martes, 28 de febrero de 2023

Boxeo de sombra


  06 de Septiembre de 2016  


Sea hielo o sea plomo, esa parece ser hoy la circunstancia en la que se encuentra el Presidente de México. El haber convocado a una entrevista informal, a los dos principales candidatos a la presidencia de Estados Unidos, representa sin duda una iniciativa audaz. Acertadísima o catastrófica, aún no lo sé, pero audaz sin duda.

En efecto, estoy desconcertado, me encuentro descolocado. En un principio, la misma noche del martes pasado, cuando se dio a conocer la noticia, consideré exaltado que se trataba de un error monumental. ¿Dónde se ha visto? ¿Desde cuándo está permitido intervenir de manera descarada en los asuntos internos de otra nación?

Sin embargo, con el paso de los días y de las diferentes reacciones, no tengo más remedio que reconsiderar mi reacción inicial y ponerla en duda. A lo mejor se trata de una maniobra táctica arriesgada, pero a fin de cuentas con posibilidades no desdeñables de convertirse en un logro político y diplomático sin antecedentes.

Las recientes declaraciones nada menos que del mismísimo Rudolph Giuliani, presente en la entrevista, paradójica y sorprendentemente dejan bien parado a Peña en detrimento de Trump, quien queda en evidencia como un mentiroso chanflón. A ello se añade lo dicho por la candidata rival, Hillary Clinton, quien consideró públicamente que Trump había dejado en ridículo a Estados Unidos.

Obviamente, cualquiera que hubiera sido el desenlace, habría sido aprovechado por la demócrata para segar la hierba bajo los pies de su adversario. Pero igualmente obvio es que tal actitud ya había sido considerada y sopesada por el equipo del mandatario mexicano.

El balance, hoy por hoy, es incierto, pero parece favorecer al hombre de Los Pinos. Por supuesto, de la misma manera, todos los chairos, peñabots y peñatrolls del mundo aprovechan la encrucijada para echar tierra sobre quien ya agarraron de puerquito, pero su embestida, esta vez, parece tambalearse, falta de sustento.

Un buen ejemplo nos lo obsequia el supuesto tuit de @HillaryClinton en el que recuerda el refrán “Dime con quién andas y te diré quién eres” que inunda las redes y que se quiere asociar a la entrevista entre Peña y Trump. Sólo que, ay, está fechado el 25 de agosto, cinco días antes de que ésta se anunciara. Buen intento, muchachos.

Tan pedestre engañifa —tal como denuncia y aclara con toda pertinencia Alberto Monroy, en el propio Twitter— se refiere al apoyo recibido por Donald Trump de parte del Ku Klux Klan. Ya lo he dicho: las redes sociales han tenido diferentes y discutibles efectos, entre ellos la exponencial proliferación de la mentira.

El meollo del asunto es, ya lo sabe usted, indigestado lector, el tan famoso como fantasmal muro propuesto por Trump. Ni siquiera eso, sino a cuenta de quién correría, lo que convierte la cuestión en más espectral y grotesca todavía. De todos modos, el dribling de Peña al “negarse a pagarlo” resultó hábil y rentable, y puso en aprietos al vociferante güero.

La política es precisamente eso: boxeo de sombra. A lo largo de la historia son numerosos los ejemplos de aparentes pasos en falso que derivaron finalmente en éxitos espectaculares. 

Permítame recordar incidentes más escabrosos relegados ahora, de entre muchos únicamente  comentaré hoy aquellos sonados, no olvidando casos habidos en distintas esferas con aspectos bastante afines replicando escándalos tremendos.

La victoria de Hernán Cortés y la consecuente conquista de la Gran Tenochtitlán, al frente de menos de 700 hombres, la ignominiosa Noche Triste incluida. Espectacular sin duda el alarde de Napoleón Bonaparte al declararse emperador en nombre de la República. No tuvo madre. La grabación del diálogo entre las dos efes, Fidel y Fox, la del “comes y te vas”, tampoco.

El aumento de la popularidad del tal Juan Carlos al gritonear, de manera poco aristocrática digamos, al presidente Chávez. El gran Cortázar afirma que Sugar Ray Robinson vencía a sus oponentes con puras fintas, con los golpes que no daba. Y, para terminar y no dejar, recordemos al gran ajedrecista ruso Mijail Tal, quien se hizo célebre ganando sus partidas a base de jugar mal.

En cualquier caso la aleas todavía no jacta est. La moneda está en el aire y los dados en el cubilete. Es el turno de la Hillary que no lo tiene fácil. El Excélsior de ayer dice que dijo que no va a venir, a pesar de que el inefable PAN, viendo el  aparente éxito de la jugada del Ejecutivo, ya quiere que sea el Congreso el que la invite. No le digo.

Sea como fuere, no deja de dar gusto que por una vez, aunque sólo sea una, los ingerencistas hayamos sido nosotros.

lunes, 27 de febrero de 2023

De lo intolerable


  07 de Septiembre de 2016  


No voy a escribir, hoy y aquí, de la opinión que me merece el recientemente fallecido cantante y compositor Juan Gabriel. De pendejo lo haría. Sería una imprudencia garrafal. Me podría ir como en feria, y no sería el primero. Prefiero escribir de los que sí la han hecho pública, en un sentido u otro. Más que preferir, se ha vuelto indispensable. Se trata de un fenómeno que no puede ser eludido ni desdeñado.

En el plano público tal atrevimiento ya ha cobrado al menos dos víctimas señaladas. Nicolás Alvarado se creyó obligado a presentar su renuncia como director de TV UNAM, a consecuencia del linchamiento mediático al que fue sometido después de expresar públicamente su opinión sobre el artista. Al director de Cultura del Ayuntamiento de Mérida, Irving Berlín Villafaña, le fue peor. Fue directa y fulminantemente cesado, y ni siquiera por manifestar su parecer, sino simplemente por confesar que le daba harta flojera hacerlo.

Y en el dominio privado el número de damnificados debe ser de muchos miles de desaprensivos que osaron formular valoraciones no acordes con el multitudinario coro de alabanzas y lamentaciones que la desaparición del juarense generó. Me temo que dieron lugar a no pocas discusiones violentas, en la casa o en la chamba, y que finalmente se vieron obligados a callar con tal de evitar consecuencias mayores y que la sangre llegara al río.

El esquema de este escenario —nunca mejor dicho— es bastante sencillo: hay quienes gustan de Juan Gabriel y lo admiran. Y hay a los que no. Normalmente las cosas deberían haber quedado ahí. Y cuando digo “normalmente” debí decir “idealmente”, pues lo normal parece ser la abyecta inclinación de los muchos por la humillación y el linchamiento de los pocos. Aunque, aquí entre nos, no sé qué tantos son los “muchos” y qué tantos los “pocos”. Más bien sucede que los primeros son estridentes y los segundos discretos (ahora más que nunca, obvio).

La reacción muchedúmbrica de duelo es perfectamente explicable y predecible, lo que no quiere decir que sea ni admisible ni encomiable. En su Psicología de las masas, Sigmund Freud la explica de modo incontrovertible. Wilhelm Reich va más lejos al aplicarla a la dinámica del fascismo. A la gente, a casi toda la gente, nos gusta “formar parte”, “alinearnos”, sentir la seguridad y la tranquilidad de hacer lo que hacen los otros, “lo que se hace”, manera simple de considerarse “bueno y correcto”.

Esa es la explicación del curioso fenómeno de la moda, de las modas, que discutí ampliamente cuando inicié, hace diez años, junto con el nuevo Excélsior, esta columna y a la que debe su nombre. Y es también la explicación de conductas mucho más graves o afrentosas como los linchamientos —propios o simbólicos— o, en el límite, precisamente como la pesadilla nazi y fascista. El afán de “pertenecer” y el hacer de la razón de muchos mi razón, genera monstruos, como sentenció el genio aragonés.

Usted, meticuloso lector, conoce probablemente la fábula de los micos y los plátanos —y si se le ha escapado no le costará mucho encontrarla en internet— que ilustra cómo la conducta del colectivo se regula mediante el condicionamiento de lo socialmente correcto, aunque tal correctitud sea del todo inefable e inexplicable.

En cualquier caso, tal constreñimiento es una muestra indiscutible de la faceta más deplorable de la condición humana. Signo definitivo de estupidez y cobardía. Es una especie de maldición bíblica: Al “ganarás el pan con el sudor de tu frente” deberíamos añadir “y serás un miserable por los siglos de los siglos”.

Dejemos bien establecido que la “culpa” de tal mezquinería no es, en el caso que nos ocupa, del buen Juan Gabriel. Él qué. La responsabilidad íntegra recae sobre esa masa amorfa e irreflexiva que se deja pastorear por los medios, sedientos de audiencia y de morlacos.

El del “amor eterno” es sólo un pretexto, una coartada. Ahora fue él, pero mañana será otro. Cuando su alma y sus cenizas descansen en paz, “tarde o temprano” llegarán a sustituirlo. La cosa es que tengamos siempre a quién adorar y a quién detestar. Y, sobre todo, que lo hagamos en bola. La ignominia precisa de cuidados y de renovación permanente. Sin hojas secas no las hay verdes.

Presencias rápidamente olvidadas brindarán la excusa más acabada. Vendrán incluso cambios anunciando nuevos órdenes éticos sustituyendo toda aversión, y ya ocurrirán seguramente otros lamentables incidentes tejiendo odios.

Lo ocurrido a Nicolás Alvarado y a I. B. Villafaña es inadmisible y debería ser un perentorio toque de atención para todo el mundo, responsables e indiferentes incluidos. El primero da un paso al costado por dignidad y amor propio, pero nunca debió ser necesario. El segundo ni la posibilidad de ese último gesto tuvo. Realmente siento una hiriente vergüenza de pertenecer a este mundo.

Ya no sé si hay otro posible. Alguna vez creí saberlo. De lo que sí estoy seguro es de que la libertad no vive en éste.

domingo, 26 de febrero de 2023

La gesta


  13 de Septiembre de 2016  


A pesar de que usted, ilustrado lector, los conoce perfectamente y los considera y sopesa cada vez, permítame volverlos a mencionar. Escojo hacerlo en orden cronológico inverso. Ese día, en 2001, fueron derruidas de manera brutal las llamadas Torres Gemelas de Nueva York, verdadero emblema del Sky- Line de Manhattan y de la fanfarronería arrogante de nuestros vecinos de septentrión. Se trata sin duda de la más confusa de las tres efemérides.

Confusa en al menos dos sentidos. Por un lado, hoy, 15 años después, aún no está claro ni quiénes fueron realmente los autores ni, ni por ende, sus propósitos. Por otro, no son pocos los ciudadanos del mundo que la consideran con regocijo, a pesar de la masacre multitudinaria que representó. La ven como una especie de revancha histórica a las barbaridades cometidas por Estados Unidos a lo largo de los siglos y los meridianos. Recuerdo al gran músico Guillermo Briseño, con el que ese día, ese año, compartía yo una mesa redonda y en la que afirmó: “Que al menos una de las torres vaya a la memoria del presidente Salvador Allende”.

Ésa es precisamente la segunda de las conmemoraciones. Segunda en el orden que escogí, no en su importancia y significado. En 1973, en Santiago de Chile, el Ejército comete algo más que un golpe de Estado. Trunca de tajo el extraordinario proceso pacífico hacia el socialismo —que, de haberse consumado, hubiera servido de modelo y precedente para el mundo entero, y modificado radicalmente la historia universal— asesinando a decenas de miles de ciudadanos, encabezados por el insigne y heroico Salvador Allende. El hecho de que haya sido él mismo el que apretó el gatillo que puso fin a su vida no significa en absoluto que no haya sido estrictamente asesinado.

La tercera de las fechas es la más lejana. En 1714 Barcelona capitula ante el sitio al que la habían sometido durante más de un año las tropas franco-españolas, consumándose así la ocupación militar de Cataluña y su sometimiento al gobierno de Madrid. Sometimiento que hoy, trescientos dos años después, continúa.

Y es a ésta, por más de una razón, a la que quiero dedicar mi rememoración. Por aquellas piruetas a las que nos tiene acostumbrados la historia, se trata en efecto de la más antigua de las tres catástrofes, pero es sin duda la que hoy goza de una mayor y cruenta actualidad.

Los catalanes convirtieron aquella terrible derrota en la señal del inicio de su irredenta resistencia en contra del invasor y del usurpador. Y escogieron esa fecha como su fiesta nacional. Junto con los serbios creo que son los únicos pueblos que adoptan una tan sorprendente y en apariencia paradójica actitud. El descalabro que se convierte en el anuncio y presagio de la victoria.

