01 de Febrero de 2017
En esta semiserie que me he propuesto dedicar a las festividades rituales a lo ancho del planeta y a lo largo del tiempo, hoy parece obligatorio hablar de la que se celebrará mañana en todo el universo cristiano y, si hemos de dar crédito a ciertas versiones, mucho más allá.
El santoral católico la asigna desde el siglo XVI a Santa Candelaria, pero está documentado que sería muy anterior. Algunos cronistas afirman que procedería de Oriente en tiempos inmemoriales. Otros le atribuyen un origen romano que sería después, como tantas otras, absorbida por la institución propiamente religiosa.
El cristianismo elige ese día para conmemorar la presentación del pequeño redentor en el templo de Jerusalén. En varias regiones del mundo, entre ellas nuestro país, “se viste al niño”, es decir, se atavía y se engalana la figura que permaneció desnuda en el pesebre y se lleva a bendecir. La costumbre, como tantas otras, se encuentra en vías de extinción, pero aún se conserva.
El solo nombre del santoral, no obstante, ya nos da dos pistas para explorar tanto el origen real como el posible auténtico significado de tan inusual y entrañable festejo. La versión romana se sustentaría en ese fenómeno lingüístico tan común que consiste en la permutación de fonemas y que en español conoce múltiples ejemplos. De entre los más conocidos está el paso del canónico “crocodilo” al actual “cocodrilo”, la conversión de “Algeria” en “Argelia” o la de “Ucraina” en “Ucrania”. La lista es interminable y su explicación está en los oscuros laberintos inconscientes que transportan el lenguaje.
Así la “Candelaria” remitiría al “Calendario” y éste a su vez a las “Calendas”, los primeros días de cada uno de los meses romanos. El desplazamiento del 1 al 2 de febrero no parece tener, en este sentido, gran significación. En todo caso recordemos que este mes, febrero, era, en aquella cronología, el último del año y, por lo tanto, su calenda también, lo que explicaría que se le diera un sentido especial. Pero además, y ello va más allá de las arbitrariedades culturales y mitológicas, resulta que el 2 de febrero se encuentra aproximadamente a la mitad entre el solsticio de invierno, en el calendario actual el 21 de diciembre y el equinoccio de primavera, el 21 de marzo. A unos 45 días de uno y otro. Es decir, marca la mitad, el “ecuador” digamos, del invierno.
En distintas latitudes del hemisferio norte señala, con sus correspondientes diferencias, el máximo del frío y el inicio de su declive.
Mas las cosas no quedan ahí. Pues como usted sabe bien, perspicaz lector, “candela” es un parónimo de “vela”, que representa el arquetipo de la luz nocturna. En más de una cultura se refirieron a las estrellas celestes precisamente como velas.
Sin embargo, la diferencia esencial es que la vela propiamente dicha, la terrestre, al contrario de las del firmamento, ilumina y, en esa medida, facilita la vida de los humanos después de la puesta del sol y antes del amanecer. El reino de las candelas se erige entre los dos crepúsculos, el del amanecer y el del anochecer.
Ello cobra especial relevancia en la época del año en que ese intervalo entre el alba y el ocaso empieza a disminuir de manera sensible, lo que haría razonable la hipótesis de que el vocablo “candelaria”, así con minúsculas, sería un sinónimo o deslizamiento del de “candelabro”, el sostén de las candelas.
La multiplicidad de las formas adoptadas por la cera que se funde para sostener la mecha que se consume, desde la vela a la candela, a la bujía, a la veladora, al cirio, pone de manifiesto la importancia tanto práctica como ritual de dichos artilugios.
La cosa se vuelve aún más sugerente si pensamos en la manera en que los pueblos indios de América se iluminaban durante la noche. No he sabido encontrar fuente ni referencia alguna que lo explique. Las antorchas obviamente cumplen con dificultad e ineficiencia dicha función.
Y el enigma se vuelve todavía más seductor si pensamos en la importancia, a pesar de su disminución, que la celebración de la Candelaria posee aún en nuestras tierras.
El arraigo queda de manifiesto al pensar en la entrañable tamalada que acompaña y que, de hecho, acuerpa del todo la celebración. El tamal, a diferencia del taco, la torta o la tortilla, sí parece de claro origen americano. El atole, con leche, no tanto. Estaríamos pues frente a una nueva manifestación de la amalgama cultural y gastronómica.
Especialmente intrigante resulta la transcripción que hace José Fernando Ramírez de la crónica del monje Diego Durán, en la que relata el testimonio, quizá apócrifo, de dos expedicionarios que describen la utilización de “velas” o “cirios” en cierta ceremonia religiosa presincrética en algún lugar de la costa oriental del istmo de Tehuantepec.
Para acabar de redondearlo escribieron sendas epístolas relatando intrépidas aventuras. Setenta indígenas peregrinos aparecían de repente exhibiendo fervorosos una efigie ricamente adornada. Mientras instalaban velas iluminadas, pusieron algunas detrás resplandeciendo entre sus extraños ropajes abigarrados.
En todo caso, es un hecho que entre los numerosos pueblos indios de Oaxaca se celebra con indiscutible vigencia la fiesta nocturna, en la que no dejan de participar los célebres y desconcertantes “monos de calenda”. Mientras el fuego ilumina la noche, el aroma de lo sugerente y lo inexplicable, perfuma el misterio.
Marcelino Perelló
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