14 de Febrero de 2017
El norte, los nortes, son los que rigen. Rigen a nivel planetario. Es conocida la escala de riqueza que puede establecerse sobre el meridiano de 30ºE, digamos, que parte a Europa y a África en dos. Existen en esa latitud cinco clarísimas y distintas franjas de “desarrollo”, cualquier cosa que eso quiera decir.
En la primera, la más septentrional, se encuentran los países escandinavos, el summum de la prosperidad y la civilidad. Hacia abajo sigue la franja anglosajona, que no canta mal las rancheras. A continuación, el norte del Mediterráneo, donde ya la pobreza y el atraso empiezan a hacer de las suyas. Atravesando el mar llegamos al mundo árabe y al desierto, en el cual la vida se vuelve áspera. Y más al sur, en el África verde (o negra, depende de en qué se fije usted) las condiciones ya se tornan de plano rudas, al borde de lo invivible.
Lo curioso es que ese mismo fenómeno se reproduce en todas las latitudes y, en el colmo, en cada país en particular. El norte de México es más rico que el sur, el de EU también. Incluso en Cuba, en la cual hablar de norte y sur es difícil. Pero es fácil en Venezuela, en Colombia, en Perú, en Ecuador, en Chile. Incluso en Brasil, a pesar de la selva. Obviamente Canadá es una excepción, por razones precisamente obvias.
Y Escocia es más rica que Inglaterra. Y el norte de Escocia es más rico que el sur de Escocia. Y en España, y en Cataluña, y en el País Vasco, y en Francia, y en Italia. Y en Egipto, y en Rusia, y en la India, y en China, y en Japón. Usted sígale, si tiene suficiente paciencia y quedó suficientemente intrigado. Australia, como Canadá, es otra excepción, de aquellas que confirman las reglas.
Las razones de tal inequidad geográfica son sin duda geográficas. El clima, la hidrografía, la orografía y otras múltiples grafías, incluyendo la orto y la cali. Pero no es sencillo explicar su influencia y mecanismos. En absoluto.
En todo caso ello provoca que las comunidades humanas, hoy en día, posean una irresistible tendencia a ir hacia el norte. Ello no siempre ha sido así, pero desde hace por lo menos una buena docena de siglos, parece indiscutible. Hacia el norte y hacia poniente, lo cual es aún más enigmático. Vaya usted a saber la dinámica profunda de tal conducta. Averígüelo Vargas.
El caso es que el antiguo fenómeno ha cobrado de manera brusca y sorpresiva una gran y cruenta actualidad a ambos lados de la Mar Océana, con modalidades distintas pero al fin y al cabo equivalentes.
La presidencia de Donald Trump está indisolublemente marcada por su intención de construir el ya famoso muro en la frontera que separa su país del nuestro. Es su estigma y estandarte al mismo tiempo, no sólo aquí y allá, sino en el mundo entero, por encima de cualquiera de las otras estridentes medidas que anuncia y que ya ha empezado a poner en práctica.
Se trata, no es necesario decirlo, de frenar ese alud migratorio que describo más arriba. Estúpida pretensión. Lo es porque la multitud de trabajadores indocumentados en la ribera izquierda del Bravo favorece obviamente a ambos pueblos y de retruque a sus gobiernos. Estúpida, sin embargo y en primer lugar, porque, como ya quedamos, es un comportamiento atávico y, como tal, detenerlo es sencillamente imposible.
Otra cosa es que, con la misma obviedad, sea absurdo exigir que el gobierno de un estado cualquiera permita o incluso patrocine cualquier ilegalidad. Su obligación precisamente es perseguirlas e impedirlas. Y recordemos que “indocumentado” es un eufemismo para “ilegal”.
En otras palabras, no se puede gobernar con la ley en la mano. Las leyes, por lo general (por no decir siempre) estorban. Lo que sucede es que Mr. Trump, en su estulticia, no sabe hacerse de la vista gorda, condición y habilidad indispensable en cualquiera que se precie de ser medianamente buen político.
Todo el chiste es lograr el equilibrio deseable de la manera más armónica posible y conjugar intereses no siempre compatibles. Pero que no se haga pendejo el nombre de pato. ¿Qué buena ama de casa, bien wasp ella, no desea tener una nana barata y confiable, y una cocinera oaxaqueña que sepa hacer algo más que hot cakes para el desayuno?
Pero alcanzar la ansiada concordia indispensable exige garantizar alternativas, lograr aquellas condiciones esenciales necesariamente accesibles. Vaticinar incluye consideraciones aleatorias, mediante iniciativas políticas rígidas introduciríamos necesariamente conflictos entre sensibilidades antagónicas.
Es de sabios hacerse pendejo. Y por más maromas que dé, y órdenes ejecutivas que se saque de la chistera, más le vale al marido de la eslovena entender cuanto antes que los condenados de la tierra seguirán pertinaces, irreductibles, su milenario éxodo hacia las tierras de las sombras largas.
Marcelino Perelló
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