Hace exactamente cuatro años, el 11 de septiembre, la tradicional festividad se convirtió en un auténtico alzamiento cívico y masivo en pos de recuperar la libertad perdida entonces. Y cada vez que llega la ansiada fiesta, Cataluña se inflama, y millones de personas salen a las calles a reclamar el derecho a que su patria sea independiente. La movilización, sin precedentes en el mundo entero, es desbordante, enérgica y alegre al mismo tiempo. Es llamada la Revolución de las Sonrisas.

La exigencia es bien simple, y, para nadie en su sano juicio, imposible de rechazar: La realización de un referéndum, a la manera de Noruega, Irlanda, Quebec o Escocia, en el que el pueblo demuestre que el clamor de las calles es aritméticamente mayoritario. Dije en su sano juicio. El gobierno español —tanto el definitivo anterior como el provisional actual— deniega, pues, tal derecho elemental. Y así le va a ir. Está cavando su propia tumba. No hay estulticia ni prepotencia alguna que pueda demoler, hoy por hoy, la voluntad incontenible, entusiasta y decidida del pueblo catalán.

La celebración de ayer estuvo marcada por la desaparición de una de las dos lideresas indiscutibles del actual estallido. La extraordinaria, incomparable, irrepetible Muriel Casals murió hace unos meses atropellada por una bicicleta. Ni la historia ni el destino tienen madre. Par de huérfanos desdichados.

Casals supo como nadie defender con su insólita “ternura férrea” la razón y las razones de la patria hoy sometida. Frente a las tentaciones precipitadas, impacientes y arrebatadas que inevitablemente pueblan el panorama, su prudencia y su firmeza campearon el domingo sobre la multitud. Cuando todo parece ya resuelto, la fuerza debe ir de la mano con la malicia. Ésa es su lección.

Planteado incluso el discurso reivindicativo aparentemente sensato, Muriel identificó vicisitudes inevitables. Entre nutridas expresiones lógicamente clamorosas aconsejó mesura intuyendo nuevos obstáculos, escogió nivelar expectativas limitando abiertamente los maximalismos aventurados.

Hoy España es, desde hace casi un año, un país sin gobierno. Y no lo tiene simplemente porque no saben de qué manera enfrentar el desafío catalán. Quién sabe cómo le harán. Pero háganle como le hagan, esto ya no lo para nadie.

A pesar del empecinamiento anacrónico e imperial de los mesetarios, la formidable gesta emancipadora de Cataluña contará con la solidaridad y simpatía de todas las naciones y los hombres libres del mundo. E igual que antaño, México y los mexicanos volverán a estar al frente. Estoy convencido.

Marcelino Perelló

sábado, 25 de febrero de 2023

Ni pa’ dónde hacerse


  14 de Septiembre de 2016  


A menudo olvidamos el significado preciso de los términos “corrupción”, “corrupto”, “corromperse”. Como que los suavizamos. De hecho son sinónimos de “podredumbre”, “podrido”, “pudrirse”. Suena más gacho, pero es más exacto. A fin de cuentas, por increíble que parezca cuando decimos que tal o cual funcionario se corrompió, usamos un eufemismo. En realidad queremos decir: se pudrió.

Es un hecho sabido, aunque olvidado, que todos los gobiernos del mundo son corruptos, están podridos. Unos más que otros. Y que la inmensa mayoría de los políticos igualmente lo son. Los hay, me consta, sinceros, íntegros, idealistas, pero son pocos. Y lo que es peor es que cuando ocurre que tienen éxito, cosa que no es común, inmediatamente se les suben las chinches y las garrapatas.

México, se sabe, es uno de los países más corruptos del mundo. De los más podridos. Las instituciones oficiales mexicanas, precisemos. La población no. Los mexicanos de a pie nos contamos entre los hombres más nobles y generosos de cuantos hay en el planeta. No puedo dejar de decir, para evitar malos entendidos, que las empresas privadas también están podridas, tal vez en el mismo grado, pero de otra manera. La podredumbre va aumentando a medida que se sube de nivel, hasta llegar a niveles nauseabundos. De hecho el capitalismo es la podredumbre institucionalizada y legalizada. La podredumbre por antonomasia. Todo ello habiendo sido asentado, finalmente aterrizo, llego al punto donde quiero llegar y agarro al toro por los cuernos. Al buey, que es más preciso. Lo digo de golpe, con la certeza y la desenvoltura de aquel que sabe que tiene razón: el gobierno del DF, hoy de la Ciudad de México, es muy probablemente el más podrido del mundo. He dicho, y me sostengo.

No dudo que en la América central y meridional también los haya sobresalientes. Igual que en África, Oriente Medio, Asia o Indochina, pero no lo sé exactamente. Sólo lo presumo. Sé, sí, que los árabes no cantan mal las rancheras, pero no creo que lleguen a pisarnos los talones. Y ni qué decir del gobierno federal y de los locales. E incluyo, obvio, los correspondientes otros dos poderes: legislativos y judiciales. Su descomposición es un secreto a voces que dejó de ser secreto. Pero tampoco constituyen un rival de temer para el GDF (ahora GCDMX o quién sabe cómo). Vamos de gane, por mucho. Es decir, de pierde.

En estas olimpiadas de la putrefacción, la actual Tenochtitlan no conoce competencia seria. En el medallero de unos virtuales Putrelímpicos ocuparíamos sin duda el primer lugar, en oros, platas y bronces. O mejor en mierdas, bostas y miasmas. No sé cómo llegamos ahí y, lo que es peor, cómo podríamos salir. El fenómeno no es nuevo, pero se desboca y alcanza su auge, y me cae que me duele decirlo, cuando se constituye el mentado gobierno como tal, y el PRD se apodera (ese es el término) de él. Es decir desde 1997. Es decir, casi veinte años, tiempo de sobra para devastar una ciudad, aunque todavía le falta. Ni para eso se han visto demasiado eficientes.

Todo esto hace ya tiempo que lo sé. Pero me faltaba un detonante, un catalizador, para que me atreviera a decirlo. Faltaba que el moho dominante se me manifestara y apareciera, cual la virgen, de manera directa, contundente y lapidaria. Inexcusable e ineludible. El miércoles de la semana pasada reventaron mi banqueta, la banqueta de mi casa. Llegaron las palas excavadoras, los brazos de mono y los martillos neumáticos, muy temprano, en un madruguete clásico.  Una operación militar en toda forma. Y en un santiamén levantaron e hicieron pedazos la capa de cemento de un palmo de espesor que constituía la acera. No quedó nada, más que montañas de cascajo y un estrépito infernal. Nadie puede pasar por ahí.

Nosotros, bienaventurados, podemos escapar por la puerta trasera del estacionamiento, pero los comercios y los vecinos que no tienen esa suerte están obligados a permanecer aislados o a practicar un audaz cross-country de unos diez metros, lodazal incluido. Desde hace una semana. Y lo que siga.

En fin, bienvenido el progreso, dirán algunos. Bien que el mentado GCDMX haga cosas y se ocupe y preocupe de la población. Pero ay, se escapa un detalle. La banqueta en cuestión estaba en perfecto estado. Impecable. He ahí. La vergüenza y la desvergüenza quedan, al menos para los habitantes de esa cuadra, al descubierto de manera obscena.

Ya lo han hecho en otras muchas banquetas, lo sé. La diferencia es que ésta fue la mía, mi banqueta.

Sólo existe una razón para tal inexplicable operación: el robo descarado del jefe de gobierno, del delegado de la BJ, del contratista y de quién sabe quién más. No hay otra explicación. Delito flagrante. Ladrones impunes. No hay otro término. Puedo decirlo más recio pero no más claro.

Permitir las amañadas componendas implica defender opciones de índole arbitraria. Venalidad intrínseca concitando artimañas o fomentando redes entretejidas con estafadores, denotando una lamentable calidad ética, unidas necesariamente a tejemanejes repulsivos entre gigantescas urdimbres administrativas.

Discúlpeme usted, indulgente lector, el exabrupto. No es mi estilo. Pero se trata, reconozca, de un exabrupto justo, explicable e imprescindible. Lamento profundamente no poder vislumbrar una salida y terminar estas líneas de manera menos pesimista. Pero es que de plano no sé cómo enfrentar hoy esta podredumbre. Ni pa’ dónde hacerse.

Marcelino Perelló

viernes, 24 de febrero de 2023

El esperpento


  20 de Septiembre de 2016  


En efecto, de eso se trata y no de otra cosa, el ridículo —dije ridículo— malabarismo de suprimir el Distrito Federal como tal y convertir a la ciudad en un ente federal contrahecho. Todo ello acompañado de la impertinente, que no pertinente, modificación de la nomenclatura oficial.

En aras de rendir un modesto e irónico homenaje al desaparecido Juan Gabriel, bien podríamos decir aquello de: “¿Pero qué necesidad?”. La machincuepa del jefe de Gobierno con la natural complicidad de la Asamblea Legislativa y la incomprensible del Presidente de la República, sólo tiene una explicación que únicamente se sostiene con diurex, y del malo.

El primero quiere ocupar el lugar del segundo. A toda costa y cueste lo que cueste. Sólo así se explica. Si López Obrador quiso dejar huella de su paso por el GDF a través de los segundos pisos, de las limosnas a los rucos y de la fundación de la Pejeuniversidad (que todo sea dicho, tiene más de El Peje que de lo otro), y Ebrard quiso materializar su herencia con la inefable y célebre Línea 12, Mancera, más ambicioso, lo hace por medio de un pase mágico, en el que no aparece nada de la chistera, sino que  esfuma la entidad federativa que supuestamente había de gobernar.

Asombroso truco de prestidigitación, pretenciosa pretensión, vive Dios. Y tendría sentido si tuviera pies y cabeza. Desafortunadamente, ay, no tiene ni lo uno ni los otros.

Reconozcamos que la hipertrofia del DF obligaba a modificar su estatuto, pero de ninguna manera a través de tamaño sinsentido. En primer lugar, el DF no era propiamente una ciudad, y por lo tanto la presunta CDMX tampoco. Aproximadamente un tercio de su territorio es rural; sobre todo en las “delegaciones” de Tláhuac, Xochimilco, Milpa Alta, Tlalpan, Magdalena Contreras, Cuajimalpa y Álvaro Obregón. Poca cosa, casi la mitad.

Toda reforma seria hubiera debido reparar esa anomalía y modificar los límites metropolitanos propiamente urbanos. A ello hay que añadir, que en contraparte, un porcentaje considerable ora sí que de la urbe propiamente dicha, se encuentra fuera de los límites del exDF y de la proyectada “ciudad”. Sobre todo en las delegaciones de Miguel Hidalgo, GAM, Venustiano Carranza e Iztapalapa.

Eso es lo que había que arreglar, por el amor de Dios, y terminar de una buena vez con esas fronteras interiores —y las respectivas dificultades que generan— en pos de una organización urbanística funcional y moderna.

Las cosas, sin embargo, no se quedan ahí. En su delirio faraónico, Mancera funda el elefante blanco de la sedicente Asamblea Constituyente. Ya que de paquidermos hablamos, un auténtico cementerio de elefantes, una montaña de marfil, de colmillos, huesos apetecibles. Dije huesos. Total el erario aguanta. Y ahora que por un dolaruco nos dan veinte morlacos, más que mejor.

O séase, una ciudad que va a tener su propia Constitución. No Estatuto, ni Código ni Reglamento. Constitución. Así de rimbombante. Al igual que cualquiera de los estados que conforman la Federación. De manera que también deberá ser “libre y soberana”. Je, je. Probablemente la única ciudad del mundo, junto con Singapur y Hong Kong, con tal privilegio.

Ya me imagino los acalorados debates y los litigios principiales que harán retumbar las venerables paredes del vetusto Senado. ¿Qué diantres discutirán los ínclitos miniconstituyentes, si en realidad no hay nada que discutir? ¿Si no tienen permiso de discutir nada importante? Que si el agua, que si la contaminación, que si las marchas y plantones... Ai se ven. Les deseo la mejor de las suertes. La mejor de las quincenas ya la tienen.

Para acabar de remachar el paripé legislarán ai nomás. Votarán ítems con abulia, al mascullar iniciativas las aprobarán de oficio, los oradores harán algunas reflexiones apantallantes fingiendo actuar con interés legítimo.

Dijo el señor Presidente que se suprimía la cena de la noche del 15, pues no estaba el horno para bollos, y era preciso ahorrar. Noble y encomiable gesto, licenciado. Muy en la línea del escuálido presupuesto de 2017. Coherencia ante todo. Pero me digo yo ¿no hubiera sido pertinente, en ese espíritu, renunciar a la grotesca y del todo superflua Asamblea de marras? Equivale como a chorrocientas cenas, señor licenciado, y además sus insignes integrantes ni crea que se van a constreñir al menú. Todos, júrelo, se van a servir a la carta.

