18 de Octubre de 2016
Es de mal gusto autoelogiarse, lo sé. Y sin embargo a veces no hay más remedio. En este caso la magnitud y trascendencia del binomio lo hace insoslayable. Y tengo sin duda un atenuante indiscutible: el mérito, aunque en alguna medida participe de él, pertenece al conjunto de la gran comunidad que se agrupa en torno al proyecto, y en primer lugar a sus directivos.
La empresa fundada, no hace tanto, por don Olegario Vázquez Raña y su círculo más cercano ha conocido un auge que merece, al margen del indiscutible encomio, una reflexión obligatoria. Para nadie es un secreto que el panorama económico de nuestro país en los últimos tres o cuatro decenios no es precisamente boyante. De manera que el éxito fulgurante de la compañía no puede no representar un signo de optimismo más que estimulante no únicamente para los directamente involucrados, sino para el conjunto de la sociedad.
Al margen de sus obvias connotaciones meramente económicas, sociales y mediáticas, la cosa no deja de ser hermosa y sugerente, histórica y estéticamente notable. En efecto, la convivencia en una misma propuesta de la letra impresa y de la onda electromagnética no deja de ser espléndida e insólita. Que yo sepa no tiene precedentes, a ese nivel, en México.
Hay sí algún otro rotativo que también posee frecuencias televisivas, pero no en el rango del espectro público y ello hace un gran contraste. Por otro lado, también existen empresas de telecomunicaciones de envergadura que poseen ciertas publicaciones impresas, pero de ninguna manera un diario diario —y menos aun de la presencia y dimensión de Excélsior— y ello constituye también una abismal diferencia.
Es verdad que Grupo Imagen ya es desde hace cierto tiempo concesionario de canales de televisión tanto restringida como pública, pero no de la talla y aspiraciones con las que nace la flamante cadena.
No perdamos de vista que entre el advenimiento de la imprenta, a mediados del siglo XV, y el de la televisión hay prácticamente cinco siglos, quinientos años. El Renacimiento, la Ilustración, el Siglo de Oro, el de las Luces, y la Revolución Industrial incluidos.
Y son los dos extremos de este periodo abismal los que representan el papel que tal vez tiene usted entre las manos en este momento, y la pantalla de plasma en la que es probable haya ya sintonizado alguna de las emisiones del bisoño canal.
Imposible no pensar ahora en Marshall McLuhan y su Galaxia Gutenberg, en la que reescribe la historia de la civilización a partir de la evolución y sucesivas apariciones de los medios de comunicación. Los “media”, en latín, como los denominó él. No fueron pocos los agoreros que preconizaron que las pantallas caseras darían al traste con la prensa escrita. De la misma manera de aquellos que aseguraron que con el cine desaparecería el teatro y que con el video desaparecería el cine. Unos y otros se toparon de frente con la realidad. Una realidad más compleja y perdurable que ciertas visiones precipitadas e irresponsables pretenden describir y predecir.
Dejo para otra ocasión el papel de la radio y de internet. Es otro rollo, nunca mejor dicho. Hoy no puedo no celebrar con gran júbilo la hermandad y convivencia de Excélsior de hoy con el Canal Tres, que habiendo nacido ayer es el del mañana. La más bella, elocuente y contundente imagen de este encaje histórico.
Hacerlo realidad no requiere únicamente de los recursos, económicos y humanos, indispensables. Reclama, igualmente y quizás sobre todo, de una dosis importante de valor, talento e imaginación. Ningún juego está ganado de antemano, pero el que no se moja no cruza el río. Y vadearlo es la única manera de estar del otro lado.
Recordemos que nos encontramos sólo a unos meses de festejar el centenario de este periódico, y que ha transcurrido apenas poco más de un decenio desde que fue rescatado in extremis de lo que parecía un naufragio inevitable. La efemérides no puede dejar de ser un luminoso augurio para el desarrollo del recién nacido miembro de la familia.
Y aun así, el acontecimiento no tendría la relevancia que promete si se propusiera únicamente reproducir, en una instancia más, aquello que ya se hace. La apuesta es la de generar un nuevo estilo, un nuevo abordaje, una nueva manera, precisamente de hacer. Es una apuesta arriesgada, cierto, pero los naipes están en las mejores manos, manos expertas y audaces. Y la gratificación del éxito es impagable.
Pensar el canal efectivamente como innovación televisiva ofrece satisfacciones. Visiones inteligentes conllevan asumir los obstáculos sin menospreciarlos identificando metas alternativas. A menudo introducir mejores expectativas necesita osadías sabias.
No es fácil, en un paisaje neblinoso —más de una vez en niebla espesa— ver brillar los faros. Y eso es precisamente lo que ha representado y sigue representando Excélsior y el archipiélago de medios que lo rodean y al que desde ayer se suma la flamante señal. Un faro. Para eso sirven los faros, para tranquilidad y referencia de navegantes.
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