martes, 21 de febrero de 2023

Recapitulación


  28 de Septiembre de 2016  


Así como hace ocho días di por terminada mi prolongada reflexión sobre el contraste entre la vida de las abejas y la nuestra, hoy quiero poner fin a la otra semiserie quincenal que inicié también hace meses acerca de ese tan socorrido como ignorado mecanismo de la provocación.

En ésta hemos recorrido juntos, trashumante lector, medio mundo, a través de siglos y meridianos, desde Pearl Harbor a Sarajevo, pasando por La Habana y Barcelona. Quedan muchas por registrar y dilucidar, como la del Golfo de Tonkín o El Cairo. Es posible que en un futuro no excesivamente lejano me ocupe de ellas, pero hoy otras sirenas me urgen y me seducen con su canto.

Y quiero terminar, por más de una razón con la provocación, la gran provocación, que nos concierne más directamente y que ha marcado el devenir político, social, económico y cultural de nuestro país durante decenios. Hasta el día de hoy, y contando.

No me es fácil hablar del 2 de octubre de 1968. Y no lo es por múltiples razones, la mayoría de las cuales usted adivina. En particular porque ya me he referido a esos infaustos acontecimientos en multitud de ocasiones y foros. Y no quiero repetirme. No más de la cuenta. El solo hecho de referirme a lo acontecido en ese atardecer como una provocación ya revela de antemano cuál es mi punto de vista, mi versión y mi interpretación. De hecho, en aquel dramático laberinto confluyeron tres componentes: represión, confusión y provocación.

Algunos miembros del CNH, voluntaria o involuntariamente, en el denso clima que reinaba después de las ocupaciones militares de los campi de la UNAM y del IPN, acelerados e imprudentes (por decirlo de alguna manera), propiciaron y facilitaron el tremendo desenlace.

Planearon un mitin, con asistencia tumultuaria advirtiendo peligros unánimemente manifiestos, con harta improvisación no calculando hallar infiltrados numerosos. Muchos incluso vieron inútil reunirse inmediatamente antes. Ubicaron sospechosos teniendo el distintivo semblante agreste bien establecido.

Empecemos por decir que yo no estuve ahí. Y que no debía estar, acotemos. Pero eso no me impide saber en buena medida lo que sucedió. Tal vez mejor que si hubiera estado. Suele acontecer.

El primer elemento es obvio: el ejército estaba ahí para reprimir, dispersar la concentración estudiantil, impedir la manifestación que estaba previsto se dirigiera al Casco de Santo Tomás para exigir su liberación por parte de las fuerzas policiaco-militares que la tenían ocupada hacía días. Y quizá también para detener a los líderes presentes.

El segundo de los componentes, la confusión, con todas las precauciones del caso, también es, al día de hoy, más o menos indiscutible: convergieron ahí nada menos y al menos seis contingentes armados. Unas obvias y admitidas, otras no tanto: el ejército uniformado, el Batallón Olimpia, parte de éste, ataviados en civil, y que en un momento dado se colocaron para distinguirse, cosa que no sirvió de gran cosa, un guante blanco en la mano izquierda.

Otro grupo de individuos, también armados, que muchos confunden con el Olimpia, y que en lugar de guante cubrieron su mano con un pañuelo. La cuarta fuerza, y que fue la que desencadenó el tiroteo al abrir fuego, desde distintos puntos en los edificios que rodean la plaza, sobre la multitud y el ejército uniformado, lo constituyeron elementos del Estado Mayor Presidencial, cuerpo militar de élite, ajeno a la Secretaría de la Defensa.

Un quinto grupo, el más discutido y discutible de todos, pero cuya existencia ha sido contundentemente establecida por testimonios del todo confiables (como el del notable e íntegro líder de Ciencias Químicas, Enrique Leff, publicado en Excélsior en octubre de 1998) lo habría integrado un conjunto organizado de estudiantes, o que se hacían pasar como tales, y que también habrían abierto fuego, en principio contra los uniformados, de manera premeditada.

Finalmente hubo muchachos que portaban armas cortas (había, no sé cuántos), que espontáneamente, al grito de “¡Protejamos al Consejo!”, también habrían disparado, como lo atestigua el lamentablemente fallecido Jorge Poo en su texto de Asalto al cielo.

Dado este cuadro, el tercer elemento, la confusión, la terrible y desastrosa confusión, ya no precisa ser argumentada. Nadie sabía, bien a bien, lo que estaba pasando. Incluso entre el ejército uniformado y su Batallón Olimpia hubo una flagrante falta de coordinación.

En fin, todo ello merece una exposición y  discusión mucho más detallada y cuidadosa, por supuesto. Y por supuesto no la puedo desarrollar aquí y ahora. Ya lo he hecho en este mismo espacio con relativa mayor amplitud.

Hoy lo expongo de manera lapidariamente sucinta para dejar claro, hasta donde sea posible, que el acontecimiento no puede reducirse a una simple operación en contra del magno movimiento estudiantil, y que ahí hubo mar de fondo e intenciones inconfesables e inconfesadas por parte de fuerzas parcialmente ocultas.

Dichas fuerzas, eso sí, correspondían sin duda a fracciones políticas poderosas, nacionales, en el seno del propio gobierno, ligadas muy probablemente a la CIA, con el propósito de montar una gran provocación e impedir la realización de los inminentes Juegos Olímpicos. No es en absoluto descartable aventurar un auténtico intento de golpe de Estado. Provocación e intento que no se circunscribirían únicamente a aquella noche trágica.

Mis aseveraciones son polémicas. Lo sé y lo asumo plenamente. Las hago para reabrir un debate que nunca debió cerrarse, sepultado bajo el alud de eslóganes fáciles. Para, digámoslo, darle lugar y sentido a la pesadilla. Es preciso recapitular.

Marcelino Perelló

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