La demagogia juega un papel fundamental en el dominó de la política, que ni qué. Y sería del todo iluso abogar por su desaparición. Ahí ha estado siempre, ahí sigue, y ahí seguirá mientras no suceda lo que tiene que suceder y no quiere. Pero como todo ciudadano que se respeta y que insiste, contra viento y marea, en serlo, no puedo no indignarme en que una vez más dicha demagogia haya sido puesta, de manera tan escandalosa, al servicio de las pretensiones, no menos escandalosas, de un petimetre tan ambicioso como limitado.

Hay maneras, y además hay maneras. Y créame,  el neonato de Xicoténcatl y Donceles es un criminal atentado al hálito republicano y federal que fundaron esta nación. Una catástrofe. Un auténtico esperpento.               


jueves, 23 de febrero de 2023

El zángano maravilloso

 



  21 de Septiembre de 2016  


Hoy me propongo dar fin a este interminable sobrevuelo de colmenas, panales y enjambres al que he querido dedicar mis reflexiones en este espacio desde hace meses. Sobrevuelo que a pesar de las múltiples interrupciones y trastabilleos, unos voluntarios otros obligados, no ha dejado de cautivarme. Quedarán más cosas por decir que las que había al principio, en aquel ya lejano noviembre, como suele suceder con todo aquello que realmente lo apasiona a uno.

Y no puedo dar por terminado mi idilio con los dulces y agresivos himenópteros, aunque sea provisionalmente, sin rendir homenaje a uno de sus más brillantes y ensimismados amantes. Maurice Maeterlinck fue un escritor belga, muy belga, poeta, narrador y ensayista, de hace cien años. A pesar de su incomparable talento, en 1911 le fue concedido el Premio Nobel. Ni modo. Una mancha en el historial la tiene cualquiera. Pero premios y reconocimientos aparte, nuestro Maurice dio muestras de su encendido compromiso con la vida, con la propia y con la del mundo del que le tocó ser parte. Sus textos son una delicia, y renunciar a ellos es señal de una ignorancia o una desidia imperdonables. En fin, quien en ello incurra, en el pecado llevará la penitencia.

Entre las muchas facetas de su obra, destacan y sorprenden, sin duda, tres breves ensayos sobre los pequeños bichitos que lo sedujeron y enamoraron: La vida de las hormigas, La vida de los termes y, de manera sobresaliente, La vida de las abejas. Éste último, a pesar de ser el primero de los tres es el más esmerado, acuicioso y penetrante.

No fue un entomólogo ni un himenopterólogo ni un especialista. Fue mucho más que eso. Fue un amante apasionado. Pulsión irrefrenable que lo llevó por supuesto a convertirse en entomólogo, apiólogo y especialista, sin la frialdad, reconozcámoslo, que se supone debe guiar el quehacer científico.

“El alma del estío, el reloj de los minutos de abundancia, el ala diligente de los perfumes que vuelan, la inteligencia de los rayos de luz que se ciernen, el murmullo de las claridades que vibran, el canto de la atmósfera que descansa”. Así describe el autor la embriaguez que lo envolvía en las interminables horas en que se embelesaba contemplando el frenético ir y venir de la colmena.

Su devoción lo llevó a sostener aquello que yo, en estas líneas y a lo largo de meses, sin descartarlo he puesto en duda. Afirma, tajante, que la de las abejas es una comunidad perfecta, de una organización impecable, y que el ideal de la sociedad humana debería ser el de imitarlas al máximo, hasta donde fuera posible. Llega incluso a decir:

“Ningún ser vivo, ni el hombre, ha hecho en el centro de su esfera lo que la abeja en la suya, y, si una inteligencia ajena a nuestro globo viniese a pedir a la tierra el objeto más perfecto de la lógica de la vida, habría que presentarle el humilde panal de miel”.

En estas palabras, tout en passant, como quien no quiere la cosa, habla de la “lógica de la vida”, dejando ir que las abejas están en una armonía mayor con el cosmos (no olvidáramos que cosmos significa precisamente orden) que cualquier otra estructura existente, viva o inerte. Más que la humana, por demás está decirlo. No es poca cosa.

Pero va más lejos. Ya he dicho más de una vez, aquí, allá y acullá, que uno de los pantanos en que se encuentra atrapado el pensamiento científico es el concepto de “instinto”. Se trata de una entelequia medieval, que nadie sabe exactamente en qué consiste, y que se utiliza repetidamente, en la conducta de los seres vivos, para explicar lo inexplicable. Para lavarse las manos y hacerse pendejo.

Y bien, Maeterlinck opone el concepto de “instinto” al de “inteligencia”. Lo cual no deja de ser peliagudo. Es una cuestión delicada. Él lo hace para abordar el problema de la libertad, del libre albedrío. El ser inteligente sería aquel que “decide”, mientras que el que actúa instintualmente no tendría opción y estaría constreñido por ese instinto que lo guía y atenaza.

Es así que el científico poeta sostiene, recio y quedito, que las abejas son inteligentes, es decir, guiadas por su voluntad colectiva y en función de la conciencia que poseen acerca de lo que son y a lo que aspiran.

Esa perspicacia y este carácter, sin embargo, no pertenece a cada uno de los individuos que conforman la colmena, sino a ésta en su conjunto, lo que la convierte en un ser en sí misma, del cual cada uno de los insectos que la conforman, están “etiquetados”, “comprenden” su función global y no serían sino células destinadas al bienestar y sobrevivencia del conjunto.

Pero entender realmente reglas extrínsecas tiene entresijos, cada unidad individual debe acatarlas todas estrictamente. Y además validar in situ tales etiquetas, logrando obtener sólo hembras aptas y por ende respetar rigurosas ordenanzas sociales.

Tal conducta, afirma el belga, está por encima de cualquier dictado instintivo por sofisticado que sea. Su aseveración es desconcertante y discutible, pero cualquier aseveración sutil, inteligente e innovadora lo es.

Dejemos, usted y yo, agudo lector, a modo de homenaje, que sea el propio, inasible, embriagador Maurice Maeterlinck, zángano maravilloso, quien termine estas líneas, esta serie y esta inquietud:

“Le llamemos Dios, Providencia, Naturaleza, Azar, Vida o Destino, el misterio es el mismo, y todo lo que millares de años de experiencia nos han enseñado es a darle un nombre más vasto, próximo a nosotros, flexible, más dócil a la espera y a lo imprevisto”.

Marcelino Perelló

miércoles, 22 de febrero de 2023

La peste y el cólera


  27 de Septiembre de 2016  


En primer lugar, el aspirante republicano es un recién llegado a la política propiamente dicha. Un “perro” como les llamábamos hace medio siglo a quienes acababan de ingresar a la universidad. Pero Trump también es perro en otros sentidos. Es un auténtico bull terrier, que no dudó ni tantito en saltar al cuello de una indefensa Hillary que quiso jugar el papel de la abuelita buena onda que celebra el segundo cumpleaños de su nieta.

En ese sentido, la novatez no puede no ser una ventaja. No hay manera de reprocharle un pasado, pues ese pasado, en el plano político no existe. En cambio nuestra Hillary tiene una auténtica cola de mapache, que ruega a gritos ser pisada. Primero como senadora bajo el mandato de George W. y después como Secretaria de Estado de Obama.

De manera que, por pasiva o por activa, se le pueden achacar varios de los graves tropiezos y omisiones que puntearon este último doble cuatrienio, que no son pocos. También, deberían atribuírsele algunos méritos, sin duda. Pero siempre es complicado hablar bien de uno mismo. El autoelogio es denuesto. Y el contrincante no los va ni a sugerir.

Es verdad que la gran crisis inmobiliaria de 2009, el primero de la administración Obama, fue heredada del régimen anterior. El terrible colapso de la banca Lehman Brothers tiene lugar apenas unos días antes de las elecciones presidenciales, lo cual parece lógico contribuyó de manera considerable a la victoria demócrata.

Sin embargo el desastre de las hipotecas subprime y la funesta burbuja inmobiliaria que lo acompañó, son en buena medida responsabilidad del nuevo gobierno, del cual la secretaria Clinton formaba parte, y aunque no constituía su responsabilidad directa, es indiscutible que la política exterior agravó las consecuencias de la crisis.

Todo ello no podía ser pasado por alto de parte del aspirante republicano. Y no lo pasó. El güero puso el énfasis en la necesidad de aminorar la fuga de capitales que la mano de obra barata en el extranjero propicia, y que las medidas tomadas por Barack Obama para enfrentar la debacle, no hicieron sino estimular.

Hillary apostó por la clase media, mientras Trump lo hizo por los empresarios. Eso es todo. Ya lo sabíamos. En otras palabras, para ella los asalariados y los pequeños propietarios son el futuro de la nación y la garantía del bienestar. El acendrado tópico del Self made man (supongo que ella ha de ensalsar la Self made woman).

Él en cambio sostiene que ese bienestar dependerá de las grandes inversiones, de la audacia hacendaria que permita la fundación del mayor número de empresas importantes, con el correspondiente aumento de los puestos de trabajo. Para ello es preciso disminuir los impuestos internos y gravar las importaciones.

Disminuir la carga fiscal permite ciertamente aumentar salarios, pero al mismo tiempo reduce el margen de prestaciones sociales. Al monetarismo descarado de Trump se opone el estira y afloja, no menos descarado, de la Clinton.  Ése es todo el meollo.

Así dicho, los términos del debate son bastante nítidos. Donde las cosas se complican, como siempre, es en los matices. Tal como apunté más arriba, el elector gringo deberá elegir entre la mano dura y enérgica de Trump, y la suave y tranquilizadora de la Clinton. ¿Es tiempo del rigor y la severidad, o de la flexibilidad y la avenencia?

La guerra sucia, los infundios recíprocos, los rumores acerca de las repercusiones nocivas sobre los sueldos y el nivel de vida, de uno y otro lado, las zancadillas constantes y la utilización amañada de los sondeos, no han hecho sino enturbiar estos términos, y obligar a los respectivos equipos de campaña a renovar y remozar sus estrategias.  

Para lograr adhesiones necesitan establecer el mecanismo operacional suficiente, decidir el dispositivo óptimo sin menospreciar aquellas nocivas especies referentes al salario. Mientras intentan vadear invectivas, vuelven ociosas las encuestas manipuladas o sesgadas.

En el plano de la seguridad tanto interna como internacional los parámetros son equivalentes. La disyuntiva es tan clara como irresoluble: ¿El ciudadano se sentirá más seguro si existe la posibilidad de adquirir armas, o al contrario? Obviamente la carta fuerte de Trump también aquí es la fuerza. Es decir, la primera de las dos alternativas, tanto dentro como fuera. Sin discusión.

Sin embargo las cosas se complican al considerar el papel de Hillary Clinton. Debajo de su aspecto de paloma se esconde, sin demasiado éxito, un halcón. Durante sus ocho años de senadora apoyó sin ambajes la política belicista de Bush. Estuvo por las invasiones a Irak y a Afganistán. Ahora lo está por la de Siria. Donald Trump en cambio aboga por el entendimiento con la nueva Rusia, tan beligerante como la antigua, la soviética, y por las negociaciones de paz en Oriente Medio. Entiéndalo usted si puede, agudo lector. Los discursos se complican y se muerden la cola.

Curiosamente la cuestión de la inmigración, los indocumentados y el famoso muro, quedaron en segundo plano y ocuparon un espacio mucho menor del esperado. Yo prefiero, para abordarlo, esperarme para el segundo debate, de aquí a unos días. Por lo visto ellos también.

En todo caso no me negará usted que no deja de ser tranquilizante el que no esté en nuestras manos escoger entre la peste y el cólera.    

Marcelino Perelló

martes, 21 de febrero de 2023

Recapitulación


  28 de Septiembre de 2016  


Así como hace ocho días di por terminada mi prolongada reflexión sobre el contraste entre la vida de las abejas y la nuestra, hoy quiero poner fin a la otra semiserie quincenal que inicié también hace meses acerca de ese tan socorrido como ignorado mecanismo de la provocación.

En ésta hemos recorrido juntos, trashumante lector, medio mundo, a través de siglos y meridianos, desde Pearl Harbor a Sarajevo, pasando por La Habana y Barcelona. Quedan muchas por registrar y dilucidar, como la del Golfo de Tonkín o El Cairo. Es posible que en un futuro no excesivamente lejano me ocupe de ellas, pero hoy otras sirenas me urgen y me seducen con su canto.

Y quiero terminar, por más de una razón con la provocación, la gran provocación, que nos concierne más directamente y que ha marcado el devenir político, social, económico y cultural de nuestro país durante decenios. Hasta el día de hoy, y contando.

