miércoles, 11 de enero de 2023

El graznar de las gaviotas

 



  15 de Febrero de 2017  


Dicen por ahí que el frío es el azote de los pobres mientras el calor lo es de los ricos. Al menos así fue hasta la aparición, hará casi un siglo, del aire acondicionado. En otras palabras, contra el frío existe el abrigo, los abrigos. Y de ellos los pudientes gozan. En cambio contra la canícula no existía alivio alguno, ni para unos ni para otros. Incluso los refrigeradores y sus bebidas refrescantes no aparecieron sino poco antes.

En verano el único consuelo del que gozaban los adinerados era el de emigrar hacia las playas, pero el bálsamo era más bien magro. El invierno en cambio, era dulce, acogedor y, sobre todo, pretexto ideal para lucir las más exquisitas y pretenciosas vestimentas.

Nada más agradable que pasar la velada frente a la chimenea, tomando una taza de té camboyano bien caliente y fumando tabaco antillano, con el dálmata echado a los pies. Las más agradables y fértiles pláticas brotaban ahí de manera casi mágica.

Pero hay inviernos e inviernos. El que enmarcó el tránsito de 1916 a 1917 fue extremadamente rudo. Y sus consecuencias, a pesar de las chimeneas y los dálmatas, alcanzarían a las más encumbradas y nobles familias. De hecho, incluso cambiaría la historia del mundo.

La Gran Guerra, que aún no sabía que acabaría llamándose Primera, batía y devastaba los campos y las ciudades de Europa. De hecho, poniéndolo todo en la canasta, se trata de la más cruel y cruenta de las conflagraciones que el hombre ha sido capaz de poner en escena a lo largo de toda la historia. La de antes y la de después.

A la orgullosa San Petersburgo, en el norte del norte, frente a las heladas aguas del Neva y del Báltico, acabó, incluso, costándole el nombre, y debió conformarse con el prosaico de Petrogrado. Pero eso era sólo el inicio. Corría apenas 1914 y lo peor estaba aún por venir. Lo peor para unos y lo mejor para otros, de esa manera tan caprichosa que tiene la vida de voltear a veces lo negro en blanco.

De hecho, cambió y sacudió no sólo la vida de los que la vivieron directamente, desde el frente en las trincheras, o en la retaguardia desde sus casas, sino que trastornó el devenir del planeta entero.

Se cumplen hoy exactamente cien años de la primera manifestación popular de descontento —de cólera debería yo decir— de la población de la ufana y majestuosa capital del Imperio Ruso. A la crueldad de la guerra se había unido, en siniestra alianza, la crudeza de uno de los inviernos más extremos que se recuerden.

La población, aún en contingentes relativamente pequeños, salió a las calles a clamar su hartazgo y desesperación. Era el 4 de febrero de 1917, según el vigente calendario juliano, todavía en vigor en la órbita del cristianismo ortodoxo. El 14, de acuerdo con el actual. 14 de febrero. Los ortodoxos, como los protestantes, se habían negado a aceptar la reforma gregoriana, católica, a pesar de ser científicamente adecuada y aconsejable. De hecho, incluso hoy hay regiones rurales de Rusia y de Rumanía que se siguen rigiendo por la vieja cuenta del tiempo.

Ello explica, por ejemplo, esa curiosidad, que todavía hoy desconcierta a algunos, de que la celebérrima Revolución de Octubre haya tenido lugar, y se siga celebrando, en el actual noviembre. La de febrero, por fortuna, sigue siendo la de febrero, aunque el zar Alejandro acabara abdicando el 4 de marzo.

Y, aunque sus protagonistas lo ignoraban, eso fue precisamente lo que se inició ese 4/14. Nada menos que la revolución socialista. La primera, la pequeña, pero que abriría las puertas a la grande la definitiva, la de octubre.

La escasez, primero, y la ausencia, poco después, de alimentos y combustibles, tan vitales los unos como los otros, provocaron la irritación de los más vulnerables, que, como siempre y en todas partes, eran los más numerosos. Y los de peor carácter, valga decirlo.

La hambruna es cabrona, me cae. Y se necesita algo más que paciencia y temple para soportarla. La situación se desbocó. Faltaban aún diez días para que las Fábricas Putilov, las más importantes de Petrogrado y de Rusia entera, y de las más grandes de Europa, se lanzaran a la huelga, desencadenando el desenlace.

Los motines callejeros se volvieron un auténtico alzamiento, y la represión acabó de empeorar las cosas. La represión tiene dos filos, y cuando no es para bien —cosa que también sucede— es para mal. La ciudad palaciega y los feraces alrededores se convirtieron, en pocos días, en un páramo desolador.

La guarnición, dividida, no pudo hacer frente. Los asaltos y saqueos se agotaron a sí mismos. La compleja orografía de la urbe complicaba enormemente tanto la huida de la población como la llegada de vituallas.

Petrogrado acabó rindiéndose infinitamente sombría, las ambulancias circulaban intentando un desesperado auxilio de las últimas zonas. Militares insurrectos vagaban indecisos, por opresivas navas graznidos aislados se escuchaban partiendo intermitentes la agobiante soledad.

Ahí, ese día preciso, empezó todo. La más exultante gesta de todos los tiempos se vio nacer no acompañada de clarines triunfantes, sino, a modo de épico augurio, bajo los roncos y más tétricos que nunca chillidos de las gaviotas hambrientas.


Marcelino Perelló

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