martes, 4 de abril de 2023

Némesis

 


  25 de Mayo de 2016  


Hasta hace cien años la historia del mundo es la historia de Europa. Por supuesto que pasaban cosas en América, África y Asia, incluso en esa entelequia llamada Oceanía. Pero la resultante definitiva fue siempre el devenir del viejo continente. Lo demás eran simples anexos, apéndices.

Incluso el día de hoy lo que cuenta, lo que realmente cuenta, es aquello que sucede en esas roturadas tierras septentrionales y al este del Meridiano de Greenwich. No es lo mismo un incendio en Londres que en Chicago. Hagámosle como queramos, pero así es.

Las dos guerras llamadas mundiales son en realidad guerras europeas. Vale madres la participación de Japón o de Estados Unidos. Los gringos, si leyeran un poco más, serían europeos. Pero no. Siguen siendo el más rico de los países tercermundistas.

A principios del siglo pasado se desató una de las nuevas guerras llamadas mundiales, que no sé por qué la historiografía considera la Primera. Ha de ser por los yanquis. Pero ellos no deberían ser tomados en cuenta. Eran una especie de “extras”. Llegaron a cosechar la victoria. Una de las especialidades en la que son maestros. Pero de mundial, ni madres.

Se enfrentaron los poderes periféricos, Inglaterra, Francia, Italia, Rusia y otros, a los llamados Poderes Centrales, agrupados en torno a aquella Alemania en ciernes, al imperio Austro-Húngaro, al de Bulgaria y al Otomano. Ahí se decidió la historia de Europa y del mundo.

Faltaba, sin embargo, un detonador, un acontecimiento espectacular que justificara el desencadenamiento de la ofensiva en contra de los insubordinados. Ese evento, puntual y del todo remarcable y difundido fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero al trono del imperio.

El autor de la ejecución fue Gavrilo Princip, miembro de la organización Joven Bosnia y cuyo objetivo era la liberación de su patria, no el de desencadenar una guerra universal. Sin embargo, ése fue el resultado. Hasta la fecha no se han esclarecido del todo los motivos del atentado. En cualquier caso se trata de una gran provocación, cuyo desenlace era perfectamente previsible.

Princip acusaba rasgos de estar acuerpado seguramente entre sediciosos. Mostró intenciones vindicativas indiscutibles, jurando una necesaria total obediencia al movimiento independentista, sin otros motivos ofrendó su última némesis oscura.

El asesinato de Francisco Fernando y de su esposa, la condesa Sofía Chotek, fue un auténtico explosivo. De inmediato se alinearon los poderes de Europa central con aquellos que pretendían la hegemonía. Los disparos de Gavrilo no consiguieron nunca la independencia de Serbia. Faltaban muchos años. Pero sí fueron suficientes para desencadenar la más sangrienta confrontación armada que la humanidad haya conocido.

La guerra de trincheras que caracterizó aquella masacre, no tiene parangón alguno. Se desató la carnicería, y no hubo quien supiera o pudiera detenerla. Fueron millones de muertos humanos. Miles de millones de kilos de carne humana. Inhumada o no. Y la miseria y la hambruna arrastraron multitudes hacia la más desgarradora de las muertes.

El enigma clave, y que probablemente jamás será resuelto, es de si Gavrilo actuó y ofrendó su vida a cambio de sus ideales o se trataba de una provocación montada por la “triple entente” en contra de la “triple alianza”, conformada por Alemania, Austria-Hungría, el Reino de Bulgaria y el Imperio Otomano.

En cualquier caso el mortal atentado de Sarajevo, capital de Bosnia, desencadenó una matanza que fue mucho más allá de los anhelos libertarios de los serbios. Ese es el nudo gordiano de toda la cuestión. ¿Para qué se sacrifica uno? ¿Por quién da uno la vida? Hasta el día de hoy la incógnita no está clara. Nadie sabe para quién trabaja.

Muchos años después, a raíz de la llamada “Segunda Guerra Mundial” se conforma un nuevo Estado, que agrupa, al menos, a siete naciones diferenciadas: Serbia, Croacia, Bosnia, Herzegovina, Montenegro, Macedonia y Eslovenia.

Se trataba, al fin, del proyecto unificador balcánico. No es lo que deseaba Gavrilo, pero casi. Lo encabezaba el mariscal Josip Broz Tito, que al ser de origen croata disipaba las sospechas de las pretensiones imperiales de Serbia. En todo caso, el ideal de la emancipación del imperio austro-húngaro, que supuestamente guiaron a Gavrilo Princip, habían sido cumplidas.

No sabemos, ni sabremos nunca, cuál fue la intención última del patriota ni de sus consecuencias posteriores. El caso, sin duda, constituye un ejemplo áureo del papel y de los resultados de una provocación extrema. Hoy la República de Serbia no es aquella en la que tal vez soñó el joven Princip, y la que añoraba durante sus fantasías carcelarias. La historia es cruel e inflexible. Sin embargo, los suyos ahí están, pese a la derrota de entonces y a la de la heroica batalla por la defensa de Kosovo. El presidente Milosevic también murió encarcelado.

Los tránsfugas y los traidores siempre han existido y seguirán existiendo. Los provocadores también, y será difícil detectarlos. Pero la historia, fiel a su Némesis, como un río majestuoso, sigue su curso y, a final de cuentas, como está previsto, desembocará donde está previsto.


Marcelino Perelló


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