jueves, 9 de febrero de 2023

La chica


  08 de Noviembre de 2016  


Si en las carreras de caballos siempre ganara el favorito, los hipódromos hace tiempo habrían desaparecido. Y con ellos, de paso, las carreras de caballos y los caballos de carreras. 

Cuando lea usted estas líneas, impaciente lector, los comicios presidenciales en la margen izquierda del Bravo ya se habrán iniciado. De hecho, si no es usted ni tan impaciente ni tan puntual, es posible que ya hayan incluso concluido, y que ya conozca quién será el futuro presidente de Estados Unidos, cosa que yo al momento de teclearlas ignoro. Debo resignarme y arriesgarme a predecir.

En un momento dado me pareció sensato hablar de las elecciones gringas en mi columna de los miércoles en la sección de Expresiones, cuando el resultado fuera ya conocido, pero rápidamente lo deseché. La política no deja de ser un fenómeno cultural, cierto, pero en este caso resultaría fuera de lugar. Metido con cuñas y signo inocultable de cierta cautela acobardada.

Y aquí entre nos, el riesgo es pequeño y el pronóstico sencillo. Así que predigo: Va a ganar el sistema, el establishment, la nomenklatura. Rara vez, muy rara vez, pierde. Así que va a ganar la señora Clinton, con un margen bastante mayor al previsto.

En buena medida es lo que señalaba el guión desde un buen principio: el buen Sanders a la izquierda y el grotesco Trump a la derecha. Y al centro, radiante, tierna y sensata, elevándose por encima del ostión, cual la Venus de Botticelli, Mrs. Clinton. Una Venus un tanto decrépita y poco creíble, cierto, pero es lo que tuvieron a mano.

Sucedió sin embargo lo que no estaba previsto, y la botarga de la derecha resultó rejega. Lo cual, aquí entre nos, no les vino del todo mal, pues le puso un poco de interés a la cosa. De otra manera todo el paripé hubiera resultado más aburrido que una pelea del Canelo Álvarez.

Total, el resultado, después de algún pequeño sobresalto, no se verá alterado. Es indiscutible que Donald Trump despertó más simpatías y adhesiones de las esperadas. Y que en un momento dado obligaron a forzar la maquinaria electoral. El mismísimo presidente Obama se vio impelido a hacer el ridículo en más de un desfiguro, con tal de apuntalar a su tambaleante e impresentable candidata.

El propio sistema electoral gringo posee los candados necesarios para evitar sorpresas. El voto para la Presidencia es indirecto. Los ciudadanos eligen “electores” quienes serán en realidad los que votarán por el Presidente. El número total de electores es de 538, representando a cada uno de los 50 estados que componen la Unión, más el distrito de Columbia. Cada estado designa un número de electores proporcional al de sus habitantes. De manera que el futuro Presidente deberá obtener la mayoría de los votos de dichos intermediarios. Es decir, por lo menos, 270. Até la tudo bem, como dicen los brasileños.

Sin embargo, el truco, el candado, está en otra parte. Resulta que todos los electores de un determinado estado deben votar al unísono por un solo candidato, aunque la elección en el estado que representan haya sido muy reñida. Así por ejemplo, los 55 electores de California van a votar por la doña Hillary. Eso ya es un hecho. Aunque don Donald obtuviera el 49% de los votos en ese estado (cosa que no va a suceder).

De manera que los tales “electores” no juegan papel alguno, ni tienen ninguna potestad. Deben decidir lo que ya está decidido. Podrían ser fácil y totalmente substituidos por un mensaje de WhatsApp. No hay ejemplo más descarnado de una persona privada de su libertad y de sus más elementales derechos de discernimiento.

Plantear incluso que un elector lograra obedecer distintas instrucciones conllevaría enfrentamientos, concitaría oposición no sin tensiones enturbiadoras. Muchos instarían votar en secreto sin informar razones incluso fácilmente atribuibles. Ocasionaría también replantear otras normas inequitativas volviéndolas esencialmente lenitivas.

Todo ello es del todo impensable. Todo el sistema se cuartearía. El país es hoy un estado medieval, dividido en feudos, y cada una de las dos dinastías monárquicas posee el suyo y resulta inexpugnable. Únicamente hay una docena de territorios en liza, una especie de no man’s land, llamados los swing states, que acostumbran a oscilar entre los burros y los elefantes.

Entre ellos los más importantes son la gusanera de Florida y las castañuelas de Ohio. Una acendrada tradición obliga a que el Presidente sea quien haya ganado en Ohio. ¿Si ganó por qué estará en Ohio? (Ocurrencia boba, apta sólo para iniciados).

En fin. Espero no haber cometido un spoiler ni haberle aguado la fiesta al contarle el final de la obra, querido lector. Si fue así, contrito le pido perdón. De todos modos, si le gusta mantener la emoción y la incertidumbre, siempre puede pensar que, como digo al inicio, lo imprevisto puede ocurrir, y que (para seguir con las gansadas) quién quita y se orine la muchacha. Es decir, se haga la chica.


Marcelino Perelló


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