jueves, 9 de febrero de 2023

Por la poesía iré al combate

 

  09 de Noviembre de 2016  


Tome las líneas que siguen, conspicuo lector, como una especie de posfacio a la semiserie que durante meses mantuve en esta columna, dedicada a la vida de las abejas y a su contraste con la nuestra.

Al mismo tiempo considérelo un prefacio a la nueva. A la semiserie que inicio hoy sobre la peliaguda noción de libertad y a sus connotaciones en distintos ámbitos.

Se trata de un significante harto socorrido que tal vez carece de significado. Y si lo posee es escurridizo como una anguila y etéreo como un fantasma, un ectoplasma que aparece, nos seduce e inesperada e inopinadamente se desvanece.

En este sentido la idea de libertad se asemeja mucho a otra con la cual, además rima. La de felicidad. Quién sabe si hay gente libre, de la misma manera que no podemos asegurar que la haya feliz. Ambos son términos más propios de la poesía o de la retórica que de la reflexión sociológica o sicológica.

Y sin embargo, parece indiscutible que ambos se apoderan del espíritu humano en determinadas circunstancias y por periodos de duración incierta pero siempre breve.

Y por otra parte, también parece fuera de toda duda que, como la mayoría de los conceptos abstractos, son definitiva e irremisiblemente relativos.

Un hombre se ha pasado ocho años y medio entre barrotes, y llega el momento en que cumple su condena y le abren las puertas de la prisión, mejor dicho, las que le abren son las puertas de la calle. Ese hombre tiene todo el derecho y le asiste toda la razón en afirmar que a partir de ese momento es libre. O, para ser más cauto y recurrir a los complejos matices de la lengua española, digamos mejor que está libre.

La libertad en ese caso se establece y define según de qué lado de los muros de la ergástula se encuentra uno. Quienes no lo han atravesado y deambulan tan campantes por calles y plazas difícilmente se proclamarán libres. A menos que sean ruleteros y no traigan pasaje.

Más delicado es el asunto de establecer el vínculo entre esa libertad acabada de conquistar y un posible sentimiento de felicidad. Es común que quienes no han sufrido esa experiencia —y digo sufrido— consideren que ambas circunstancias van de la mano. No obstante, ello no es del todo seguro ni del todo general.

Recuerdo que después de varios años de no verlo, me reencontré con mi admirado y querido maestro, el doctor Elí de Gortari, que había sido encarcelado y procesado a raíz de su ejemplar y comprometida participación en el movimiento de 1968. Llegó invitado a un Congreso Internacional de Lógica que se celebró en Bucarest, donde yo pasé casi la mitad de mi exilio europeo.

La emoción del reencuentro fue acompañada por numerosos paseos, ágapes y sobre todo conversaciones. Él acababa de ser liberado en abril de 1971 y fue en una de ellas que dijo, para mi desconcierto: “¿Sabe usted, Marcelino? Me está costando más acostumbrarme a la libertad de lo que me costó acostumbrarme al encierro”.

La inquietante confesión del doctor De Gortari tiene más de una lectura, por supuesto. Cualquier frase o postulado las tiene. En particular, sin duda remite a la tristeza que dominaba la vida pública en nuestro país en plena cruda, resaca del magno alzamiento. Una combinación de desaliento por una parte y de oportunismo galopante por la otra, hacían difícilmente digerible la situación. Sobre todo para un hombre de la sensibilidad y la firmeza de nuestro filósofo.

He ahí pues un hermoso y triste ejemplo de que libertad y felicidad no son hermanas inseparables ni siquiera en el más extremo de los casos. Lo que no quiere decir, insisto, en que a veces se trencen una con la otra, pero siempre de manera fugaz.

Al hablar de las comunidades apícolas se diría que ambos términos están fuera de lugar. Ya lo discutí en su momento, y los razonamientos a que da lugar tal enigma nos llevan directamente a la consideración del carácter colectivo que dichas nociones pueden adquirir y que las dota de otra dimensión.

Como las de las abejas, las colectividades humanas también aspiran a la libertad plural, con todas las ambigüedades y constreñimientos que dicha ilusión comporta. Y sin embargo es indiscutible que existen los panales-cárcel de la misma manera que han existido multitud de pueblos esclavos.

Y siguen existiendo, con todo y que las formas de opresión y sometimiento se han sofisticado y disimulado. Ello no impide que una vez cobrada la conciencia de tal avasallamiento, las comunidades esclavas, de insectos o de humanos, no insistan en acceder a la condición de colmenas, de pueblos, libres, por mucho que en buena medida se trate de una entelequia que a menudo complique la vida.

El poder opresor —granjeros o gobernantes— insistirá en aderezar su dominio, y recurrirá a todas las estratagemas, ilusorias y demagógicas para atenuar las ansias emancipadoras de sus súbditos. Siguiendo la clásica consigna griega: Navegar es preciso, vivir no es preciso.

Promete respetar identidades mas el resultado obtenido es la liquidación acompasada, dicen estimular sinergias, pero utilizan evidentes soflamas en las leyes auguradas. Vientos indomables cumpliendo anhelos soplan impetuosos entre marineros prestos recalafateando embarcaciones.

Tal vez pues, y con toda probabilidad, las ansias libertarias no sean más que condicionamientos genéticos o espejismos poéticos. Pero somos muchos los que nos dejaremos seducir por ellos. Ellos nos darán sentido, y por ellos iremos al combate.

Marcelino Perelló

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