sábado, 25 de febrero de 2023

Ni pa’ dónde hacerse


  14 de Septiembre de 2016  


A menudo olvidamos el significado preciso de los términos “corrupción”, “corrupto”, “corromperse”. Como que los suavizamos. De hecho son sinónimos de “podredumbre”, “podrido”, “pudrirse”. Suena más gacho, pero es más exacto. A fin de cuentas, por increíble que parezca cuando decimos que tal o cual funcionario se corrompió, usamos un eufemismo. En realidad queremos decir: se pudrió.

Es un hecho sabido, aunque olvidado, que todos los gobiernos del mundo son corruptos, están podridos. Unos más que otros. Y que la inmensa mayoría de los políticos igualmente lo son. Los hay, me consta, sinceros, íntegros, idealistas, pero son pocos. Y lo que es peor es que cuando ocurre que tienen éxito, cosa que no es común, inmediatamente se les suben las chinches y las garrapatas.

México, se sabe, es uno de los países más corruptos del mundo. De los más podridos. Las instituciones oficiales mexicanas, precisemos. La población no. Los mexicanos de a pie nos contamos entre los hombres más nobles y generosos de cuantos hay en el planeta. No puedo dejar de decir, para evitar malos entendidos, que las empresas privadas también están podridas, tal vez en el mismo grado, pero de otra manera. La podredumbre va aumentando a medida que se sube de nivel, hasta llegar a niveles nauseabundos. De hecho el capitalismo es la podredumbre institucionalizada y legalizada. La podredumbre por antonomasia. Todo ello habiendo sido asentado, finalmente aterrizo, llego al punto donde quiero llegar y agarro al toro por los cuernos. Al buey, que es más preciso. Lo digo de golpe, con la certeza y la desenvoltura de aquel que sabe que tiene razón: el gobierno del DF, hoy de la Ciudad de México, es muy probablemente el más podrido del mundo. He dicho, y me sostengo.

No dudo que en la América central y meridional también los haya sobresalientes. Igual que en África, Oriente Medio, Asia o Indochina, pero no lo sé exactamente. Sólo lo presumo. Sé, sí, que los árabes no cantan mal las rancheras, pero no creo que lleguen a pisarnos los talones. Y ni qué decir del gobierno federal y de los locales. E incluyo, obvio, los correspondientes otros dos poderes: legislativos y judiciales. Su descomposición es un secreto a voces que dejó de ser secreto. Pero tampoco constituyen un rival de temer para el GDF (ahora GCDMX o quién sabe cómo). Vamos de gane, por mucho. Es decir, de pierde.

En estas olimpiadas de la putrefacción, la actual Tenochtitlan no conoce competencia seria. En el medallero de unos virtuales Putrelímpicos ocuparíamos sin duda el primer lugar, en oros, platas y bronces. O mejor en mierdas, bostas y miasmas. No sé cómo llegamos ahí y, lo que es peor, cómo podríamos salir. El fenómeno no es nuevo, pero se desboca y alcanza su auge, y me cae que me duele decirlo, cuando se constituye el mentado gobierno como tal, y el PRD se apodera (ese es el término) de él. Es decir desde 1997. Es decir, casi veinte años, tiempo de sobra para devastar una ciudad, aunque todavía le falta. Ni para eso se han visto demasiado eficientes.

Todo esto hace ya tiempo que lo sé. Pero me faltaba un detonante, un catalizador, para que me atreviera a decirlo. Faltaba que el moho dominante se me manifestara y apareciera, cual la virgen, de manera directa, contundente y lapidaria. Inexcusable e ineludible. El miércoles de la semana pasada reventaron mi banqueta, la banqueta de mi casa. Llegaron las palas excavadoras, los brazos de mono y los martillos neumáticos, muy temprano, en un madruguete clásico.  Una operación militar en toda forma. Y en un santiamén levantaron e hicieron pedazos la capa de cemento de un palmo de espesor que constituía la acera. No quedó nada, más que montañas de cascajo y un estrépito infernal. Nadie puede pasar por ahí.

Nosotros, bienaventurados, podemos escapar por la puerta trasera del estacionamiento, pero los comercios y los vecinos que no tienen esa suerte están obligados a permanecer aislados o a practicar un audaz cross-country de unos diez metros, lodazal incluido. Desde hace una semana. Y lo que siga.

En fin, bienvenido el progreso, dirán algunos. Bien que el mentado GCDMX haga cosas y se ocupe y preocupe de la población. Pero ay, se escapa un detalle. La banqueta en cuestión estaba en perfecto estado. Impecable. He ahí. La vergüenza y la desvergüenza quedan, al menos para los habitantes de esa cuadra, al descubierto de manera obscena.

Ya lo han hecho en otras muchas banquetas, lo sé. La diferencia es que ésta fue la mía, mi banqueta.

Sólo existe una razón para tal inexplicable operación: el robo descarado del jefe de gobierno, del delegado de la BJ, del contratista y de quién sabe quién más. No hay otra explicación. Delito flagrante. Ladrones impunes. No hay otro término. Puedo decirlo más recio pero no más claro.

Permitir las amañadas componendas implica defender opciones de índole arbitraria. Venalidad intrínseca concitando artimañas o fomentando redes entretejidas con estafadores, denotando una lamentable calidad ética, unidas necesariamente a tejemanejes repulsivos entre gigantescas urdimbres administrativas.

Discúlpeme usted, indulgente lector, el exabrupto. No es mi estilo. Pero se trata, reconozca, de un exabrupto justo, explicable e imprescindible. Lamento profundamente no poder vislumbrar una salida y terminar estas líneas de manera menos pesimista. Pero es que de plano no sé cómo enfrentar hoy esta podredumbre. Ni pa’ dónde hacerse.

Marcelino Perelló

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