viernes, 6 de enero de 2023

Ana


  08 de Marzo de 2017  


No conocí a Ana. No personalmente. Cuando entré a su mundo, ella había ya fallecido. No obstante, viví años en esa atmósfera tan especial, embebida de su presencia, y que ella había dejado en el seno de su familia más cercana, colmada de recuerdos, reflexiones y anécdotas. Hay gente que no se muere cuando muere. De esas fue Ana.

Había nacido en un pequeño poblado del norte de Rumanía, en la región de Moldavia, cerca del Mar Negro, en el seno de una humilde familia judía. Su padre, Hercu Robinsohn, creyente y observante riguroso de las leyes de su credo, era el carnicero del pueblo

Se acababa el siglo XIX, la pobreza y la hambruna arrasaban regiones enteras de la Europa central. Con sus padres y hermanos se vieron obligados a emigrar hacia la capital. Ahí tuvieron que sobrevivir practicando los más variados y mal pagados oficios. Incluso, los pequeños tuvieron que trabajar. Ana aprendió costura en casa de unas tías y contribuía así a la magra economía familiar.

La figura del judío pobre, en México nos sorprende. No nos es familiar, como que no cuadra. Y, sin embargo, esa era la situación de la gran mayoría de los hebreos de Europa, sobre todo central y oriental, hasta el terrible advenimiento del holocausto.

Si nos desconcierta la imagen del judío pobre, en cambio no lo hará la del judío culto. Se trata del pueblo que ha cultivado con más ahínco y fruición todas las ramas del arte y el saber humano. Y la casa del viejo Robinsohn no era la excepción. Se leía, textos laicos y religiosos, y se hablaba con pasión de todo cuanto consideraran interesante y edificante.

Y, de entre todos, desde muy pequeña sobresalía por su inteligencia y avidez la pequeña Ana, Hanna, entonces. De manera que su padre decidió que debía ir a la escuela. Ella sí. Sólo que en las escuelas judías no se aceptaban mujeres. Tuvieron que recurrir a influencias y cuanta artimaña tuvieron a mano para que finalmente fuera admitida.

Ahí empezó para ella una carrera vertiginosa, meteórica. Muy pronto hicieron mella en la inquieta adolescente las ideas socialistas. La vecina Rusia hervía, ya había tenido lugar la gran revolución de febrero de 1905 y los vientos insurgentes soplaban con fuerza.

Se crearon multitud de clubes socialdemócratas, en todas sus variantes. En Europa entera y no solamente ahí. Ana pronto se adhirió a ellos. Estaba cantado. Y pronto destacó por su brillantez y enjundia. Estaba cantado.

Rumanía acababa de emanciparse del yugo otomano y era un país de recia personalidad, nacional e intelectual, sin embargo, no dejaba de ser fundamentalmente rural. Ello no impidió que pronto se fundara el que acabaría siendo el Partido Comunista Rumano, al frente del cual quedó, por supuesto, nuestra Ana.

La represión filofascista, en todas sus modalidades, era también avasalladora, y los revolucionarios vivían a salto de mata. Ana alternó durante muchos años, periodos en el exilio y largas estadías en la cárcel, soportando a menudo, las consabidas sesiones de tortura.

En uno de los enfrentamientos con la policía recibió sendos balazos en ambas piernas que estuvieron a punto de dejarla lisiada por siempre. Pasó por todo ello y más. Y todas las dificultades no hicieron más que enaltecerla y fortalecerla.

Recorrió todo el continente, agitando, convenciendo, organizando. Se convirtió, apenas cumplidos los cuarenta años, en una de las principales figuras femeninas del movimiento comunista mundial, al lado de otras personalidades deslumbrantes como Rosa Luxemburgo, Aleksandra Kolontai o Clara Zetkin, con quien cultivó una intensa amistad y quien la introdujo en los círculos más reservados del Kremlin y del Komintern.

Fue en uno de esos periplos, que conoció en París al que fuera su esposo y compañero del resto, breve, de su vida, Marcel Pauker, también judío de Rumanía. A partir de ese momento adoptó, como aún se acostumbra allá, el apellido de él, Pauker. Ana Pauker.

Marcel era un hombre gallardo y tan intrépido como ella. Junto con él se dedicó en cuerpo y alma a estructurar el Partido Rumano. Él, en particular, fue el encargado de dirigir clandestinamente los contactos y las negociaciones  con otras fuerzas antinazis para integrar un Frente Nacional de Resistencia.

El fascismo se hallaba en pleno auge, la guerra se avecinaba y el peligro de ser detenido y ajusticiado era ingente. Los ojos de la policía estaban puestos sobre todos los dirigentes.

Pauker redujo inmediatamente su intensa operación negociadora dejando otros militantes incógnitos con importancia latente implementar  aquellas relaciones iniciadas antes. Mientras intenta volverse invisible, nunca olvida el severo trance afrontado bajo intranquilidad extrema necesariamente.

La situación, empero, se vuelve insostenible. Se ve obligado a huir y refugiarse en la URSS. Y ahí sucede lo inconcebible, lo intolerable. En las purgas del 38, Marcel es detenido por la NKVD, la policía secreta soviética, juzgado, considerado trotskista, condenado y fusilado.

Muchos años después, Moscú, bajo Brezhnev, reconocería el error, emitiría “sentidas disculpas” y rehabilitaría su memoria. El crimen, sin embargo, había sido cometido. Drama indecible.

Ana, sin embargo, no se desmorona, y sigue indómita su combate, que la llevará a nuevos e intensos avatares, que no podré no relatarle la semana que viene.

Hoy, sin embargo, Día Internacional de las Mujer, no podía, sensible y querido lector, acercarlo a la memoria de ésta, de Ana, extraordinaria, incomparable, irredenta mujer.

Ana Pauker tuvo una hija que tuvo una hija que tuvo una hija que es la mía. Y que en honor a su bisabuela lleva su nombre: Aina. Aina Perelló.

Marcelino Perelló

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