14 de Diciembre de 2016
Algo hay sin duda de abyecto en los “premios”. En casi todos, excepción hecha de aquellos que reconocen el triunfo de una competencia deportiva. La premiación de los ganadores del salto de garrocha en las olimpiadas o de una carrera de Fórmula 1, digamos que tiene cierto sentido, en la medida en que el concepto de “competencia” en sí lo tenga.
Hay otras dos categorías de premiaciones que no pondría yo en la hoguera: aquella en la que se reconoce el valor de quien realiza un acto heroico que no estaba previsto, poniendo a salvo vidas o bienes. Los otros premios encomiables son aquellos que funcionan como estímulo para jóvenes que están desarrollando una determinada actividad de manera excepcional y se los anima a continuar en la misma línea, con la misma actitud, y el mismo denuedo.
Todo ello digamos que tiene sentido, y en esa medida el premio juega un papel ya sea lúdico o funcional. Pero todos los demás, todos los que no son sino el mero pretexto para el boato y el espectáculo, los que concitan aplausos y encomios convencionales, cuando no hipócritas, son una demostración flagrante de las más deplorables facetas de la personalidad humana, que insiste en clasificar y calificar sin ton ni son.
Tal es el caso de los innumerables “premios literarios” que pululan por el mundo, de los de cine, sean Oscares o Bafta, o en los festivales de Cannes o Venecia. Los más lastimosos, sin embargo, son los resultados de “concursos” de todo tipo. Desde aquellos en los que se premia al que come más hamburguesas hasta al que escupe más lejos.
Mención aparte merecen los “certámenes de belleza”, empezando por las humillantes parafernalias de Trump, y siguiendo con todas las “reinas” de la fiesta o de la kermesse.
En todos ellos existe por supuesto un conjunto de señorones designados para designar, y que en esa misma condición ya son los primeros laureados. Son ellos los que, basándose en criterios tan subjetivos como abstrusos, decidirán quiénes son los premiados o premiadas. El concepto mismo de jurado ya es abominable. Injusto por definición.
En fin, toda esta disquisición que da para una reflexión mucho más larga, detallada, cuidadosa y profunda, no tiene hoy otro fin que el de introducir mi comentario a los Premios Nobel que se otorgaron este domingo.
No me voy a meter, no demasiado, con los cuatro que se destinan a trabajos científicos: en física, química, medicina y economía. Me es del todo imposible normar un criterio acerca de los méritos que poseen aquellos que se hicieron acreedores a tal distinción. Supongo que la inmensa mayoría de los seres humanos están, en ese sentido, en la misma situación que yo. Especialistas incluidos. Allá los jurados —tan arbitrarios como cualquier tribunal— y sus particulares criterios.
A los que sí puedo calificar, y califico, son los otorgados en nombre de la Paz y de la Literatura. El primero es definitivamente un escándalo. Escándalo sí, novedad no. El Premio Nobel de la Paz ya fue otorgado a personajes tan mortíferos como Menájem Beguín o Barack Obama. De manera que concedérselo al verdugo Juan Manuel Santos, responsable entre otras, como ministro de Defensa del gobierno colombiano, del tristemente célebre caso de los “falsos positivos” en el que fueron pasados por las armas cientos, tal vez miles de campesinos sospechosos de colaborar con las FARC. El domingo con carita angelical y sonrisa seráfica agradeció tiernamente la distinción. Afortunadamente tiene la cara suficientemente dura; de lo contrario se podría romper cuando se le cayera de vergüenza. Pero eso, descuide usted, indignado lector, no va a suceder.
El festejo, sin embargo, se lo llevó el convidado de piedra, Bob Dylan. El cantante judío/gringo brilló por su semiausencia. Obvio se hizo bolas y no supo cómo reaccionar ante tan insólita designación. No fue pues tenía que atender “otros compromisos”, lo cual no dejaba de ser una denuncia digna de elogio, pero aceptó el millón de dólares de la dotación del premio, lo que no deja de ser un gesto miserable. Otro con la cara dura.
Digamos que me parece acertado incluir a la canción de autor como una manifestación propiamente literaria. Es una decisión que aplaudo. Ahora bien, en ese plan hay muchos más poetas/compositores con méritos superiores a los de Dylan. Sólo por mencionar los primeros que me vienen a la cabeza, digo los nombres de Silvio, de Chico o de Leonard Cohen. Digo, para empezar.
Dylan tiene méritos indiscutibles, como músico y como intérprete, pero déjeme decirle que es un mal poeta. Sus textos son más bien banales, y sus metáforas escolares no van muy lejos. Le falta el pathos, el desgarramiento que distingue al poeta del versificador. Pocos escritores resultan sinceros independientemente si tienen atributos, incluso numerosos suenan impostados sin tramar artimañas. Muchos ilustran vivencias íntimas, no obstante toda introspección tiene una base estrictamente esquizofrénica. Nuestro Bob se quedó con un pie en cada orilla. O rechazaba el premio del todo, y quedaba como un señor, a la Sartre, o lo aceptaba también del todo y aparecía como un triunfador. Así, su confusión lo deja fuera de lugar. Como su obra misma digamos.
En todo caso, el ridículo en este affaire no es tanto ni de Santos ni de Dylan, que aparecen sencillamente como comparsas. El auténtico esperpento es el Nobel mismo, con sus majestades reales y sus fracs convertidos ya en un penoso show comparable al de Miss Universo.
Marcelino Perelló
No hay comentarios:
Publicar un comentario