28 de Febrero de 2017
De hecho bien podemos considerarlo una especie de “protonazi”, pues lo fue desde inicios de los años veinte, mucho antes de que al otro lado del océano a Adolf se le ocurriera fundar un partido con semejante ideología. A partir de ese momento y hasta su muerte, a mediados de los años cuarenta, el despacho de Mr. Henry era presidido por una gran fotografía del Führer, fallecido dos años antes.
El amable e irresistible Henry se pronunciaba además, no sólo por el exterminio de todos los judíos, sino además también por el de todas las vacas. Son antihigiénicas y poco rentables, preconizaba. La leche artificial ya se ha consolidado y tiene muchísimas ventajas sobre la natural. Así era el simpático míster Ford.
No deja de ser curioso el buen tip mnemotécnico que debo a mi inolvidable y nunca bastante llorado Ricardo Ludlow: las tres grandes “F” eran y supongo siguen siendo, propiedad de filonazis (y me temo que hoy filotrump): además de la propia Ford, la llantera Fireston y la tractorera Ferguson (hoy Masey-Ferguson).
Mientras que la principal competencia judía la representan las tres “G”: la General Motors, la General Electric y la General Foods (hoy Heinz-Kraft-General Foods). Por lo visto de generales va la cosa. El belicista Israel parece demostrarlo.
Bien. Un poco de historia nunca hace daño. El caso es que a principios de este año, la Ford canceló el proyecto de construir una gran planta de producción en San Luis Potosí. Se habla de una inversión cercana de dos mil millones de dólares y también de unos dos mil puestos de trabajo. A uno por millón.
La razón fue la amenaza del que aún no era Presidente de EU de gravar severamente las importaciones provenientes de México y, además, favorecer a base de estímulos igualmente hacendarios a aquellas empresas que decidieran instalarse en su propio territorio.
Dos expresiones proverbiales vienen aquí que ni pintadas: “A confesión de parte relevo de pruebas” y “Quien avisa no es traidor”.
El caso es que la mentada Ford dejó a los mexicanos, y en particular a los potosinos, vestidos y alborotados. Los enormes terrenos que habían sido previstos, desbrozados y preparados para tan suculento proyecto quedaron convertidos en un tan insólito como yermo páramo.
Las docenas de empresas subsidiarias, mecánicas, textiles, caucheras, eléctricas y electrónicas, que ya se frotaban los labios, se relamían los dedos y se preparaban para surtir la flamante fábrica, se quedaron con un palmo de narices.
Que yo sepa no hubo indemnización alguna ni sé dio ninguna reacción o reclamación del gobierno mexicano. Las novias de pueblo lloran y callan.
Así es esto. Para seguir con la sabiduría vernácula, donde manda capitán no gobierna marinero. Y por lo visto aquí los marineros somos nosotros.
Sin embargo. Sin embargo. Yo soy marxista. Por si no lo sabía usted, yo soy marxista. Y desde mi juventud me tomé en serio, y me lo sigo tomando, aquello que dijo un tal Vladimir, según lo cual el imperialismo es la fase superior del capitalismo.
Y que, de acuerdo con ello, quien sale ganando con las inversiones en el extranjero son sobre todo los inversionistas, no los asalariados. Así se construyen los emporios multinacionales y los megaestados. Eso me dijo Vladimir. O al menos eso entendí yo.
Y sin embargo parece que no. Que esa historia de la plusvalía y el trabajo enajenado son pamplinas, y que cuando vengan los capitalistas a explotarnos y a vivir de nuestra friega debemos agradecerlo. Se trata de “inversiones” y de “puestos de trabajo”. Esa es la lógica y la ética del capital. no nos hagamos bolas. Y a ver quién es el menso que rechaza las migajas.
Ahora resulta, no obstante, que la mentada y entrañable Ford siempre sí quiere invertir en México. Esta vez en Irapuato. Menos de la frustrada de San Luis, pero no le aunque. De lo perdido lo que aparezca. Y además esos cuates tienen hartas fresas, y eso endulza la vida, que no se hagan.
Realmente no me la acabo. Estamos frente a un cinismo, a una insolencia y una prepotencia inaceptables, y los lamentos y quejas de las autoridades mexicanas se antojan del todo insuficientes, y, pa’ decirlo todo, agachonas.
Se vienen tiempos difíciles, Por demás está decirlo. Y las explicaciones y lamentos oficiales ante las decisiones y los caprichos del gobierno y el empresariado gringo son harto preocupantes.
Pues reconsiderarlas irreversibles no concluye en semejantes aclaraciones, es sólo cubrir las aparentes violaciones aludidas. Se exigen medidas inconfundibles reparando aquella manifiesta ineptitud sancionadora, las ausentes medidas institucionales asombran.
Una cosa es que estemos jodidos y otra que se nos pueda mancillar impunemente. ¿Que el Estado mexicano ya no se puede permitir un gesto mínimo de dignidad? ¿O las palabras del presidente Peña Nieto ante el desaire de San Luis en el sentido de que “no le hace, ya vendrán otros” era pura baba de perico?
Yo me pregunto, recordando al viejo Lenin, si no tendría cierta pertinencia, y hasta un mínimo de decoro, negarle el permiso a la compañía extranjera. Contestarle con un amable “Pos’ ora no”. ¿O a qué estamos jugando? ¿Qué de plano así las vamos a dar? ¿Cuando quieras, como quieras y de a como quieras?
Marcelino Perelló
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