No me es fácil hablar del 2 de octubre de 1968. Y no lo es por múltiples razones, la mayoría de las cuales usted adivina. En particular porque ya me he referido a esos infaustos acontecimientos en multitud de ocasiones y foros. Y no quiero repetirme. No más de la cuenta. El solo hecho de referirme a lo acontecido en ese atardecer como una provocación ya revela de antemano cuál es mi punto de vista, mi versión y mi interpretación. De hecho, en aquel dramático laberinto confluyeron tres componentes: represión, confusión y provocación.

Algunos miembros del CNH, voluntaria o involuntariamente, en el denso clima que reinaba después de las ocupaciones militares de los campi de la UNAM y del IPN, acelerados e imprudentes (por decirlo de alguna manera), propiciaron y facilitaron el tremendo desenlace.

Planearon un mitin, con asistencia tumultuaria advirtiendo peligros unánimemente manifiestos, con harta improvisación no calculando hallar infiltrados numerosos. Muchos incluso vieron inútil reunirse inmediatamente antes. Ubicaron sospechosos teniendo el distintivo semblante agreste bien establecido.

Empecemos por decir que yo no estuve ahí. Y que no debía estar, acotemos. Pero eso no me impide saber en buena medida lo que sucedió. Tal vez mejor que si hubiera estado. Suele acontecer.

El primer elemento es obvio: el ejército estaba ahí para reprimir, dispersar la concentración estudiantil, impedir la manifestación que estaba previsto se dirigiera al Casco de Santo Tomás para exigir su liberación por parte de las fuerzas policiaco-militares que la tenían ocupada hacía días. Y quizá también para detener a los líderes presentes.

El segundo de los componentes, la confusión, con todas las precauciones del caso, también es, al día de hoy, más o menos indiscutible: convergieron ahí nada menos y al menos seis contingentes armados. Unas obvias y admitidas, otras no tanto: el ejército uniformado, el Batallón Olimpia, parte de éste, ataviados en civil, y que en un momento dado se colocaron para distinguirse, cosa que no sirvió de gran cosa, un guante blanco en la mano izquierda.

Otro grupo de individuos, también armados, que muchos confunden con el Olimpia, y que en lugar de guante cubrieron su mano con un pañuelo. La cuarta fuerza, y que fue la que desencadenó el tiroteo al abrir fuego, desde distintos puntos en los edificios que rodean la plaza, sobre la multitud y el ejército uniformado, lo constituyeron elementos del Estado Mayor Presidencial, cuerpo militar de élite, ajeno a la Secretaría de la Defensa.

Un quinto grupo, el más discutido y discutible de todos, pero cuya existencia ha sido contundentemente establecida por testimonios del todo confiables (como el del notable e íntegro líder de Ciencias Químicas, Enrique Leff, publicado en Excélsior en octubre de 1998) lo habría integrado un conjunto organizado de estudiantes, o que se hacían pasar como tales, y que también habrían abierto fuego, en principio contra los uniformados, de manera premeditada.

Finalmente hubo muchachos que portaban armas cortas (había, no sé cuántos), que espontáneamente, al grito de “¡Protejamos al Consejo!”, también habrían disparado, como lo atestigua el lamentablemente fallecido Jorge Poo en su texto de Asalto al cielo.

Dado este cuadro, el tercer elemento, la confusión, la terrible y desastrosa confusión, ya no precisa ser argumentada. Nadie sabía, bien a bien, lo que estaba pasando. Incluso entre el ejército uniformado y su Batallón Olimpia hubo una flagrante falta de coordinación.

En fin, todo ello merece una exposición y  discusión mucho más detallada y cuidadosa, por supuesto. Y por supuesto no la puedo desarrollar aquí y ahora. Ya lo he hecho en este mismo espacio con relativa mayor amplitud.

Hoy lo expongo de manera lapidariamente sucinta para dejar claro, hasta donde sea posible, que el acontecimiento no puede reducirse a una simple operación en contra del magno movimiento estudiantil, y que ahí hubo mar de fondo e intenciones inconfesables e inconfesadas por parte de fuerzas parcialmente ocultas.

Dichas fuerzas, eso sí, correspondían sin duda a fracciones políticas poderosas, nacionales, en el seno del propio gobierno, ligadas muy probablemente a la CIA, con el propósito de montar una gran provocación e impedir la realización de los inminentes Juegos Olímpicos. No es en absoluto descartable aventurar un auténtico intento de golpe de Estado. Provocación e intento que no se circunscribirían únicamente a aquella noche trágica.

Mis aseveraciones son polémicas. Lo sé y lo asumo plenamente. Las hago para reabrir un debate que nunca debió cerrarse, sepultado bajo el alud de eslóganes fáciles. Para, digámoslo, darle lugar y sentido a la pesadilla. Es preciso recapitular.

Marcelino Perelló

lunes, 20 de febrero de 2023

De la vergüenza a la desvergüenza

 



  04 de Octubre de 2016  


Hay cosas que no deberían suceder y sin embargo suceden. Es un fenómeno que se produce tanto en el dominio privado como en el público, y al que estamos tristemente acostumbrados.

El que nos sean familiares, sin embargo, no debería convertirlas en tolerables, ni deberíamos admitirlas con un alzamiento de hombros resignado. Quizás no podremos evitarlas o ni siquiera combatirlas, pero ello no tendría que obligarnos a abdicar de aquello que consideramos justo, propicio y aceptable.

El día que renunciemos a nuestra conciencia crítica, aunque ésta deba restringirse al estricto ámbito moral e individual, ese día la condición humana se habrá sumido en un pantano de ignominia y sinrazón del cual ya no podrá salir.

La perorata antigobiernista que lanzó el músico Roger Waters, en medio de sus conciertos multitudinarios, es del todo inadmisible, desde todos los puntos de vista. Incluso en términos legales, los menos importantes de todos. Los extranjeros, ya sea que residan aquí o estén simplemente de paso, tienen estrictamente prohibido inmiscuirse en los asuntos políticos internos del país que los acoge. En este caso el artículo 33 constitucional está pidiendo a gritos ser aplicado.

El lance fue intolerable, descarado hasta la  obscenidad, y debió ser condenado unánimemente por todos los mexicanos, por todos aquellos que, contra viento y marea, sigan defendiendo su condición de ciudadanos. Y ello muy al margen de la opinión que nos merezcan tanto el cantante como el Presidente de la República, a quien iba dirigido, en persona, el vituperio.

Yo sé bien que vivimos en un país en el cual las leyes son, con una frecuencia desmoralizante, un mero adorno. Y sé también que si algún juez o tribunal, o incluso la propia Secretaría de Gobernación, hubiera tomado algún tipo de medida o hubiera impuesto algún tipo de sanción al impertinente desacato, la respuesta de un sector considerable de la sociedad habría sido iracunda y estridente, con resultados del todo imprevisibles.

Sé bien que en este caso, como en tantos otros, el gobierno quedó con las manos atadas. Impotente. Reaccionar conforme a derecho, conforme a sus atribuciones, competencias y obligaciones, hubiera sido fatal. Y utilizar otra clase de maniobras, recurrir a dudosos arreglos previos, peor aún.

Poner otras barreras representaría establecer situaciones problemáticas una tras otra sucesivamente. Vetar intromisiones con autoridad no unificaría ningún criterio admisible, provocaría obvias barahúndas recalcitrantes enarbolando sofismas, sería el remate a sus ultimátums y amenazas.

El entramado de la situación es bastante claro. Como clara es la desfachatez del músico y de quienes manejan los hilos. Le será sencillo, aplicado lector, encontrar en internet el referido “manifiesto”, miles de veces reproducido. No abundaré, pues, aquí. Excepto en dos de los momentos. Momentos que llamaré estelares.

Uno, la gran consigna luminosa que abarcaba las tres pantallas gigantes del escenario, y que rezaba, en letras mayúsculas de diez metros: “RENUNCIA YA”, ante el regocijo y aclamación del respetable. Sin comentarios. Si fue escandaloso haberlo hecho en el Foro Sol, haberlo repetido, patrocinado por el Gobierno de la Ciudad, ya es de plano inconcebible.

La otra de las frases inolvidables, y que queda para la historia (para la historia de la ignominia en particular) fue aquella de: “Señor Presidente, es hora de derribar el muro de privilegios que divide a los ricos de los pobres”. Maravilloso. No encuentro otro adjetivo mejor. Y eso se permite decirlo nada menos que el mismísimo y multimillonario Roger Waters.

¿Cuánto habrá cobrado míster Waters por sus conciertos, con mítines incluidos? ¿Cuántos millones de pesos? ¿O son de dólares? Dicen que en el Foro Sol había unas 60 mil personas. La localidad más barata, la de los miserables del sector Naranja C, costaba 300 pesos. La más cara, Platino A, 3,500. Compradas en junio y en Ticketmaster. La semana pasada y en la reventa ya quién sabe cuánto. Así que aun considerando que todos hubieran sido naranjitos previsores (consideración del todo insostenible) la recaudación habría sido de 18 millones de pesos. ¿Cuántos de ellos fueron para la producción, y cuántos para nuestro héroe?

¡Y es él quien se permite espetar, como si nada, que es preciso terminar con el “muro” (sutil alusión, vive Dios) entre pobres y ricos! Cómo me hubiera gustado que alguien le hubiera exigido romperlo ahí mismo y que se mochara con la billetiza. Se lo hubiera merecido, me cae. Pero no sucedió. Nadie pareció indignarse. Estaban demasiado ocupados gritando “¡Fuera Peña!” y “¡Asesino!”. A cada quien su papel.

Hace unos meses critiqué y denuncié aquí mismo a Alejandro “G” Iñárritu y a Fernando del Paso por haber incurrido en alardes semejantes. Sin embargo lo de ellos fue tantito menos indignante, pues son mexicanos y, prudentemente, lo hicieron en el extranjero. Waters (evito aquí hacer un juego de palabras demasiado fácil) tuvo el mérito indiscutible de demostrar que se puede ser extranjero y denostar al gobierno de México, a voz en cuello, y a cuatro pasos de Palacio Nacional.

Honor a quien honor merece. La desvergüenza es suya, la vergüenza nuestra.


Marcelino Perelló

domingo, 19 de febrero de 2023

Adiós, Bucareli; hola, Coyoacán


  05 de Octubre de 2016  


La Ciudad de México tiene forma de gota de agua. Sin duda se había usted fijado, meticuloso lector. En el norte es delgadita y puntiaguda, hacia los límites de la GAM con Ecatepec. Y se va engordando hacia mediodía, cuando se vuelve panzona en tierras de Tlalpan, Xochimilco y Milpa Alta, camino de las exuberantes tierras que se pateaba el As de Oros, con el Caudillo del Sur sobre sus lomos.

La cosa es que desde su fundación, hace casi doscientos años, el llamado Centro no lo es. No lo es en la perspectiva cartográfica. El centro de gravedad territorial, el ombligo digamos, queda por ahí de la frontera entre Tlalpan y Xochimilco, precisamente. En cambio, el centro de gravedad demográfico está más arriba, en la BJ, exactamente en el baño de mi casa, en la regadera, en el triángulo rectángulo que forman Avenida Universidad, la hipotenusa, Miguel Laurent y Pitágoras, los catetos (yo vengo viviendo en un cateto llamado Pitágoras; reconozca, jocoso lector, que tiene jugo la cosa).

De manera que el viejo centro queda en el norte, muy al norte. Es verdad que hay algo engañoso en los mapas y las denominaciones, pues ese sur hipertrofiado no es urbano ni propiamente debería ser englobado en una “ciudad”. El término de Distrito Federal, injusta e irresponsablemente abandonado, era en ese sentido menos aberrante. Para que la Ciudad de México parezca ciudad deberíamos practicarle una severa lipotomía abdominal, y considerar los ranchos y las milpas, altas y bajas, como municipios adyacentes, que no conurbados. Para salud, satisfacción y regocijo de todos.

Mas en fin, donde manda jefe de Gobierno no gobierna ciudadano.

Además, sin embargo, ese fenómeno de “meridionalización” de la metrópolis se ha ido acentuando y acelerando decenio a decenio. La vida cultural y comercial como que se va cayendo. Y los arrabales sureños han ido secuestrando el protagonismo y la vitalidad de que antaño gozaban colonias como la Santa María, la San Rafael o la propia Merced, hoy en franco y triste decaimiento. Por lo visto, la atracción gravitacional que ejerce el Caminero le va ganando claramente la partida a aquellos Indios que se volvieron Verdes.

Coyoacán es, sin duda, el primer beneficiario. Yo supongo que gran parte del fenómeno lo explica la fundación de Ciudad Universitaria y no menos la de la Central de Abastos. Sobre ellas recae una buena porción de responsabilidad, pero no sólo. Las migraciones se producen no sólo entre continentes y países, por lo visto también entre barrios, y constituyen dinámicas sociales y económicas complejas.

