viernes, 24 de febrero de 2023

El esperpento


  20 de Septiembre de 2016  


En efecto, de eso se trata y no de otra cosa, el ridículo —dije ridículo— malabarismo de suprimir el Distrito Federal como tal y convertir a la ciudad en un ente federal contrahecho. Todo ello acompañado de la impertinente, que no pertinente, modificación de la nomenclatura oficial.

En aras de rendir un modesto e irónico homenaje al desaparecido Juan Gabriel, bien podríamos decir aquello de: “¿Pero qué necesidad?”. La machincuepa del jefe de Gobierno con la natural complicidad de la Asamblea Legislativa y la incomprensible del Presidente de la República, sólo tiene una explicación que únicamente se sostiene con diurex, y del malo.

El primero quiere ocupar el lugar del segundo. A toda costa y cueste lo que cueste. Sólo así se explica. Si López Obrador quiso dejar huella de su paso por el GDF a través de los segundos pisos, de las limosnas a los rucos y de la fundación de la Pejeuniversidad (que todo sea dicho, tiene más de El Peje que de lo otro), y Ebrard quiso materializar su herencia con la inefable y célebre Línea 12, Mancera, más ambicioso, lo hace por medio de un pase mágico, en el que no aparece nada de la chistera, sino que  esfuma la entidad federativa que supuestamente había de gobernar.

Asombroso truco de prestidigitación, pretenciosa pretensión, vive Dios. Y tendría sentido si tuviera pies y cabeza. Desafortunadamente, ay, no tiene ni lo uno ni los otros.

Reconozcamos que la hipertrofia del DF obligaba a modificar su estatuto, pero de ninguna manera a través de tamaño sinsentido. En primer lugar, el DF no era propiamente una ciudad, y por lo tanto la presunta CDMX tampoco. Aproximadamente un tercio de su territorio es rural; sobre todo en las “delegaciones” de Tláhuac, Xochimilco, Milpa Alta, Tlalpan, Magdalena Contreras, Cuajimalpa y Álvaro Obregón. Poca cosa, casi la mitad.

Toda reforma seria hubiera debido reparar esa anomalía y modificar los límites metropolitanos propiamente urbanos. A ello hay que añadir, que en contraparte, un porcentaje considerable ora sí que de la urbe propiamente dicha, se encuentra fuera de los límites del exDF y de la proyectada “ciudad”. Sobre todo en las delegaciones de Miguel Hidalgo, GAM, Venustiano Carranza e Iztapalapa.

Eso es lo que había que arreglar, por el amor de Dios, y terminar de una buena vez con esas fronteras interiores —y las respectivas dificultades que generan— en pos de una organización urbanística funcional y moderna.

Las cosas, sin embargo, no se quedan ahí. En su delirio faraónico, Mancera funda el elefante blanco de la sedicente Asamblea Constituyente. Ya que de paquidermos hablamos, un auténtico cementerio de elefantes, una montaña de marfil, de colmillos, huesos apetecibles. Dije huesos. Total el erario aguanta. Y ahora que por un dolaruco nos dan veinte morlacos, más que mejor.

O séase, una ciudad que va a tener su propia Constitución. No Estatuto, ni Código ni Reglamento. Constitución. Así de rimbombante. Al igual que cualquiera de los estados que conforman la Federación. De manera que también deberá ser “libre y soberana”. Je, je. Probablemente la única ciudad del mundo, junto con Singapur y Hong Kong, con tal privilegio.

Ya me imagino los acalorados debates y los litigios principiales que harán retumbar las venerables paredes del vetusto Senado. ¿Qué diantres discutirán los ínclitos miniconstituyentes, si en realidad no hay nada que discutir? ¿Si no tienen permiso de discutir nada importante? Que si el agua, que si la contaminación, que si las marchas y plantones... Ai se ven. Les deseo la mejor de las suertes. La mejor de las quincenas ya la tienen.

Para acabar de remachar el paripé legislarán ai nomás. Votarán ítems con abulia, al mascullar iniciativas las aprobarán de oficio, los oradores harán algunas reflexiones apantallantes fingiendo actuar con interés legítimo.

Dijo el señor Presidente que se suprimía la cena de la noche del 15, pues no estaba el horno para bollos, y era preciso ahorrar. Noble y encomiable gesto, licenciado. Muy en la línea del escuálido presupuesto de 2017. Coherencia ante todo. Pero me digo yo ¿no hubiera sido pertinente, en ese espíritu, renunciar a la grotesca y del todo superflua Asamblea de marras? Equivale como a chorrocientas cenas, señor licenciado, y además sus insignes integrantes ni crea que se van a constreñir al menú. Todos, júrelo, se van a servir a la carta.

La demagogia juega un papel fundamental en el dominó de la política, que ni qué. Y sería del todo iluso abogar por su desaparición. Ahí ha estado siempre, ahí sigue, y ahí seguirá mientras no suceda lo que tiene que suceder y no quiere. Pero como todo ciudadano que se respeta y que insiste, contra viento y marea, en serlo, no puedo no indignarme en que una vez más dicha demagogia haya sido puesta, de manera tan escandalosa, al servicio de las pretensiones, no menos escandalosas, de un petimetre tan ambicioso como limitado.

Hay maneras, y además hay maneras. Y créame,  el neonato de Xicoténcatl y Donceles es un criminal atentado al hálito republicano y federal que fundaron esta nación. Una catástrofe. Un auténtico esperpento.               


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