18 de Mayo de 2016
No acabo de entender lo que estoy diciendo. Me pasa a menudo. A lo mejor porque ya soy viejo o tal vez porque digo cosas cada vez más complicadas. En particular no veo claro si una colmena de abejas debe ser considerada una sociedad, un clan, una familia o un individuo en su totalidad.
El problema quizás no está en los heminópteros sino en las palabras. ¿Qué es cada cosa? A ese dilema deberíamos añadir las sectas, los linajes o las etnias. Es un verdadero enredo e intentaré aclararme aunque sea tantito, y de paso aclararlo a usted, aplicado lector. Aunque al final acabemos ambos más hechos bolas que al principio, cosa que sucede a menudo en los debates intrincados e inteligentes; y yo pretendo, soberbio, que éste lo sea.
Hace un par de días la joven diputada catalana Anna Gabriel, homónima de nuestra tan notable como áspera cantante, se aventó un audaz lance. La Gabriel es militante —podría incluso decir la líder— de un partido político revolucionario e intransigente, que obtuvo un éxito insólito en las últimas elecciones parlamentarias: la CUP, Candidatura de Unidad Popular, que se ha vuelto, por caprichos de las estadísticas, la bisagra que va a determinar el futuro —inmediato y lejano— de Cataluña.
En una entrevista radial, la Gabriel asentó, sin morderse ni la lengua ni los labios, que la familia, todas las familias, constituyen una estructura retrógrada, reaccionaria. Que conduce necesariamente al egoísmo y al conservadurismo. La institución familiar, dice, nos hace olvidar e incluso menospreciar al resto de los seres humanos, que quedan automáticamente en segundo plano.
La diputada hizo su escandalosa declaración a propósito de la indiferencia con la que es visto el drama inconcebible de los millones de refugiados africanos y asiáticos que abruman Europa desde hace meses, años diría yo.
Sin embargo, el concepto va más lejos. El “hombre de familia”, o la “mujer de familia”, o el “hijo de familia” considera “los suyos” a quienes conforman el “núcleo familiar”. Donde haya semen, ovarios, actas y apellidos de por medio. El resto son ajenos y ai se ven, condenados a los márgenes de lo laboral, comercial o, en el mejor de los casos, de la caridad.
La cosa no es nueva y ya la hemos discutido aquí. ¿Quiénes son, pues, a fin de cuentas, “los nuestros”? La familia, en particular la monogámica, no viene a ser sino una forma obscena de egoísmo, una especie de sociedad mercantil. Los esposos son mercancías y los hijos inversiones.
Desde el siglo XIV los trovadores occitanos inventaron el amor. Concepto-coartada para sostener el arquetipo familiar monogámico. Me enamoro, luego me encadeno. Lo que en un momento dado fue deseo se ha convertido —en una forma de metamorfosis extraña— en una obligación, menos extraña y harto opresiva, para unos y otros.
Lo que la Gabriel propone no es una consigna programática. Políticamente el costo electoral será altísimo. Las “señoras” y los “señores” se jalarán las vestiduras y se rasgarán los pelos. Los niños pequeños también. Pero para fortuna de ellos y su agrupación, esos no votan. Sin embargo, enfrentarse en el primer quinto del siglo XXI a las convicciones, medievales y arraigadas, no deja de ser un gesto de valor y honestidad del todo sorprendente y encomiable.
Criticar a la familia nuclear burguesa en favor de distintas formas de estructuras familiares comunitarias implica poseer unos arrestos excepcionales. Sobre todo desde la posición política que ella ocupa. Y que le costará, júrelo, no pocos denuestos desde sus propias filas.
Ya dije aquí que a partir de 1968 se fundaron en medio mundo multitud de comunas, unas con más éxito que otras. Sin embargo, la idea parecía haber caído en desuso, en abandono. Y hete aquí, que en el mero corazón de Europa, una parlamentaria lo revive, entre clarines y timbales. La cosa es tanto más llamativa cuando quien lo declara es una mujer. Y, por ende, atractiva.
Es sabido que la estructura familiar actual es promovida y defendida por las hembras, que ven en ella una auténtica garantía de suministro y defensa, no tanto para ella como para los nenes.
La idea, sin embargo, tuvo su más brillante expresión, tanto en la Unión Soviética (ya hablé aquí de Antón Makárenko) como en la Alemania nazi, donde se fundaron granjas-guarderías gigantescas —que liberaban a los padres de “esa carga”— y en las cuales los pupilos eran educados en los valores patrióticos, más que familiares. Los niños se habituaban, desde sus primeros pasos, a las inclemencias de la vida adulta.
Pequeños aún retozaban en juegos audaces. Mocosos imberbes vivían inmersos en sus espléndidas labores libremente asumidas. Mientras instruidos maestros exponían su experiencia longeva. Tal adiestramiento les permitía así resolver aquellos conflictos uncidos al límite.
No obstante, las palabras de Anna produjeron más polvareda en España y el mundo que en la propia Cataluña, donde, por lo visto, las ideas innovadoras no asustan. Y los Seat con los papás y los dos nenes camino a la playa, todos bien encinturados, ya dan un poco de hueva.
Marcelino Perelló
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