Que si esto que si aquello, que si galgos o lebreles, mientras el goteo continúa; no obstante, ciertamente Reforma y Avenida Juárez luchan por sus fueros a contracorriente, pero no sin serias dificultades, de las cuales no es la menor el gravísimo problema de la circulación. De la circulación de vehículos y de manifestantes. Maratones, ciclotones, conciertos y otras simpáticas ocurrencias no contribuyen precisamente a aliviar la situación.

El caso es que nuestra casa, la entrañable casa que compartimos los cientos de inquilinos que, desde ópticas, posiciones y responsabilidades distintas, hacemos el Excélsior, el legendario, insubstituible, más vital que nunca Periódico de la Vida Nacional, también decide dar un paso más  adelante, pasar a una nueva y ambiciosa etapa y migrar también hacia el sur, al ladito del campus universitario más importante de México y el más bello del mundo, arroparse en la efervescencia incontenible e irresistible del viejo nuevo Coyoacán.

Siendo nuestro rotativo un feraz vivero en sí mismo, la vecindad de los mágicos Viveros no puede no ser al mismo tiempo una bella alegoría y un estimulante augurio.

El Excélsior se va. Se queda. El Excélsior crece y se renueva. Para, más que beneplácito, el entusiasmo de quienes lo hacen y de quienes lo frecuentan día a día, con las manos sobre el papel o sobre el teclado.

Que los vientos le sean, nos sean propicios, que en el flamante bajel haga aún más ambiciosa, audaz y triunfante, la antigua travesía. Que bajo la buenaventuranza de San Francisco de Sales, aquel impensable periodista e impresor del siglo XVI, padrino y talismán de todos los periodiqueros del mundo, nuestro nuevo periplo esté colmado de nuevos aciertos, logros y conquistas. Seguiremos  rindiendo nuestro culto laico a los dioses celestes y terrenales en nuestro nuevo templo, en nuestro nuevo temple.

Pondremos al santo en otro sitio, se obsequiarán los oficios al legendario patrono editor rogándole rutas odiseicas. Y orgullosos quizá urdiremos el mejor encaje con hebras inimaginablemente nuevas glosando una epopeya.

El sitio será otro, el espíritu el mismo, el ímpetu renovado, estimulado, fortalecido. Y todo ello no podrá no verse reflejado en las páginas y en las pantallas. Los que chambeamos en y para el Excélsior somos por supuesto grandes favorecidos del espectacular advenimiento. Pero el principal beneficiario será sin duda usted, querido lector, destinatario y justificación última de todo este esfuerzo.

No es sin una cierta melancolía que nos despedimos de la ya mítica Esquina de la Información, del abolengo de aquellos espacios, de aquella atmósfera, pero su legado viene con nosotros. Hacia el sur. Hacia un nuevo horizonte, que sin dejar de ser el mismo, no podrá no ser más transparente. Adiós, Bucareli. Quihúbo, Coyoacán.


Marcelino Perelló

sábado, 18 de febrero de 2023

Concebir lo inconcebible

 



  11 de Octubre de 2016  


René, querido, esas cosas no se hacen.

 

O que ya debíamos saber, en fin. De hecho, todos los parlamentos del mundo no vienen a ser sino catervas de maleantes calientacurules.

Esta vez, sin embargo, se pasaron. Otorgar el susodicho premio nada menos que al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, es una enormidad alucinante. Más que concedérselo a Barack Obama, que ya es decir.

La razón por la que se designa a Santos es dizque haber logrado el acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC. Ora sí que los agarran en curva, pues el mentado acuerdo quedó en letra muerta al no ser refrendado por la consulta popular que debía darle el Vo.Bo. Y es que, ay, el resultado del plebiscito fue “inesperado” y muy reciente. Y por lo visto la decisión ya estaba tomada desde quién sabe cuándo y los insignes congresistas noruegos son de reflejos lentos. Como los nuestros, vaya.

¿Quién es, en definitiva, el tal Santos? Entre muchas de sus acrobacias está la de haber sido ministro de Defensa en el gobierno de su amigo, cómplice y padrino (y hoy “cordial adversario”), Álvaro Uribe, y como tal fue el responsable primero de la salvaje represión en contra de las FARC hará siete u ocho años. Fue durante su gestión que se produjo la brutal masacre conocida como la de los “falsos positivos” durante la cual, y a lo largo de meses, fueron asesinados cientos, tal vez miles, de campesinos y estudiantes sospechosos de haber “colaborado” con los guerrilleros. La denuncia mundial de tal atrocidad, como es habitual y natural, no sirvió absolutamente de nada y dejó totalmente inmaculado al flamante Premio Nobel.

Detrás de esa sonrisa sardónica, que la cirugía plástica hace aun más mefistofélica (el médico que lo operó, sin duda alguna, pertenecía a las FARC), se esconde, mal, un auténtico sayón, sin el menor escrúpulo ético. Estoy convencido de que si en el referéndum sobre el acuerdo de paz ganó el “no” es precisamente porque él, supuesto defensor a ultranza del “sí”, así lo quiso. Es la manera perfecta de acabar de humillar y desmovilizar a las FARC.

De hecho, tal acuerdo es una rendición de los insurgentes. Ahora, tras el “repudio popular” al armisticio, dicha rendición se vuelve incondicional. Ellos ya entregaron las armas y prácticamente se dispersaron. Pero así ninguna de las reivindicaciones acordadas se mantiene en vigor. Sus presos seguirán pudriéndose en las cárceles, sus derechos políticos continuarán negados y la tímida reforma agraria pactada se vuelve letra muerta. Operación impecable. Frente a los alardes victoriosos y a todas luces irresponsables y precipitados del comandante Timochenko, se abre un panorama desolador. Miel sobre hojuelas.

Todo esto parece que desde el lejano Ártico no se vio claro. En todo caso, ya que se trataba de celebrar el fin de una guerra a través de un acuerdo entre los combatientes, al menos, obviamente, debieron premiar, como ya lo han hecho en otras ocasiones, a los dos bandos beligerantes. ¿O no, pinches bacalaos de tierra firme?

Así lo hicieron en 1973, cuando compartieron ex-aequo entre Henry Kissinger de Estados Unidos y Le Duc Tho de la República Democrática de Vietnam. En 1978, entre Anwar Al-Sadat de Egipto y Menachem Begin de Israel, por el tratado de Camp David. En 1993, entre Nelson Mandela y el presidente de la República Sudafricana, Frederik Willem de Klerk, por la supresión del apartheid.

En 1994 fue repartido en tres, por el pacto israelo-palestino, llamado de Oslo, en la Casa Blanca, entre Yasser Arafat, Isaac Rabin y Shimon Peres. En 1996 lo dividieron el obispo Carlos Felipe Ximenes Belo y el jefe de la guerrilla del Fretilin en Timor Oriental, José Ramos-Horta. Y al año siguiente, 1997, lo recibieron John Hume y David Trimble, por las conversaciones que llevaron al compromiso de paz del Viernes Santo.

Este año hubieran podido hacer exactamente lo mismo. Pero no. Las órdenes de los Game Masters fueron otras. No bastaba vencer, era preciso humillar. Después de derribar al adversario, mear sobre el cuerpo dado.

Hace años, antes de la aparición en escena del siniestro Santos, parecieron abrirse paso perspectivas esperanzadoras. Los guerrilleros estaban exhaustos y el gobierno de Bogotá también. Se habló de amnistía y se inició un tímido pero prometedor intercambio de rehenes por prisioneros. 

Propiciar el cambalache entre cautivos implicó trazar otros senderos, buscando insistentemente encontrar nuevas vías en negociaciones indispensables desde ópticas sensatas. La amnistía facilitaría aterrizar mejores iniciativas librando inmediatamente algunos candados recalcitrantes en condiciones esperanzadoras.

Sin embargo, todo quedó en agua de borrajas. El ascenso de la izquierda política en América Latina encendió las alarmas en Washington y toda estrategia pactista quedó clausurada. La guerra ahora es a roza, tumba y quema.

Ya cayeron los dos gigantes, Argentina y Brasil. Ahora fue Colombia. Van por Venezuela, por Bolivia y Chile. Y por Nicaragua. A México no cesan de acosarlo. Cuba la heroica quién sabe cómo le hará, y con quién lo hará.

Y es en medio de ese paisaje tétrico que los señorones de Oslo dejan caer su pestilente mojón. En todo caso, entre fiordo y fiordo, vale más que vayamos aprendiendo a concebir lo inconcebible.

Marcelino Perelló

viernes, 17 de febrero de 2023

Treinta años


  12 de Octubre de 2016  


Ésta será de momento una fiesta más que íntima, individual. Después, probablemente, se añadirán otros. No sé quiénes ni cuántos. Sé sí que algunos lo harán con emoción sincera, y los habrá que únicamente guardarán las formas, por educación y compromiso.

El martes 14 de octubre de 1986 inicié mi navegación en las páginas de este entrañable periódico. Para mí, más entrañable y más periódico que para muchos. En otras palabras, dentro de dos días se cumplirán treinta años del inicio de mi colaboración en y con el Periódico de la Vida Nacional.

Se dice fácil. Treinta años. Media vida. Treinta años. No consigo hacerme cargo. ¿Cómo es posible que se hayan escurrido entre los dedos sin que yo me haya dado cuenta? Probablemente porque el que me escurrí fui yo. El lenguaje engaña, sirve de coartada para suavizar el hecho.

Dice el tango que “veinte años no son nada”, y por lo visto treinta son muchos menos. Y al mismo tiempo demasiadas ocasiones para decir sandeces y cometer desatinos. Demasiado tiempo y a la par, demasiado estrecho. No logro sacudirme la impresión de que hay más cosas por decir hoy de las que había entonces. Las palabras llaman a las palabras. Algunas acuden prestas, dóciles. Otras se resisten, rejegas. Pero todas están ahí y no es fácil —no lo fue entonces y no lo es ahora— encontrarlas y escogerlas.

Argentino por argentino es Julio Cortázar, el malabarista, quien dice que el buen escritor no es tanto el que sabe poner frases, sino el que sabe quitarlas. El que sabe qué no decir, sin dejar por ello, de decir. Probable y desgraciadamente tiene razón, y tal juicio pone una vez más en evidencia hasta qué punto yo soy un mal escritor. Me enamoro de mis palabras y no las quiero dejar ir. Lo cual, es innecesario que se lo diga y sin embargo —lo dicho— se lo digo, me complica enormemente la vida. Y compromete de manera seria mi encuentro con usted, fiel y condescendiente lector.

Como quien no quiere la cosa acabo de afirmar que el periodista, tanto el reportero como analista o el columnista son, somos escritores, en toda la extensión de la palabra. Se ha dicho y repetido que el verdadero texto se encuentra en los libros, que el papel de periódico y sus letras son efímeras. Permítanme, los autores de novelas y ensayos, aplastarles tantito la guitarra y recordarles que los libros, con sus cuidados escritos y sus bellas dedicatorias, y de los que están tan orgullosos, también son efímeros. En el mejor de los casos dormirán el sueño de los justos en algún estante que es preciso sacudir de vez en cuando. Cuando no en el fondo de un baúl que no es necesario sacudir. El periodista es un escritor.

Y lo es porque su decir queda plasmado y cobra vida propia, emprende el vuelo y no mira hacia atrás. Ya pertenece al eventual lector. Se convierte en una especie de legado, valioso o no. Es una misiva. Una botella lanzada al mar.

Tal vez es por eso que me costó tanto decidirme a publicar. Representa una responsabilidad mayor, al margen de la atención que pueda uno concitar. Cuando publiqué aquel primer artículo editorial ya tenía yo 42 años. Cosas por decir ya las tenía, por supuesto, desde hacía mucho, desde siempre. Y las decía, sin duda. Pero no es lo mismo decir que escribir ni mucho menos que publicar.

Cuando regresé a México en 1985 fueron varios los diarios y revistas que me ofrecieron espacios. De entre todos escogí el Excélsior, por más de un motivo. No fue el menor de ellos que era el periódico que llegaba a la casa cuando yo era muy niño, y ese sonido característico de los pliegos resbalando por debajo de la puerta representaba entonces, y lo sigue representando hoy, una auténtica emoción. Sobre todo los domingos, en que venían las tiras cómicas que aún añoro. Pero además porque ese murmullo de las planas irrumpiendo era señal tranquilizante de que el mundo existía y de que todo seguía su curso.

Así que cuando Regino Díaz Redondo me llamó a su despacho y me abrió las puertas de aquel papel intruso en mi infancia, no lo dudé ni tantito. Ahora sería yo el que me deslizaría por debajo de las puertas.

