sábado, 7 de enero de 2023

De premios, osos y hazañas


  01 de Marzo de 2017  


La abyecta manía de clasificar. No sé exactamente cómo decirlo. De repente descubro que no existe un verbo preciso que defina la acción de decidir “qué o quién es mejor que otro”. Existe una multitud de expresiones que se acercan, pero ninguna es precisa y todas tienen otras acepciones: ordenar, conferir, dictaminar, atribuir, escoger... En fin, todos se aproximan y ninguno funciona, pero usted ya me entiende. Estoy seguro.

Pedro Infante es mejor cantante que Jorge Negrete. Florencia es más hermosa que Venecia. Stalin fue más astuto que Churchill. El absurdo juego del mejor y el peor. Del más y el menos. Uno puede discutir qué es más grande, más ligero, más caro o más antiguo, pero no qué es “superior” o “inferior”. Debería uno conformarse con expresiones tales como “A mí me gusta más”, “En la casa preferimos” o algo por el estilo.

Hay sí, casos flagrantes, órale, en los que la escala de valores es inevitable, pero de tan flagrantes ya ni es necesario formularla: “Noam Chomsky es más interesante que Velasco Piña”. ¿A poco?

Tal reflexión viene al caso para insistir en lo que ya he dicho alguna otra vez: premiar es infame. Infame y humillante. Infame, pues se otorga un honor y un mérito a quien su propia obra o acción deberían haberle otorgado por sí mismas. Y humillante para todos aquellos que no fueron premiados.

Otorgarle el Premio Nobel a Albert Einstein es una soberana estupidez. Ridículo. Y el Doctorado Honoris Causa de la UNAM a Joan Manuel Serrat, también. Por razones distintas y opuestas.

En las justas deportivas las cosas son un tanto distintas. Sólo un tanto. En el citius, altius, fortius no hay discusión, gana el que gana y la ceremonia de premiación no es sino un refrendo del todo prescindible. Igualmente en el beis o en el fut. Más carreras o más goles, y ya. Los árbitros o umpires están ahí sólo para velar que se respeten las reglas y dictaminar situaciones conflictivas.

Y aun eso es harto discutible. Todos sabemos que se puede jugar perfectamente sin necesidad de juez alguno. Ahora, en el caso de los llamados “deportes de apreciación”, como la gimnasia o los clavados, ahí sí volvemos a lo mismo: se trata de una auténtica aberración el que unos señores dictaminen quién ganó y quién perdió. De hecho, ni la gimanasia ni los clavados son deportes propiamente dichos. En todo caso, si disciplinas deportivas fueran, no lo son, en ningún caso, de competencia.

Un magnífico ejemplo del punto que estoy exponiendo y defendiendo lo constituye la regada Vendée Globe que se inició hace casi cuatro meses y está a punto de terminar. Ya he hablado aquí de ella, y le he recomendado vehementemente que la siguiera en las redes sociales. Si oyó usted mi consejo, avispado lector, en su asentimiento habrá hallado la recompensa. La magnífica recompensa.

Este jueves llegó a la meta Didac Costa, un auténtico héroe de nuestro tiempo. En los tiempos que corren, plagados de ídolos de cartón-piedra y pies de barro, Didac se ha convertido, con toda justicia, en un auténtico paladín popular. Es el primer catalán que completa la Vendée, la más brutal carrera de la historia. Dio la vuelta al mundo en su pequeño velero, en solitario, sin escalas ni asistencia. El jueves atracó en la meta, el mismo puerto de la costa atlántica francesa del que partió hace 109 días.

Partieron 29 veleros, 11 se retiraron en el transcurso. Didac sufrió una grave avería que lo obligó a volver al punto de partida y zarpar con cuatro días de retraso. Contaba con una nave modesta y el menor presupuesto de todos. Llegó en el lugar 14. Pero no competía con el resto de las embarcaciones, compitió consigo mismo y venció. El 18 de marzo tendrá lugar la recepción festiva y multitudinaria de este intrépido, soberbio, integrante del Cuerpo de Bomberos de la ciudad y que ha hecho historia. Una auténtica epopeya.

Tanto si me hizo caso entonces como si no, amigo mío, no puedo no volverle a recomendar, con más entusiasmo si cabe, visitar ahora alguna de las páginas que tiene Didac en Facebook. Por ejemplo, la de “Amigos a los que les gusta Didac Costa - Vendée Globe 2016”. Emocionante. De nuevo, no se arrepentirá, se lo aseguro.

La cosa es, ya lo adivina usted, que nuestro bombero no precisa de premio alguno. En todo caso, no necesita que nadie se lo otorgue. Ya se lo otorgó él solo y, en todo caso, se lo concedimos, reverentes y hechizados, quienes seguimos y supimos de su gesta.

Obviamente hubo quien llegó primero y hay quien aún está por llegar, pero ¿cómo establecer ahí una escala de méritos? ¿Cómo tasarlos? Las embarcaciones eran todas distintas y obviamente las condiciones climáticas que debieron enfrentar también.

Premiar requiere ordenar mejor esas tasas al modular eficazmente las opiniones. Modular implica varios índices, parámetros relacionando o mesurando estrictamente todos aquellos logros observados.

Nada de todo ello es posible en nuestro caso. De hecho, no es posible nunca. La subjetividad siempre estará ahí, con toda la carga arbitraria de los árbitros.

No está de más recordarlo ahora, cuando ese afán innoble de galardonar y condecorar anda por ahí dando tumbos y escenificando osos tan aborrecibles como grotescos. Ya me ocuparé de ellos, ya. Primero lo primero.

Mientras tanto que las velas, albatros serenos y gigantescos, sigan cortando los mares, testigos mudos de las verdaderas hazañas.

Marcelino Perelló



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