27 de Diciembre de 2016
Rebajemos un poco los términos de la cuestión para hacerla más asequible y menos lapidaria: ¿habrá Javier Duarte exagerado?, ¿se le pasó la mano?, ¿robó más de lo que es habitual y aconsejable? o ¿acaso simplemente lo hizo mal y le cayeron?
Toda esta recua de preguntas, que no es sino la misma replanteada con distintas luces y matices, no es trivial y no vaya usted a considerarla una simple perogrullada. Tan no lo es que no tengo noticia de que alguien, en algún espacio o en algún momento, la haya ya planteado.
Y no lo es, en primer lugar, porque conduce a otra que resulta ineludible y en la que reside el verdadero quid de la cuestión. Es ésta: ¿no será simplemente que Duarte, sin ser mejor ni peor que el resto de los gobernadores, por una razón u otra, tiene enemigos muy poderosos interesados en defenestrarlo, ponerle un cuatro endiablado y situarlo en postura de indefensión absoluta?
Digámoslo con claridad meridiana: los gobernadores de los estados en México son auténticos emires y como tales usan y abusan de sus prerrogativas con absoluta desenvoltura. Recurren a prácticas y dispendios que resultarían dudosos si no fueran indiscutibles. Son arbitrarios y despóticos. Todos.
Me permito afirmarlo y sostenerlo sin resquemor alguno y con la contundencia del caso. Sólo conozco personalmente a un par de ellos, y no tengo prueba alguna de las usanzas ilícitas a las que recurren. Pero me autorizo a sostenerlo y a generalizarlo por una razón tan definitiva como indiscutible: simplemente porque no hay nada ni nadie que se los impida.
O dicho de otra manera porque no puede ser de otra manera. Un gobernador intachable ni existe ni puede existir. El sistema y el entorno no lo permiten. Si alguien, por alguna razón, lo intentara, sería inmediatamente defenestrado y devorado, tanto por sus pares como por sus subalternos.
Ya sabe usted que no me gusta el concepto de “corrupción” y sus derivados. La palabreja de moda, en México y en buena parte del mundo, me parece eufemística y confusa. Prefiero decir que los políticos roban y transan. Unos más que otros, quiero suponer, pero a final de cuentas todos, sin excepción. No sólo en nuestro país, por supuesto, pero sí con grados y modalidades distintas. Existen, en otros lares, mecanismos diferentes de control y sanción, sociales y legales. En general más estrictos que los nuestros, pero me consta que los hay incluso más laxos y permisivos.
Autoríceme a contarle una anécdota de la que, de esa sí, tengo todos los pelos en la mano (las anécdotas, no lo perdiéramos de vista, también acostumbran a tener pelos). Hace años vino a visitarme a México un entrañable amigo gallego, hoy tristemente fallecido. Mi amigo había conocido a un joven mexicano en el tour que realizó por la antigua Leningrado.
El joven, amabilísimo, le pidió que si venía a México no dejara de buscarlo. El gallego y su esposa así lo hicieron. Para su dicha y mi desdicha. Pues el joven en cuestión secuestró a mis amigos y apenas pude verlos. Se los llevó a un formidable y prolongado paseo por buena parte del centro del país, montañas y playas incluidas. Conocieron los mejores hoteles, restaurantes y resorts, todo por cuenta, claro, de su magnánimo cicerone. El hecho, sin embargo, no sería tan sobresaliente si dicho paseo, de más de una semana, no hubiera sido realizado en helicóptero.
La cosa es que, tanto ellos como yo, acabamos enterándonos de que el magnífico anfitrión era hijo del renombrado gobernador de un renombrado estado de nuestro país. Tal cual. Si así se las gastan, nunca mejor dicho, los hijos, cómo no se las gastarán los padres. Omito los nombres, de mis amigos, del hijo y del padre en cuestión, sencillamente para evitar dar a este texto un sesgo que no quiero.
En todo caso lo que sí quiero que quede claro es que tal episodio no es especialmente singular. Al contrario, lo considero del todo representativo de cómo andaban las cosas entonces y de cómo no hay razones para que hoy anden de otra manera.
A modo de cierto alivio, déjeme repetirle que tales “generosidades” son comunes en el mundo entero. Son propias, intrínsecas, a la política y más precisamente al poder, en todos sus niveles.
Puestos a reconsiderar a distintos estadistas sin tener en resguardo ninguna intención lesiva lograremos absolver regímenes sorprendentemente escasos. Veremos incluso contubernios asombrosos y encontraremos laberintos trapaceros increíblemente obscenos.
Todo ello habiendo sido dicho y sopesado, es inevitable considerar cuáles serán los asegunes por los cuales la implacable y siempre justa opinión pública se ceba sobre Borge o los Duarte y a la mayoría de los restantes los deja en paz. Relativa, pero paz al fin.
El papá del amigo de mis amigos, sin ir más lejos, no tuvo que enfrentar ningún reclamo serio, y terminó su mandato de manera si no elogiosa sí al menos apacible. No sé si se habrá llevado el helicóptero.
Hoy las zancadillas proliferan, pero no acaban de quedar claros los criterios con los que se reparten. Lo que sí parece indiscutible es que al licenciado Duarte, en la rifa de los cuatros, le tocó el gordo.
Marcelino Perelló
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