son responsabilidad del gobierno. Y no hablar de las cosas buenas. Si las hubiere. Chairismo puro.

Del Paso, por ejemplo, habla de feminicidios, pero no de homicidios. O sea, que si le hacemos caso a Del Paso, el mal que nos aqueja reside en el número de féminas asesinadas. Con los hombres, niños, viejos, delincuentes, tullidos u homosexuales, por lo visto no tenemos problema. Es preciso que elijamos un gobierno que resuelva todo eso. Y que, en particular, acabe con la corrupción y el narcotráfico.

Supongo que nuestro Fernando votará, sin que le tiemble la mano, por su paladín. A mí sí me temblará la mano. Es decir, ni siquiera me acercaré a la casilla. Para que no me tiemble. Igual, aunque titubeara, me temo, mi cruz iría hacia otro lado. Hace tiempo que va.

Creer que las dificultades de un país dependen de un buen o mal gobierno, permíteme que te lo diga admirado Fernando, es un gesto de infantilismo flagrante. No lo tomes como un insulto, simplemente como la denuncia de cierta ignorancia grave. La bronca es mucho más gruesa. Una lectura mínimamente atenta y ponderada de los clásicos, te lo dejará claro.

Además, sin embargo, hay otra cuestión. Utilizar un foro, por modesto que sea, para echar tierra a los enemigos de tus adalides, suena más bien barato y vulgar. Imagínate que Max Planck, Albert Einstein o Gabriel García Márquez hubieran aprovechado la tribuna, mucho más alta que la tuya, para enlodar a los adversarios de sus cabecillas. ¿Y de Jean Paul Sartre, qué me dices? ¿Sabes de él? Incluso Pau Casals evitó vilipendiar a Francisco Franco cuando habló ante la Asamblea General de la ONU. Y es que Casals era un señor. Y no todo el mundo lo es.

No eres el primero en querer sacar partido de ciertas circunstancias, coyunturas, oportunidades. Esto tiene un nombre, de más de un siglo de edad, y que no quisiera repetir aquí. No estoy seguro, pero espero que lo conozcas. La historia es larga y corta, como otros apéndices imprescindibles e impredecibles. Son muchos, como tú, que ven burro y se les ofrece viaje.

Personajes renombrados en fastuosas investiduras encuentran rutilantes oportunidades, mediante estridentes catilinarias atraen expectación, instigan debilitar instituciones oficiales torpedeando apoyos sociales. Muchos intelectuales viven indolentes, librándola ociosos sin ofrecer tentativas razonables o sensatas, ante las amenazas vestidas en regias galas atrayentes.

Hiciste un homenaje, entusiasta, y me temo que sincero, ante tus anfitriones. ¿Imaginaste acaso que ese zanquilargo estuvo más de una vez en brazos de Franco? ¿Y que tu José Trigo vio la luz en los claroscuros de Nonoalco Tlatelolco, mientras “el Caudillo”, cuyos herederos hace unos días te ponían cintitas de colores en el cuello, asesinaba una República?

En tu alocución hiciste, me cae, un magnífico elogio de la lengua. Nunca imaginé, ay, sin embargo, que esa lengua de la que hablabas no era el pincel y el cincel de Góngora y Quevedo. Sino ese apéndice, ese órgano móvil, que contiene glándulas salivales, situado en el interior de la boca, y que sirve para pasarla repetidas veces por una cosa, y rozarla blanda y suavemente.

Marcelino Perelló

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