Recuerdo con una fidelidad precisa y una emoción intensa el golpeteo de la máquina de escribir, del cuidado necesario cuando no existía el delete ni el copy and paste. Con el Tippex al lado (por aquello de hacerle tantito caso al cronopio mayor). Y recuerdo, con una melancolía inaceptable en un viejo bragado como yo, los rutinarios y adorables trayectos en mi viejo vocho hasta el más viejo aun inmueble de Reforma para entregarle en mano mi original al inolvidable maestro Gustavo Durán de Huerta.

Abrirse, mostrarse, exhibir los íntimos y recónditos pensamientos a propios y extraños es un acto obsceno. Pero al mismo tiempo es una aventura exultante. Una arriesgada y apasionante expedición. De resultados siempre inciertos pero siempre emocionantes.

Publicar ofrece rutilantes viajes en navíos inimaginablemente raudos, velas entre neblinas. Pasar alerta sobre arrecifes de ópalo, vencer esos temporales enloquecedores. Vientos inclementes cobran ardor, pero en respuesta sólo inducen serena templanza arrestada.

Navegar es preciso, vivir no es preciso, rezaban los antiguos bajeles griegos.

El tiempo no pasa. El que pasa es uno. Y estos treinta años que yo he pasado en el Excélsior han sido más que una vida. Han sido la vida.

 Marcelino Perelló

jueves, 16 de febrero de 2023

Faro a la vista

 



  18 de Octubre de 2016  


Es de mal gusto autoelogiarse, lo sé. Y sin embargo a veces no hay más remedio. En este caso la magnitud y trascendencia del binomio lo hace insoslayable. Y tengo sin duda un atenuante indiscutible: el mérito, aunque en alguna medida participe de él, pertenece al conjunto de la gran comunidad que se agrupa en torno al proyecto, y  en primer lugar a sus directivos.

La empresa fundada, no hace tanto, por don Olegario Vázquez Raña y su círculo más cercano  ha conocido un auge que merece, al margen del indiscutible encomio, una reflexión obligatoria. Para nadie es un secreto que el panorama económico de nuestro país en los últimos tres o cuatro decenios no es precisamente boyante. De manera que el éxito fulgurante de la compañía no puede no representar un signo de optimismo más que estimulante no únicamente para los directamente involucrados, sino para el conjunto de la sociedad.

Al margen de sus obvias connotaciones meramente económicas, sociales y mediáticas, la cosa no deja de ser hermosa y sugerente, histórica y estéticamente notable. En efecto, la convivencia en una misma propuesta de la letra impresa y de la onda electromagnética no deja de ser espléndida e insólita. Que yo sepa no tiene precedentes, a ese nivel, en México.

Hay sí algún otro rotativo que también posee frecuencias televisivas, pero no en el rango del espectro público y ello hace un gran contraste. Por otro lado, también existen empresas de telecomunicaciones de envergadura que poseen ciertas publicaciones impresas, pero de ninguna manera un diario diario —y menos aun de la presencia y dimensión de Excélsior— y ello constituye también una abismal diferencia.

Es verdad que Grupo Imagen ya es desde hace cierto tiempo concesionario de canales de televisión tanto restringida como pública, pero no de la talla y aspiraciones con las que nace la flamante cadena.

No perdamos de vista que entre el advenimiento de la imprenta, a mediados del siglo XV, y el de la televisión hay prácticamente cinco siglos, quinientos años. El Renacimiento, la Ilustración, el Siglo de Oro, el de las Luces, y la Revolución Industrial incluidos.

Y son los dos extremos de este periodo abismal los que representan el papel que tal vez tiene usted entre las manos en este momento, y la pantalla de plasma en la que es probable haya ya sintonizado alguna de las emisiones del bisoño canal.

Imposible no pensar ahora en Marshall McLuhan y su Galaxia Gutenberg, en la que reescribe la historia de la civilización a partir de la evolución y sucesivas apariciones de los medios de comunicación. Los “media”, en latín, como los denominó él. No fueron pocos los agoreros que preconizaron que las pantallas caseras darían al traste con la prensa escrita. De la misma manera de aquellos que aseguraron que con el cine desaparecería el teatro y que con el video desaparecería el cine. Unos y otros se toparon de frente con la realidad. Una realidad más compleja y perdurable que ciertas visiones precipitadas e irresponsables pretenden describir y predecir.

Dejo para otra ocasión el papel de la radio y de internet. Es otro rollo, nunca mejor dicho. Hoy no puedo no celebrar con gran júbilo la hermandad y convivencia de Excélsior de hoy con el Canal Tres, que habiendo nacido ayer es el del mañana. La más bella, elocuente y contundente imagen de este encaje histórico.

Hacerlo realidad no requiere únicamente de los recursos, económicos y humanos, indispensables. Reclama, igualmente y quizás sobre todo, de una dosis importante de valor, talento e imaginación. Ningún juego está ganado de antemano, pero el que no se moja no cruza el río. Y vadearlo es la única manera de estar del otro lado.

Recordemos que nos encontramos sólo a unos meses de festejar el centenario de este periódico, y que ha transcurrido apenas poco más de un decenio desde que fue rescatado in extremis de lo que parecía un naufragio inevitable. La efemérides no puede dejar de ser un luminoso augurio para el desarrollo del recién nacido miembro de la familia.

Y aun así, el acontecimiento no tendría la relevancia que promete si se propusiera únicamente reproducir, en una instancia más, aquello que ya se hace. La apuesta es la de generar un nuevo estilo, un nuevo abordaje, una nueva manera, precisamente de hacer. Es una apuesta arriesgada, cierto, pero los naipes están en las mejores manos, manos expertas y audaces. Y la gratificación del éxito es impagable.    

Pensar el canal efectivamente como innovación televisiva ofrece satisfacciones. Visiones inteligentes conllevan asumir los obstáculos sin menospreciarlos identificando metas alternativas. A menudo introducir mejores expectativas necesita osadías sabias.

No es fácil, en un paisaje neblinoso —más de una vez en niebla espesa— ver brillar los faros. Y eso es precisamente lo que ha representado y sigue representando Excélsior y el archipiélago de medios que lo rodean y al que desde ayer se suma la flamante señal. Un faro. Para eso sirven los faros, para tranquilidad y referencia de navegantes.

Marcelino Perelló

miércoles, 15 de febrero de 2023

De premios y de hombres

 

  19 de Octubre de 2016  


Bob Dylan salta a la palestra. En fin, deberemos decir que salta en la palestra, pues ya estaba ahí. Hace unos días le fue otorgado el Premio Nobel, y aunque no aparece para reclamarlo, Nobel dado ni Dios lo quita. Es algo de lo que deberé hablar y sin duda lo haré, pero no hoy.

El galardón a Dylan me evoca de manera intensa, descarnada diría yo, a otro músico, de hecho el maestro de Bob, y no puedo sustraerme a esa evocación y a todo lo que acarrea. Pete Seeger, el trovador indomable, llegó a Barcelona el 18 de octubre de 1936, hace exactamente 80 años, como combatiente voluntario a integrarse a las Brigadas Internacionales que acudieron a defender la República Española de sus agresores fascistas. La efeméride se impone sola.

Cualquier enciclopedia o ensayo biográfico dirá que Pete Seeger fue un músico. Y tal etiqueta le quedará descorazonadamente corta. El nacido en Patterson, junto a la Gran Manzana, fue mucho más que eso. Lo que no quiere decir que no lo haya sido también y de manera absolutamente relevante.

Debe ser considerado el padre, el factótum del movimiento folk moderno. No sólo en Estados Unidos. Junto con sus colegas, contemporáneos y continuadores, otorgó lustre, presencia y dignidad a ese género otrora menospreciado y relegado. La pléyade magnífica que integran figuras como Woody Guthrie, Alan Lomax, Joan Baez, Peter, Paul and Mary o el propio Dylan, que no cesó de reconocer el papel central que jugó Pete en la conformación de ese movimiento. Todos ellos le rindieron pleitesía en vida y no cesarán, sin duda, de agradecer su aporte, mucho después de su ausencia física.

Fue un compositor inigualable, pero en el otro plano, como intérprete, fue absolutamente fascinante. De un brillo, intensidad y colorido sin igual. Inconfundible.

En un tercer dominio fue un verdadero gambusino musical. Encontró auténticas joyas ocultas en los más recónditos rincones del planeta. Desde Japón a Perú, desde Kenia a Irlanda, Noruega y México. Las retomó, las aderezó y las brindó al mundo. Nos las regaló. Fue universal y universalista. Sin duda no fue un hombre de mundo, en el sentido aristocratizante y presuntuoso del término, pero sí un hombre del mundo, en sentido pleno.

Y es esa su universalidad la que nos lleva de la mano directamente a su segunda cara, la de quien nunca tuvo, por nada del mundo, dos caras. La de luchador irredento por la justicia y la libertad de las personas y pueblos de la Tierra en todo lugar, tiempo y circunstancia. Fue un internacionalista fervoroso. Fue en esa condición que se enroló en las Brigadas Internacionales. De su participación ahí, dicho sea de paso, nace probablemente el más bello y emocionante álbum de su discografía.

Con menos riesgo, pero más tiempo e intensidad, fue un adalid inflamado de la causa de los negros en su propio país. Combatió durante toda su vida por los llamados derechos civiles y contra toda forma de discriminación racial y social. Su concierto de junio de 1963 en el Carnegie Hall de Nueva York no puede ser más elocuente en ese sentido. Consígalo, sensible y noble lector, y me lo agradecerá con lágrimas en los ojos.

Su militancia libertaria también lo hizo un combatiente feroz por la paz, con toda la intensidad paradójica de tal formulación. En particular se opuso de palabra y obra a las intervenciones militares gringas en Corea y en Vietnam, en Irak y Afganistán. Durante años recorrió el país, from California to the New York Island, reclutando adeptos para la causa pacifista y antiimperialista, y encabezó un amplio movimiento de intelectuales para modificar las leyes del servicio militar y el castigo a los remisos y objetores de conciencia.

Pete apoyó la moción altamente subversiva de emitir justamente un bando invalidando legislaciones opresivas. Visitó incontables ciudades agitando y alistando simpatizantes entusiastas interpretando notables conciertos o recitales para obtener recursos operativos, decidió extender la lucha en núcleos obreros, agrupó a los estudiantes que utilizaban ingeniosos procedimientos organizativos. Generó redes activistas nacionales entre militares objetores consiguiendo involucrar oficiales neutrales.

Conocí a Pete Seeger en Barcelona en 1980, con cierto temor de sufrir una decepción, como tan a menudo ocurre con las personalidades. No fue el caso. Pete Seeger era exactamente lo que parecía. Se mostraba tal cual, sin impostura ni afeite alguno. Fiel a sí mismo, era la congruencia personificada.

Decir que fue un hombre en toda la extensión y densidad de la palabra, y que más que excepcional fue inimitable, es sin duda hacerle justicia. Pero al mismo tiempo representa la triste evidencia de que hoy no encuentra remplazo digno. Su pérdida es definitiva. Algo mucho más extenso e intenso que su persona, vida y obra, se fueron con él. No hay consuelo posible.

Bob Dylan es posible que haya merecido el Nobel. Es inconcebible que se lo hubieran otorgado a Pete. Para hombres como él no hay premios posibles. No de esos.

Marcelino Perelló

martes, 14 de febrero de 2023

La gran chapuza

 


  25 de Octubre de 2016  


La situación política española, que se hallaba hace unos días al borde del precipicio, ahora se encuentra en el fondo de éste. Sólo había una manera de desencallar la nave del Estado, y ésta era desballestándola, desarmándola. Y, pues sí, la desbarataron. De ella hoy sólo quedan los restos del naufragio. El pecio.

Quiero ver cómo le van a hacer ahora, para salir del atolladero en que se metieron para salir del otro atolladero. Quiero verlo.

La cosa estaba así: después de dos elecciones consecutivas, una en diciembre pasado y la otra en junio, ningún partido ni ninguna coalición tenían la mayoría suficiente de escaños (así le llaman allá a las curules; ha de venir de “caño”) en las Cortes (así le llaman allá al Parlamento; ha de ser un término de matarifes) para gobernar.

Así que era necesario encontrar otra solución. La barrera insalvable tenía y sigue teniendo un nombre: Cataluña. Los catalanes decidieron años ha realizar un referéndum en el que se establezca de una buena vez si siguen formando parte del Estado español o de plano se pintan de colores. Para que nadie se sienta ofendido y me contradiga, lo aclaro:no son todos los catalanes los que desean que se lleve a cabo el mentado referéndum. Sólo el 85%. Lo que sea de cada quien.

En esta situación, tres de los cuatro grandes partidos estatales: PP, PSOE y Ciudadanos están absoluta y categóricamente en contra de que tal consulta se lleve a cabo. Más allá, se oponen terminantemente a que ni siquiera se hable de ello. La unidad y la soberanía de España son innegociables. Así dicen. Aunque a los catalanes no les parezca. Ellos sí quieren que se discuta y defienden su derecho a decidir su propio destino. Vale madres.

