07 de Marzo de 2017
Me aprestaba a dar clase, pero en el trayecto la clase la recibí yo. Una clase de cinismo. Una clase magistral, pero no a la manera de Antístenes o Diógenes, que ya quedaron lejos, en la distancia, el tiempo y las ideas. No. Esta vez fue de cinismo del bueno, del local y actual. Del que recupera la acepción original del término: aquello relativo o perteneciente a los perros.
Aquí me equivoco, sin duda. Como se equivoca quien, como yo, utiliza la palabra sin saber bien a bien lo que significa. Conozco a los perros. Y conozco a los cínicos, a los llamados cínicos. Y tienen muy poco que ver unos con otros. Tanto amo a los primeros como detesto a los segundos.
El perro es fiel. Por antonomasia. Es la más distintiva de sus características. Los hay que no lo son, pero no cuentan, traicionan a su especie. Y los traidores no son dignos ni siquiera de consideración.
El cínico es desvergonzado. Por antonomasia. Es la más distintiva de sus características. En cierto sentido el cínico es el que exhibe su bajeza, en contraposición el hipócrita, que la esconde. Las cosas se complican cuando se ve obligado a admitir que existen cínicos hipócritas.
Es aquel que miente a sabiendas de que todo el mundo sabe que está mintiendo y le vale madres. El que te toma el pelo, sin disimular que te lo está tomando y sin enrojecer.
Ése es precisamente el caso del Maestro Barbosa. Maestro con todos los honores. Pertenece —sigue perteneciendo, es esa una curiosa propiedad de los cínicos— al PRD. Es un decir. En determinados ámbitos de la vida todo es un decir.
El caso es que nuestro Maestro se descuelga a fines de la semana pasada con la declaración formal de que él va apoyar la candidatura de Andrés López —no entiendo la necesidad, ni la suscribo, de añadir el segundo nombre ni el segundo apellido— a la presidencia de la República.
Lo declara con todo desparpajo y con la mano en lo que le queda de cintura.
La candidatura en cuestión ni es oficial ni ha sido proclamada. Se supone que hay un partido que en su momento debe decidir y promulgar. Pero, de nuevo, es un decir. Por más que se diga, todo el mundo sabe que tal cosa no existe. En todo caso, partido no es. Quien sabe que sea, pero partido no. Es el menos partido de todos.
El partido no es partido, pero el candidato sí es candidato. Hace veinte años que lo es.
Ello, sin embargo, no obsta para el Maestro se pronuncie. Y se pronuncia, sin ambages. Y no encuentra motivo alguno para que ello entre en conflicto ni con su militancia en el —ese sí— partido del sol azteca, ni con su condición de Presidente del Senado de la República a nombre del mentado partido partido.
En la entrevista de marras, López-Dóriga, periodista de oficio, intenta hacerle ver la contradicción flagrante. Es inútil. Al Maestro no se le mueve ni una ceja (a través del radio queda del todo claro), cosa por demás portentosa, reconozca usted, curtido lector.
Continúa el comentarista recordando al entrevistado que hace apenas un par de meses echaba pestes en contra del hoy su líder. “Sí —responde éste impasible, cejas inmóviles— pero he analizado la situación y he llegado a la conclusión que es preciso modificar la postura y actuar conforme a las circunstancias actuales”.
Y sigue (esto es lo mejor): “Mi equipo y yo analizamos diariamente la situación y en función de ello tomamos las decisiones pertinentes” (Aquí me gustaría ponerle “sic” pero no puedo, pues no tuve la precaución de grabar esa auténtica joya. En todo caso, créame, tómelo como un sic).
Aunque no, lo mejor de lo mejor es, ante tal enormidad, la reacción de la dirección del PRD. Debería decir, la no reacción. Pasmo generalizado. Ni una sola condena seria. Ni la demanda de expulsión y de renuncia a la presidencia del Senado que, ambas, se antojarían obvias. Nada. Silencio prudente y cobarde. Ni la Padierna ni Mancera. Nadie.
Mi condómino de sección, Jesús Ortega, se limitó a decir que eso no se hace y aprovechó, de paso, para elogiar a López: “Esos chapulines no conocen a López Obrador. A él no lo engañan con tales maniobras” (seudo sic).
Uno, ingenuo, supondría que un entendimiento entre el PRD y Morena sería razonable, y que candidaturas comunes en el ámbito estatal y federal, en nombre de un programa conjunto y mínimo, serían pertinentes. Pero esa premisa, aquí entre nos, es de una candidez conmovedora.
Puestos a entender lógicamente las alianzas, tendremos el problema agudo según aquellas suposiciones temerarias establecidas. Vuelcos incomprensibles confeccionan ardides esperpénticos sin mayor incidencia sobre auténticos liderazgos.
No le demos más vueltas, amigo mío. Estamos frente al naufragio definitivo de aquel proyecto que soñaron Cárdenas, Muñoz Ledo, Ifigenia y tantos otros, hace exactamente treinta años. Y una rata más, que no perro, abandona el barco.
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