domingo, 29 de enero de 2023

La Tercera y pequeña Guerra Mundial


  20 de Diciembre de 2016  


Al llegar los israelitas la hicieron suya. Más tarde, como siempre, aterrizarían primero los griegos y después los romanos. Ahí residía Julián el Apóstata cuando fue incendiada por el persa Cosroes, al negarse, o al no poder pagar el abusivo impuesto exigido. Formó parte del Imperio Bizantino, hasta que los árabes la capturaron en el siglo VII ne. Las dos cruzadas lanzadas para cristianizarla fracasaron.

En el año 1138, cansada de ser destruida por los humanos, decidió perecer a manos de la Madre Tierra y el terremoto más terrible de los que recuerda la historia la borró del mapa. El gran Saladino la reconstruyó hasta que los mongoles se la arrebataron. A éstos los expulsaron los otomanos e incorporaron la torturada y cien veces magnífica ciudad a Antioquía, que acabaría siendo un dominio francés hasta la descolonización que siguió a la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo la ve, atribulado lector? Y tenga en cuenta que le ahorré, y de paso me ahorré a mí mismo, no pocos episodios no poco dramáticos. No se asombre, sin embargo. Estamos hablando del origen del mundo. De uno de los orígenes del mundo. Origen que por lo visto no acaba de acabar.

El suplicio y la catástrofe continúan. Decir que después de 50 siglos aquella gente ya debe estar habituada y resignada es más que una pendejada, es una equivocación. Una grave equivocación y una irresponsabilidad. Nadie se acostumbra nunca al horror, ni nadie se resigna al desgarramiento. No hay tradiciones ni credos que valgan.

Al apretado resumen que le ofrezco al principio de estas líneas habrá que añadir hoy a los gringos y a los rusos. Esos faltaban. Porque, no nos hagamos bolas, son ellos los auténticos protagonistas del actual capítulo de este drama (¿o debí decir tragedia?). Y que quede claro que bajo esos dos gentilicios, que no son más que una simplificación, también como siempre, se oculta el siniestro e inextricable entramado de intereses económicos y políticos, de dominio y hegemonía, de esa hidra insaciable que es el universo del capital.

Hasta ahora la atención de esa necia y frívola opinión pública se ha centrado en la muerte, otra vez como siempre, de miles y miles de hombres y mujeres como usted y como yo, cuya única diferencia es el mal fario de ser de allá y de estar allá. No son ellos ni los autores ni los causantes de la carnicería. Tampoco son los actores. Ni siquiera los figurantes. Son simplemente la escenografía, el “material”, en la más aciago y lúgubre de los sentidos.

Las naciones vecinas no quieren saber de ellos. Nunca han querido. La lástima por los menesterosos es siempre un elemento de ornato. Las escasas y desabastecidas medidas de auxilio no se dan abasto. La magnitud de la catástrofe los desborda y paraliza.

Los organismos internacionales y las tan a menudo fatuas oenegés no saben cómo enfrentarla ni están dispuestos a asumir costos y secuelas. Y no se avizora la posibilidad de que su actitud se vea sensiblemente modificada. 

Providencias ocasionales no garantizarán alivio local importante mientras iniciativas temerarias enfrenten suspicacias, Mosul igualmente vive incendiada. Los apurados socorristas calificados operan sin ayuda suficiente, aplicando soluciones improvisadas, no obteniendo pertrechos indispensables necesitan transformar artilugios necesarios buscando ingeniárselas entre neblinas.   

La auténtica solución, pues, no está ni en los hospitales de campaña, ni en el simulacro de abasto de víveres y medicinas, ni en los corredores de evacuación, que ni siquiera podemos considerar atenuantes.

Estamos frente a un tumor, maligno a más no poder, y sus metástasis son múltiples, lejanas y temibles. Siria produce muy poco petróleo y gas, pero se encuentra en el corazón de la llamada “elipse energética”, una zona de tres millones de kilómetros cuadrados, desde el Mar Rojo al Caspio, en el que se genera aproximadamente el 80% de los hidrocarburos del planeta. Poca cosa.

Su importancia estratégica es inconmensurable. Para acabar de aquilatarla baste decir que el régimen del Partido Baas que encabeza el presidente Bashar Al-Assad es el único de todo el mundo árabe que no se encuentra sometido a los dictados que salen de las riberas del Potomac.

Sólo así se entiende la participación de las grandes potencias en una guerra que hace tiempo dejó de ser civil. La batalla de Alepo parece haber terminado con la victoria de las fuerzas gubernamentales, apoyadas —más que apoyadas— por Rusia e Irán, sobre las fuerzas rebeldes encabezadas por un abigarrado e inabordable “Frente Islámico”, apoyado —más que apoyado— por Estados Unidos y ad-láteres.

Ello, conjugado con la inminente llegada del tal Donald Trump, que estaría más en su lugar entre los Simpson que en la Casa Blanca, abre un sombrío panorama en el que se mezclan todos los matices del negro.

No sólo para los sirios —ni vaya usted a creer, despreocupado lector- sino para el planeta entero. En la milenaria y legendaria Alepo se acaba de librar la que ya me atrevo a llamar Tercera y pequeña Guerra Mundial.

Marcelino Perelló

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