Ahora bien, sin los votos de los diputados independentistas ninguna de las tres fuerzas obtendrá la mayoría necesaria. Y los primeros están sentados en su macho de que o se inicia un proceso de reforma a la Constitución que permita la realización de plebiscitos de desconexión, o nadie contará con su apoyo.

La cuarta formación estatal de importancia es Podemos, pero ella también se ha declarado en favor de la realización del referéndum, y por lo tanto queda igualmente fuera de la jugada. Aquí entre nos, el partido de Pablo Iglesias afirma estar por la modificación de las leyes actuales, sencillamente porque sabe que es imposible. Es como aquel doncel que le promete a su amada “te bajaré la luna y las estrellas”. Igualito.

El hecho es que para que Rajoy y su PP puedan gobernar es necesario que los socialistas al menos se abstengan en la votación de investidura. En otras palabras que la izquierda apoye a la derecha. De lo contrario el fatídico impasse continuaría hasta unas terceras elecciones, en las que muy probablemente el PSOE acabaría de venirse abajo y el PP obtendría, entonces sí, los votos suficientes.

El secretario general de los socialistas, Pedro Sánchez, se opuso terminantemente a dicho apoyo, en nombre de ciertos principios maltrechos y que llevarían sin duda su partido al desguace. Y en nombre de la realpolitik, los “barones” (y sobre todo la baronesa andaluza, Susana Díaz), más terrenales ellos, le dieron cran a Sánchez y decidieron investir a Rajoy.

Los “carcas” y los “progres” de la manita, dispuestos a mangonear a su gusto y discreción sin más estorbos. Ésta es una figura que se ha popularizado en Europa, y es la que tiene en el poder a Angela Merkel, por ejemplo. Pero se practica ya en una buena docena de países del viejo continente. A esta connivencia contranatura de la izquierda y la derecha se le ha llamado la “Gran Alianza” y es el gran hallazgo de moda. Que de paso pone al descubierto, de manera obscena, hasta qué punto todo el montaje no es más que una comedia miserable.

Así pues, el impresentable gobierno de Mariano Rajoy entrará finalmente en funciones dentro de unos días, frente a los cachetes enrojecidos de los socialistas. Enrojecidos de vergüenza, pero también por el aluvión de cachetadas que se han arrimado los unos a los otros. El PSOE se encuentra al borde del desmembramiento. Tal vez sería lo mejor que les podría pasar. Borrón y cuenta nueva. Así no podrán seguir. Ninguna de las fracciones se atreverá a enfrentarse abiertamente al poder constituido. 

Pero unidos tampoco osarían, quizás una escisión supondría que unos emergieran. Vetar impugnaciones conllevaría alimentar la oposición de innumerables colectivos eclécticos. Al limitar otras manifestaciones estimulan juicios ordinariamente rupturistas.

Éste es pues el desolador paisaje que se abre frente a la política española. Ni el gobierno podrá gobernar ni la oposición se podrá oponer. Al contrario de lo que ha sucedido en los países del norte de Europa, la Gran Alianza ahí no resolverá ni facilitará absolutamente nada. Al contrario. En medio del lodazal se habrá convertido en la Gran Chapuza.       

Marcelino Perelló

lunes, 13 de febrero de 2023

Diles que no me premien


  26 de Octubre de 2016  


Poetas a su arbitrio deberían imponerse siempre imágenes muy acabadas. Mas incluso muchos incuban versos insulsos, obscuros ripios anodinos so infamia, sin embargo profanos alaban sus adefesios. Dejando umbríos rapsodas insignes sin investilles merecimientos ostensibles.

Fray M. Pereval (S. XVII)

 

Nunca se lo dieron a Pío Baroja. Ni a Azorín ni a Ramón del Valle Inclán ni a Miguel de Unamuno ni a Ramiro de Maeztu ni a Jorge Guillén. Ni a Federico. Ni a León Felipe ni a Antonio Machado ni a Manuel Machado ni a Pedro Garfias ni a Rafael Alberti. Ni a Miguel Hernández ni Jorge Semprún.

Ni a Blas de Otero ni a Gabriel Celaya. No se lo dieron ni a Vicente Blasco Ibáñez ni a Jacinto Benavente. Ni a Pérez Galdós.

Ni a Juan ni a Luis Goytisolo ni a Javier Cercas de Salamina. Ni a León Tolstoi ni a Anna Akhmatova ni a Maiakovski ni a Serguei Esenin ni a Bulgakov ni a Evgueny Evstushenko ni a Chejov ni a Gorki. No se lo dieron a Ilf y tampoco a Petrov.

Ni a Marcel Proust ni a Marguerite Duras ni a Colette ni a Simone de Beauvoir ni a André Breton ni a Tristan Tzara ni a Jean Genet ni a André Pieyre de Mandiargues ni a André Maurois ni a Malraux ni a Blaise Cendrars ni a Émile Zola ni a Alfred Jarry ni a Artaud ni a Antoine de Saint Exupéry. No se lo dieron a Alain Robbe-Grillet ni a Robert Desnos ni a Albert Cohen ni a Georges Bernanos ni a Jacques Prévert ni a Louis Aragon ni a Paul Eluard ni a Jean Cocteau, ni siquiera a Marguerite Yourcenar.

No se lo concedieron a Graham Green ni a Allan Sillitoe ni a A. J. Cronin ni a Edward Albee. Ni a Dylan Thomas ni a Lawrence Durrell ni a Salman Rushdie. ¿Y cómo se lo van a dar a Morris West, si no se lo dieron ni a James Joyce?

Ni a Bertold Brecht ni a Stefan Zweig ni a Robert Musil ni a Rainer Maria Rilke ni a Joseph Roth ni a Peter Handke. Y, por supuesto, no a Franz Kafka ni a Paul Celan ni a Konstantinos Kavafis ni a Arthur Koestler. Ni por nórdicos a Strindberg o a Stieg Larsson o a Elvi Sinervo o a Joseph Conrad o a Jaroslaw Iwaszkiewicz. Y ni hablar que se lo dieran a Léopold Sédar Senghor, a Gibran Khalil Gibran o a Yukio Mishima. Pinches exóticos raros.

Jamás se lo dieron a Alberto Moravia ni a Cesare Pavese ni a Italo Calvino. Bien occidentales ellos. Ni a Curzio Malaparte ni a Gabriele d’Annunzio ni a Dino Buzzati ni a Giuseppe Tomasi de Lampedusa ni a Pier Paolo Pasolini ni a Alessandro Baricco. Y, de paso, tampoco a Fernando Pessoa ni a António Agostinho Neto. Ni a Kundera.

En ese plan, ¿qué podían reclamar los rumanos Ionescu, Marin Preda, Marin Sorescu, Panaït Istrati, Lucian Blaga, Mihail Sadoveanu, Camil Petrescu, Liviu Rebreanu, Tudor Arghezi, Mircea Eliade, Emil Cioran? Calladitos se ven más bonitos.

¿Y los catalanes? Usted dígame. Que escriban en español y se dejen de pendejadas. Nadie sabe quiénes son Josep Carner, Mercé Rodoreda, Salvador Espriu, Joan Salvat-Papasseit, Màrius Torres, Joan Vinyoli, Maria Mercè Marçal, Miquel Martí i Pol, Fèlix Cucurull, Víctor Català, Carles Riba, J.V. Foix, Josep Pla.

Ya puestos a no otorgar, se llevaron entre las patas a Mark Twain. No le dieron ni las gracias. Ni a Gertrude Stein ni a Robert Frost. Ni a Jack Kerouac ni a John D. Salinger ni a John Dos Passos ni a ninguno de los dos Miller, ni a Arthur ni a Henry, ni a William S. Burroughs ni a Allen Gingsberg ni a Kurt Vonnegut ni a Truman Capote ni a F. Scott Fitzgerald ni a Henry James ni a Tennessee Williams ni a Charles Bukowski ni a Jack London.

Y que ni vayan a pensar Norman Mailer, Vladimir Nabokov, John Kennedy Toole, Paul Bowles, H.P. Lovecraft, Ray Bradbury y Sylvia Plath, que a ellos sí les va a tocar algo. Ni sus luces.

Ignoraron del todo a Rubén Darío y también a José Eustasio Rivera y a Rómulo Gallegos. A Alejo Carpentier y a José Lezama Lima. A Nicolás Guillén.

No se lo dieron a Vicente Huidobro ni a Bioy Casares ni a Horacio Quiroga. No supieron de César Vallejo ni de Ciro Alegría ni de Nicanor Parra ni de Juan Gelman ni de Gonzalo Rojas ni de Ernesto Sabato o Roberto Bolaño.

Tuvieron, no sé si la osadía, la prepotencia o la estulticia, de no dárselo a Jorge Luis Borges ni a Mario Benedetti ni a Julio Cortázar. No se lo dieron a Joâo Guimarâes Rosa ni a Jorge Amado ni a Carlos Drummond de Andrade.

Dejaron de dárselo a Augusto Monterroso y a Álvaro Mutis, a Rosario Castellanos, a Jaime Sabines, a Ricardo Pozas, a Juan García Ponce, a Martín Luis Guzmán, a Ramón López Velarde, a José Gorostiza, a Carlos Pellicer, a Elena Garro, a Gilberto Owen, a Jorge Cuesta, a Óscar Liera, a Inés Arredondo, a Mariano Azuela, a B. Traven, a Juan José Arreola, a Francisco Rojas González, a Juan Bañuelos, a Jorge Ibargüengoitia, a Jorge Brash, a Efraín Huerta, a David Huerta, a José Carlos Becerra, a Emilio Carballido. No se lo dieron, sobre todo, a Sergio Pitol, a Fernando del Paso ni a José Emilio Pacheco.

Y dejaron de dárselo a Juan Rulfo.

¿Entonces por qué chingada madre se lo dieron a Bob Dylan?


Marcelino Perelló

domingo, 12 de febrero de 2023

Herejía


  01 de Noviembre de 2016  


Me dispongo, con todo desparpajo, a esgrimir la defensa de Javier Duarte. Así, alto y silabeado. Tal cual. De Javier y de César Duarte, de Roberto Borge, de Guillermo Padrés y de los que vayan apareciendo por el camino.

No estoy haciendo broma ni ironía alguna, que quede claro. Estoy hablando y escribiendo con toda seriedad. Veamos: no estoy convencido, ni mucho menos, de la inocencia de los cargos que se imputan a los susodichos gobernadores y exgobernadores. Pero de la misma manera, y aun con más énfasis, tampoco estoy convencido de su culpabilidad.

De lo que sí estoy absolutamente cierto, y pongo por ello la mano al fuego, es de que los cuatro son víctimas de un linchamiento mediático y social. Lo mediático arrastra lo social, y viceversa. La gente, la gleba, repite lo que la prensa dice, y la prensa dice lo que a la gleba le gusta escuchar. Cuestión de mercadotecnia. Y a la gleba, no nos hagamos pendejos, le encanta, le fascina, linchar.

Debo dejar asentado, del todo y sin ambages, que yo nunca participaré de un linchamiento. Y si acaso lo hiciere, será siempre en la condición de linchado, nunca de linchador. Esta última figura, la de linchador, me repugna, la considero el escalón más bajo y deleznable de la condición humana.

Ya me he encontrado un par de veces en la vida en la condición de víctima de una lapidación. Una simbólica y la otra real. Y sé lo que se siente. Mucho tiempo después entendí además lo que significa.

Reconozco sí, que de niño, muy niño, participé yo mismo en pequeños linchamientos escolares. Lo que hoy, en nuestro frenético e imbécil proceso de agringamiento llamamos bullying. En primero de primaria, en el Colegio Madrid, era una tierna costumbre infantil darle pamba al pobre Cagiga, que corría desesperado e inútilmente, para ponerse a salvo, y lloraba desconsolado después de la paliza y la humillación.

Nunca supe por qué le pegábamos a Cagiga, por qué le pegaba yo. Pero le pegábamos, le pegué. Bastaba que en el recreo alguien gritara “¡Miren lo que está haciendo Cagiga!” para que todos a una acudiéramos a partirle la madre, sin que tuviéramos la más remota idea, por supuesto, de qué es lo que estaba haciendo. Averiguarlo nos hubiera quitado tiempo y retrasado el goce. Años después supe que Cagiga, ya joven, se había suicidado.

A aquellos que hoy claman en contra de los Duarte & Cía. y exigen su cabeza, tampoco les consta nada de todo lo que con tanto fervor proclaman. Simplemente repiten como loros grises africanos lo que leyeron en algún libelo amarillista. O lo que es peor, ni siquiera leyeron sino que escucharon al que lo leyó. Peor aún, nadie leyó absolutamente nada, o en el mejor de los casos “lo vio en internet”, mientras algunos sólo escucharon “algo”. Y ello les basta a todos. Así funciona la cosa.

