jueves, 5 de enero de 2023

Del abatimiento a la rabia al éxtasis


  14 de Marzo de 2017  


Hace tiempo que no hablo de deportes, al menos no aquí. Y es que no sucede con frecuencia que los juegos alcancen la jerarquía de una página editorial. Hoy es la excepción, y a esa excepción hago honor. Y cuando digo hoy digo hace seis días, el miércoles pasado. Los tiempos de la vida y de la historia suelen ir desplazados. Es común que unos se retrasen, otros se aceleren y rebasen a los rezagados.

La semana pasada pues, el Futbol Club Barcelona, el mítico Barça, más concretamente su sección de futbol, pues a pesar de su nombre el club agrupa a dieciocho disciplinas deportivas distintas —y no es precisamente el futbol la más exitosa de ellas— acometió uno de los desafíos más ásperos de su historia.

Compite, como cada año, en la Liga de Campeones de Europa, la “Champions”, que incluye a las 32 mejores formaciones del continente en un torneo prolongado del que debe salir el mero mero, el campeón de campeones. El Barça lo ha ganado cinco veces. Vale decir que hay otros tres equipos que lo han logrado en más ocasiones.

Sin embargo, para dimensionar el hecho en todo su relieve, recordemos que el Barça es, junto al Manchester United, el único verdadero “club”, en toda la extensión y precisión de la palabra, de primera línea mundial.

Es decir, no es una empresa ni una compañía. No tiene dueño ni accionistas, ni genera ganancias para nadie, excepto para el club mismo. Tiene socios, que aportan sus cuotas, y que a cambio de ellas, según su categoría, gozan de ciertos privilegios, nunca pecuniarios. Eso es importante. Muy importante.

Participan en las reuniones y actividades de las peñas, la “células” que les corresponden, reciben información de primera mano, gozan de reservaciones especiales en el estadio o en los viajes que se organizan para apoyar al equipo en su giras.

Además, y ello tal vez reviste una trascendencia mayor, el Barcelona es, de hecho, el Equipo Nacional de Cataluña, ese país oprimido, conquistado y ocupado militarmente por los españoles desde el siglo XVIII, y que precisamente en estos días vive momentos álgidos en su ininterrumpido combate de liberación.

Ha sido siempre, y sigue siendo, el estandarte de la lucha contra la tiranía, ya sea franquista o democrática. En ese sentido representa la antítesis de otros, adictos y beneficiarios del régimen de turno. Uno de sus presidentes, Josep Sunyol, fue fusilado por los franquistas en 1936.

Los llaman “culés”, dicen que por que allá en sus inicios, a fines del XIX, jugaban en un antiguo huerto de coles. “Coleros”, culés en pronunciación barcelonesa.

En fin, todo ello sirva tal vez para aquilatar mejor lo que representó, no sólo para los catalanes, lo que que ocurrió este miércoles 8 de marzo de 2017 que pasará, ya pasó, a la historia.

En la última fase, la eliminatoria, la Champions se juega bajo enfrentamientos uno a uno, a dos partidos, uno de local y otro de visitante, y el ganador de la suma de los dos encuentros pasa a la ronda siguiente. En caso de empate, pasará el que haya metido más goles en campo contrario.

Bien, estoy seguro que todo esto usted ya lo sabe, lúdico lector, pero me gusta recordarlo. El caso es que en esta ocasión al Barça le tocó eliminarse con, contra, el temible París Saint-Germain, El primer enfrentamiento fue allá, en la Ciudad Luz. Y fue la debacle. Waterloo pero al revés. Les pegaron —nos pegaron— 4-0. Pocas veces, muy pocas, le había sucedido esto al equipo culé en sus 120 años de historia. Era la catástrofe.

Nadie, al menos nadie razonable, pensaba en la posibilidad de remontar tal resultado. Era necesario marcarle nada menos que cinco goles al PSG en el Cammp Nou, y que los franchutes no marcaran ninguno. Si hacían uno, nosotros debíamos marcar seis. Ni locos.

Además es sabido que los encuentros que generan grandes expectativas acostumbran a defraudar. Más aun si de antemano se sale a jugar con la convicción de estar derrotado de antemano. Vamos a cumplir con el requisito y ya.

Partidos esperados resultan decididamente insatisfactorios mostrando orquestaciones soporíferas. De entrada los contendientes insisten en lances ociosos, administrando los alardes verdaderamente espectaculares resignando numerosas oportunidades. Vuelven indispensable cubrir aquellos expedientes suficientes admitiendo salvedades ínevitables.

Sin embargo hete aquí. Hete aquí. De nuevo, usted ya lo sabe y, de nuevo a mí me gusta decirlo. No puedo evitar decirlo. Así sucedió, ante la mirada atónita de propios y extraños.

A lo mejor el secreto de la vida, de la vida plena, es aprender a concebir lo inconcebible. A lo mejor.

El Barcelona, aquel equipo maldito, independentista, republicano, antifascista, que jugaba en un campo de coles, le ganó seis a uno a los arrogantes, aristocráticos, sobrados gabachos.

Fue una pequeña revancha, tal vez un gran augurio, de lo que sucedió en aquel lejano y sangriento 1714. ¿Pero sabe una cosa, incrédulo y querido lector? la epopeya del Camp Nou, ese miércoles 8, le dolió más a los españoles que a los franceses. Usted explíquemelo.

En todo caso así fue, y así se lo cuento yo.

Marcelino Perelló


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