17 de Enero de 2017
Aunque no lo parezca —porque sí lo parece— estoy utilizando las palabras con toda precisión y propiedad. En efecto, Donald Trump algo tiene de demoniaco, en más de un sentido. No me lo negará usted, intranquilo amigo lector. Y tal como están las cosas no es del todo descabellado que a última hora alguien se saque un conejo de la chistera para impedir que el Gremlin mojado se mude a la Casa Blanca.
Además también coincidirá usted conmigo en que a final de cuentas, el enorme territorio que se extiende del Bravo al San Lorenzo no viene a ser sino un inmenso rancho. Con todos sus atributos y habitado por supuesto por rancheros.
Si no fueran rancheros no hubieran elegido al Gremlin, claro. Aunque eso de votar por la Peggy tampoco era señal de demasiadas luces. Y es que en los ranchos, ya lo sabemos, no hay mucho para dónde hacerse.
Y mi prudente acotación de que Trump tomará posesión si la toma, tampoco está fuera de lugar. El clima, tanto dentro de los propios Estados Unidos como fuera, en el mundo entero, no es de los más propicios. De hecho es de una hostilidad manifiesta en prácticamente todos los medios y sectores, y los verdaderos Game Masters son capaces de salir con su domingo siete en un viernes 20, con tal de impedir el desaguisado que se ve venir.
No es algo que suceda con frecuencia, pero usted y yo sabemos que no sólo las cosas frecuentes ocurren. Las poco frecuentes, con menos frecuencia, también. Y esas son las que acostumbran a ser determinantes.
En fin, dejemos de ver moros con tranchetes, aunque el panorama esté repleto de moros y de tranchetes. Digamos que Trump tome posesión y empiece a gobernar. Y digamos también que el hecho de persignarnos no nos ayude de gran cosa.
No sabemos qué tanto poder real tendrá una vez investido. Aquí entre nos, no lo sabe ni él. Qué tanto margen de maniobra le dejarán los Masters de hace rato. Quién sabe cuántas de sus echadas podrán ser llevadas a la práctica. Me temo —es decir me congratulo— que bien pocas.
El poder político, eso sí lo sabemos, no es más que la fachada, el revestimiento. El poder real —el dinero, las armas, el ascendiente— está en la obra negra. Y en el cableado, claro. El drenaje va por cuenta del inquilino.
Los funcionarios, todos, de la punta a la base de la pirámide no son sino administradores. El Presidente de la República viene a ser el gerente, si usted quiere. Si prefiere otras metáforas puede usted considerarlo el mayordomo o el ama de llaves. Incluso el jefe de custodios o, allá, el caporal o el capataz, ya que de un rancho se trata. Ai usted, todas son alegorías apropiadas. No hay fijón.
El peligro real son dos. Es decir nos enfrentamos a dos peligros, tan real el uno como el otro. Uno es que los think tanks del búnker más obscuro de ese poder verdadero se anime y aproveche la demagogia desbocada de Trump para lanzarse al ruedo. El otro es que los sectores más retrógrados de la ciudadanía de a pie también se sientan respaldados por los mismos exabruptos y también hagan de las suyas.
En otras palabras, el gran peligro es que Trump sea el gran pretexto de los licántropos de todas las especies para salirse de madre. No es lo que el Gremlin haga o deje de hacer, es lo que desencadena, lo que los Morlocks y los Uber-Morlocks se verán autorizados a emprender. He ahí.
Ante la angustia de un futuro sombrío, el único remedio efectivo que nos resta, como en todas las angustias, es que la situación de la que venimos tampoco es un lecho de rosas. Hablando de sombríos, Barack H. Obama no fue precisamente un dechado de virtudes. Para decirlo con todas sus letras, Obama fue un fraude. Un gran fraude.
Ninguno de los compromisos que prometió, ninguna de las expectativas que despertó, se cumplieron. La lista de sus deslealtades es interminable. La cuestión migratoria levita, igual que hace ocho años. Su famosa Obamacare es agua de borrajas.
Pocas acciones determinantes resultaron efectivas, entre sus tácticas aplicadas resalta el nunca facilitar esas réplicas manifiestamente oportunas. Volteó impasible cada argumento manteniendo el mensaje incólume mediante artificios.
El aspecto más sangrante, más purulento diría yo, es el de la guerra y la agresión imperialista que él propició, apadrinó y patrocinó. Se irá con el honor de haber sido el único presidente de la historia de los EU que mantuvo en guerra a su país durante todo su mandato; de ocho años ésta vez. El único. Auténtico logro para un premio nobel de la paz. Todo en minúsculas. De Guantánamo mejor no hablemos, mejor no hablar. Duele.
En fin, por ahí dicen que quien no se consuela es porque no quiere. Difícilmente Trump lo va a hacer peor. Del negro al blanco al negro.
Marcelino Perelló
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