Entendámonos. Yo sí creo que los gobernadores, y en general los gobernantes de nuestro país, son unos rateros y unos transas impresentables. Alguno incluso ha de ser un matón. Más que probable. Lo creo, y tengo elementos para creerlo. Pero solamente lo creo. No soy juez ni Ministerio Público, ni ando arrancando los pelos de las burras pardas.

Mas a ver. No lo dije pero lo dejé dicho: Creo que lo son todos. Todos. Y no sólo en México, precisemos. Unos más que otros, sin duda, pero a saber.

No hay quien no tenga cola. Aunque unas sean más fáciles de pisar que otras, lo que no quiere decir que sean más largas o más chonchas, ni mucho menos. Es cosa sabida en etología animal que los animales de presa son en general los que saben esconder mejor sus rabos. Cosa de sobrevivencia.

Pocos indeseables necesitan certificar haber ejercido gestiones administrativas totalmente intachables teniendo alibíes, logrando así obtener dispensas indeciblemente ominosas. Nunca objetables, pero en registros ocultos del escabroso búnker existen rastros irrevocablemente acusadores.         

Yo no sé si éste robó más que aquél ni si aquél mintió más que ése otro. Ni tengo cómo saberlo. No tengo ni la más mínima certeza de que los Duarte, Borge o Padrés sean los más nefastos gobernadores de México. No me atrevo en absoluto a asegurarlo. Creo sí que contra ellos se ha armado una campaña de desprestigio, de defenestración. De linchamiento.

De parte de quiénes y con qué motivo es otro asunto del que le hablaré cuando la burra de hace rato se me ponga al tiro. De momento lo dejo ahí. Eso es todo. Reconozca que no es poca cosa. Alguien debe decirlo. Es indispensable.

¿Ha leído usted por casualidad, o no por casualidad, culto lector, El abogado del diablo de Morris West? Si no, búsquelo, encuéntrelo y sumérjase en él. Si sí, repáselo. No hay mejor momento.

Y no le tenga miedo a la herejía, amigo mío, hoy por hoy es la única manera de sobrevolar la inmundicia que nos asedia.


Marcelino Perelló


viernes, 10 de febrero de 2023

Identidad y contaminación

 



  02 de Noviembre de 2016  


Nada es original. Todo es plagio. Cualquier invento, obra o creación humana se basa en otra ajena y anterior. En algo ya hecho en otro tiempo y lugar. Uno puede modificarlo, enriquecerlo, simplificarlo o sofisticarlo, pero la matriz siempre será otra. Siempre hay un antecedente, de la misma manera que todo ser vivo posee un ancestro.

Como si fuera necesario acabar de probarlo, esta idea ya la he expuesto antes, y sin duda se inspira en otras ajenas a las que de una manera u otra, en un tiempo u otro, he tenido acceso. Cuando hablamos, por ejemplo, de los grandes descubrimientos científicos o de las maravillosas creaciones artísticas, en todos los casos podremos reconstruir su árbol genealógico, su taxonomía.

Antes de Bach estuvo Monteverdi y antes de Einstein, Poincaré. Por supuesto, de la misma manera también podemos decir que todo es nuevo, que todo se transforma, para bien, pero a veces, ay, para mal. Existe la evolución y también la degradación. E incluso la extinción. Ley de vida, y ley de muerte.

Si lee usted estas líneas cuando es debido, puntual lector, es decir saliditas del horno ya sea de la rotativa o del servidor, hoy será dos de noviembre, en buena parte de la civilización occidental, Día de Muertos. Lo es para diferentes culturas y con significados distintos. Y en consecuencia con rituales y tradiciones igualmente propios.

Sin embargo, dichas culturas no son estancas. Conviven y de alguna manera, siempre complicada y asimétrica, ejercen influencia unas sobre otras, dando lugar a prácticas y fenómenos híbridos y sincréticos.

En México desgraciadamente lo sabemos bien. El cristianismo, a base de golpes de espada y cruz, exterminó los cultos autóctonos y con ellos toda la cosmogonía y todos los rituales que los acompañaban. Hoy de éstos no quedan más que mínimos resquicios, y algún matiz, estilo o perfume específico sobre las creencias y prácticas impuestas.

Es el caso, no es necesario decirlo y sin embargo lo digo, de la festividad de muertos, en la que en nuestro país convergen tres tradiciones distintas y en buena medida contradictorias, creando una constelación mítica complejísima y de difícil armonización.

A lo largo de los siglos e incluso de los milenios, para acabar de enredar las cosas, las tres eligen prácticamente la misma fecha (o casi) para celebrarlas. Por un lado, claro, el culto indio (al que nunca llamaré “prehispánico”, por falso y ofensivo, ni “indígena”, por eufemístico y culpígeno). Es, ya lo sabe usted, la visita a Mictlán y la adoración a Tezcatlipoca, hoy condensados en las hermosas y entrañables ofrendas.

En segundo lugar el culto cristiano a los “fieles difuntos”, por los que se ruega su bienestar en el Reino de Dios, culto que se traslapa y confunde, dependiendo del lugar y de la época, con la celebración de la víspera a Todos los Santos, que parece ser incluso más antigua que la del día siguiente.

Y para acabar de enmarañarlo todo, desde hace ya un par de siglos —desde la colonización de los Estados Unidos— pero sobre todo en los últimos dos o tres decenios, irrumpe la festividad celta del Halloween, palabra que deriva del All Hallows Eve (“Víspera de Todos los Santos”, en inglés antiguo) y que a su vez procede del Samhain escocés e irlandés, y del Calan Gaef galés, con las que se festejaba el final de las cosechas y se exorcizaba al Diablo, que por lo visto pretendía aprovechar la ocasión para apoderarse de las almas incautas. Es por ello que aparecían los disfraces de bruja, los nabos y calabazas del Jack Lantern con los cuales se intentaba confundir y desanimar al maligno.

No me negará usted, abrumado lector, que tal ménage a trois no puede no complicar las cosas, pero, hasta eso podríamos sobrellevarlo con cierto donaire. Tal como digo más arriba, el contagio cultural es inevitable y en principio enriquecedor. Es decir, lo sería si no hubiera sido acompañado de una implacable y atroz persecución e imposición.

Pueblos enteros retomaron ritos inmemoriales tornándolos obligatorios, siempre empleando terroríficos escarmientos acabaron con apostasías básicamente ortodoxas, ordalías recurrentes atizaban sospechas infames, en las villas estigmatizadas imperaban normas terriblemente estrictas. Al ejecutar sus torturas utilizaban distintos instrumentos atrozmente refinados.

Y si además no hubiera intervenido la contaminación mercantil y mercantilista de los ritos mágicos y populares, y su apoderamiento por parte de los mercaderes del Templo, que se proponen hacer su agosto también en noviembre.

Reconozcamos que bajo estas condiciones, la mixtura en nuestro país está resultando, a fin de cuentas, desastrosa. El festivo y encantador Simhain de los celtas se ha convertido aquí, ya degradado y corrompido, en una caricatura miserable. Los disfraces y máscaras de calavera, inventados al alimón por Alejandro Jodorowsky y James Bond, son un verdadero esperpento sin lugar ni sentido. Las catrinas auténticas y el mismísimo José Guadalupe se han de estar revolcando en sus tumbas.

La frivolidad y la banalidad más kitsch se han apoderado de la festividad convirtiéndola en una especie de carnaval trasnochado, en una borrachera vomitiva —en todos los sentidos de la palabra— y en un pretexto deplorable para el desfiguro y el mal gusto.

Bienvenidas sean siempre la frescura y la innovación, la adopción de prácticas ajenas, hermosas y enriquecedoras. Pero malhayan las epidemias nefastas que se abren paso a base de dólares y codazos.

Marcelino Perelló

jueves, 9 de febrero de 2023

La chica


  08 de Noviembre de 2016  


Si en las carreras de caballos siempre ganara el favorito, los hipódromos hace tiempo habrían desaparecido. Y con ellos, de paso, las carreras de caballos y los caballos de carreras. 

Cuando lea usted estas líneas, impaciente lector, los comicios presidenciales en la margen izquierda del Bravo ya se habrán iniciado. De hecho, si no es usted ni tan impaciente ni tan puntual, es posible que ya hayan incluso concluido, y que ya conozca quién será el futuro presidente de Estados Unidos, cosa que yo al momento de teclearlas ignoro. Debo resignarme y arriesgarme a predecir.

En un momento dado me pareció sensato hablar de las elecciones gringas en mi columna de los miércoles en la sección de Expresiones, cuando el resultado fuera ya conocido, pero rápidamente lo deseché. La política no deja de ser un fenómeno cultural, cierto, pero en este caso resultaría fuera de lugar. Metido con cuñas y signo inocultable de cierta cautela acobardada.

Y aquí entre nos, el riesgo es pequeño y el pronóstico sencillo. Así que predigo: Va a ganar el sistema, el establishment, la nomenklatura. Rara vez, muy rara vez, pierde. Así que va a ganar la señora Clinton, con un margen bastante mayor al previsto.

En buena medida es lo que señalaba el guión desde un buen principio: el buen Sanders a la izquierda y el grotesco Trump a la derecha. Y al centro, radiante, tierna y sensata, elevándose por encima del ostión, cual la Venus de Botticelli, Mrs. Clinton. Una Venus un tanto decrépita y poco creíble, cierto, pero es lo que tuvieron a mano.

Sucedió sin embargo lo que no estaba previsto, y la botarga de la derecha resultó rejega. Lo cual, aquí entre nos, no les vino del todo mal, pues le puso un poco de interés a la cosa. De otra manera todo el paripé hubiera resultado más aburrido que una pelea del Canelo Álvarez.

Total, el resultado, después de algún pequeño sobresalto, no se verá alterado. Es indiscutible que Donald Trump despertó más simpatías y adhesiones de las esperadas. Y que en un momento dado obligaron a forzar la maquinaria electoral. El mismísimo presidente Obama se vio impelido a hacer el ridículo en más de un desfiguro, con tal de apuntalar a su tambaleante e impresentable candidata.

El propio sistema electoral gringo posee los candados necesarios para evitar sorpresas. El voto para la Presidencia es indirecto. Los ciudadanos eligen “electores” quienes serán en realidad los que votarán por el Presidente. El número total de electores es de 538, representando a cada uno de los 50 estados que componen la Unión, más el distrito de Columbia. Cada estado designa un número de electores proporcional al de sus habitantes. De manera que el futuro Presidente deberá obtener la mayoría de los votos de dichos intermediarios. Es decir, por lo menos, 270. Até la tudo bem, como dicen los brasileños.

Sin embargo, el truco, el candado, está en otra parte. Resulta que todos los electores de un determinado estado deben votar al unísono por un solo candidato, aunque la elección en el estado que representan haya sido muy reñida. Así por ejemplo, los 55 electores de California van a votar por la doña Hillary. Eso ya es un hecho. Aunque don Donald obtuviera el 49% de los votos en ese estado (cosa que no va a suceder).

De manera que los tales “electores” no juegan papel alguno, ni tienen ninguna potestad. Deben decidir lo que ya está decidido. Podrían ser fácil y totalmente substituidos por un mensaje de WhatsApp. No hay ejemplo más descarnado de una persona privada de su libertad y de sus más elementales derechos de discernimiento.

Plantear incluso que un elector lograra obedecer distintas instrucciones conllevaría enfrentamientos, concitaría oposición no sin tensiones enturbiadoras. Muchos instarían votar en secreto sin informar razones incluso fácilmente atribuibles. Ocasionaría también replantear otras normas inequitativas volviéndolas esencialmente lenitivas.

Todo ello es del todo impensable. Todo el sistema se cuartearía. El país es hoy un estado medieval, dividido en feudos, y cada una de las dos dinastías monárquicas posee el suyo y resulta inexpugnable. Únicamente hay una docena de territorios en liza, una especie de no man’s land, llamados los swing states, que acostumbran a oscilar entre los burros y los elefantes.

Entre ellos los más importantes son la gusanera de Florida y las castañuelas de Ohio. Una acendrada tradición obliga a que el Presidente sea quien haya ganado en Ohio. ¿Si ganó por qué estará en Ohio? (Ocurrencia boba, apta sólo para iniciados).

En fin. Espero no haber cometido un spoiler ni haberle aguado la fiesta al contarle el final de la obra, querido lector. Si fue así, contrito le pido perdón. De todos modos, si le gusta mantener la emoción y la incertidumbre, siempre puede pensar que, como digo al inicio, lo imprevisto puede ocurrir, y que (para seguir con las gansadas) quién quita y se orine la muchacha. Es decir, se haga la chica.


Marcelino Perelló