viernes, 17 de febrero de 2023

Treinta años


  12 de Octubre de 2016  


Ésta será de momento una fiesta más que íntima, individual. Después, probablemente, se añadirán otros. No sé quiénes ni cuántos. Sé sí que algunos lo harán con emoción sincera, y los habrá que únicamente guardarán las formas, por educación y compromiso.

El martes 14 de octubre de 1986 inicié mi navegación en las páginas de este entrañable periódico. Para mí, más entrañable y más periódico que para muchos. En otras palabras, dentro de dos días se cumplirán treinta años del inicio de mi colaboración en y con el Periódico de la Vida Nacional.

Se dice fácil. Treinta años. Media vida. Treinta años. No consigo hacerme cargo. ¿Cómo es posible que se hayan escurrido entre los dedos sin que yo me haya dado cuenta? Probablemente porque el que me escurrí fui yo. El lenguaje engaña, sirve de coartada para suavizar el hecho.

Dice el tango que “veinte años no son nada”, y por lo visto treinta son muchos menos. Y al mismo tiempo demasiadas ocasiones para decir sandeces y cometer desatinos. Demasiado tiempo y a la par, demasiado estrecho. No logro sacudirme la impresión de que hay más cosas por decir hoy de las que había entonces. Las palabras llaman a las palabras. Algunas acuden prestas, dóciles. Otras se resisten, rejegas. Pero todas están ahí y no es fácil —no lo fue entonces y no lo es ahora— encontrarlas y escogerlas.

Argentino por argentino es Julio Cortázar, el malabarista, quien dice que el buen escritor no es tanto el que sabe poner frases, sino el que sabe quitarlas. El que sabe qué no decir, sin dejar por ello, de decir. Probable y desgraciadamente tiene razón, y tal juicio pone una vez más en evidencia hasta qué punto yo soy un mal escritor. Me enamoro de mis palabras y no las quiero dejar ir. Lo cual, es innecesario que se lo diga y sin embargo —lo dicho— se lo digo, me complica enormemente la vida. Y compromete de manera seria mi encuentro con usted, fiel y condescendiente lector.

Como quien no quiere la cosa acabo de afirmar que el periodista, tanto el reportero como analista o el columnista son, somos escritores, en toda la extensión de la palabra. Se ha dicho y repetido que el verdadero texto se encuentra en los libros, que el papel de periódico y sus letras son efímeras. Permítanme, los autores de novelas y ensayos, aplastarles tantito la guitarra y recordarles que los libros, con sus cuidados escritos y sus bellas dedicatorias, y de los que están tan orgullosos, también son efímeros. En el mejor de los casos dormirán el sueño de los justos en algún estante que es preciso sacudir de vez en cuando. Cuando no en el fondo de un baúl que no es necesario sacudir. El periodista es un escritor.

Y lo es porque su decir queda plasmado y cobra vida propia, emprende el vuelo y no mira hacia atrás. Ya pertenece al eventual lector. Se convierte en una especie de legado, valioso o no. Es una misiva. Una botella lanzada al mar.

Tal vez es por eso que me costó tanto decidirme a publicar. Representa una responsabilidad mayor, al margen de la atención que pueda uno concitar. Cuando publiqué aquel primer artículo editorial ya tenía yo 42 años. Cosas por decir ya las tenía, por supuesto, desde hacía mucho, desde siempre. Y las decía, sin duda. Pero no es lo mismo decir que escribir ni mucho menos que publicar.

Cuando regresé a México en 1985 fueron varios los diarios y revistas que me ofrecieron espacios. De entre todos escogí el Excélsior, por más de un motivo. No fue el menor de ellos que era el periódico que llegaba a la casa cuando yo era muy niño, y ese sonido característico de los pliegos resbalando por debajo de la puerta representaba entonces, y lo sigue representando hoy, una auténtica emoción. Sobre todo los domingos, en que venían las tiras cómicas que aún añoro. Pero además porque ese murmullo de las planas irrumpiendo era señal tranquilizante de que el mundo existía y de que todo seguía su curso.

Así que cuando Regino Díaz Redondo me llamó a su despacho y me abrió las puertas de aquel papel intruso en mi infancia, no lo dudé ni tantito. Ahora sería yo el que me deslizaría por debajo de las puertas.

Recuerdo con una fidelidad precisa y una emoción intensa el golpeteo de la máquina de escribir, del cuidado necesario cuando no existía el delete ni el copy and paste. Con el Tippex al lado (por aquello de hacerle tantito caso al cronopio mayor). Y recuerdo, con una melancolía inaceptable en un viejo bragado como yo, los rutinarios y adorables trayectos en mi viejo vocho hasta el más viejo aun inmueble de Reforma para entregarle en mano mi original al inolvidable maestro Gustavo Durán de Huerta.

Abrirse, mostrarse, exhibir los íntimos y recónditos pensamientos a propios y extraños es un acto obsceno. Pero al mismo tiempo es una aventura exultante. Una arriesgada y apasionante expedición. De resultados siempre inciertos pero siempre emocionantes.

Publicar ofrece rutilantes viajes en navíos inimaginablemente raudos, velas entre neblinas. Pasar alerta sobre arrecifes de ópalo, vencer esos temporales enloquecedores. Vientos inclementes cobran ardor, pero en respuesta sólo inducen serena templanza arrestada.

Navegar es preciso, vivir no es preciso, rezaban los antiguos bajeles griegos.

El tiempo no pasa. El que pasa es uno. Y estos treinta años que yo he pasado en el Excélsior han sido más que una vida. Han sido la vida.

 Marcelino Perelló

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