04 de Abril de 2017
Anteayer, 2 de abril, fue el aniversario de la liberación de mi padre, en 1930, después de cinco años de cárcel, gracias a la amnistía que conllevó la caída del dictador español Miguel Primo de Rivera.
No soy yo quién para elogiarlo, pero a modo de homenaje y memoria emocionada, quiero cederle la palabra a él. Había sido condenado a cadena perpetua tras el fallido intento de matar el rey de España, Alfonso XIII, bisabuelo del actual.
Traduzco del catalán un fragmento de su relato de cómo se preparó la primera operación (fueron dos). Me gustaría, y a usted sin duda también, sensible lector, contarle más, pero hoy no hay ni el tiempo ni el espacio necesario.
Era junio de 1925. Alfonso XIII visitaba Barcelona y ese día asistiría a un concierto de gala en el Liceu. Bandera Negra, el grupo armado al que mi padre pertenecía, decidió ejecutar al Borbón arrojando una bomba al automóvil que lo transportaba hasta el Palacio de Conciertos. La penúltima reunión de Bandera Negra, tres días antes de la acción, transcurrió como sigue.
Pare, tens la paraula:
“Se procedió a un sorteo para designar al ejecutor. Ello suscitó la discusión de si en las boletas debían estar los nombres de todos los miembros de la organización o sólo los de los presentes. Argumentos en pro y en contra, y al final se decidió que en la urna (la gorra de Granier-Barrera) se tenían que poner todos. Va el sorteo y salió un nombre: Holgado, que no estaba presente, pues era soldado del Regimiento de Zapadores Nº13 en Bonsuccés, y ese día estaba de guardia.
“En un ambiente de gravedad extraordinaria, se acordó que Balius y Xammar, íntimos de Holgado, fueran a verlo y comunicarle lo que había acontecido. Pero en el caso, lógico, que éste no quisiera reconocer la validez de un sorteo en el que él no estaba presente, se procedió a realizar una segunda designación, también al azar, para elegir a quien debería substituir a Holgado en el caso en que no aceptara la suerte que le había tocado. En este caso se pusieron en la urna únicamente los nombres de los presentes. Salió el nombre de Jaume Julià, que accedió a substituir a Holgado si éste fallaba.
“Terminada la reunión, a altas horas de la noche, tomé a Julià del brazo y me lo llevé aparte. Tenía 21 años y era el más joven del grupo. Le pregunté si realmente estaba en lo dicho, pues en caso contrario, no ejerceríamos ninguna acción punitiva en su contra. Le pedí sinceridad absoluta. Me contestó que estaba decidido.
“Al día siguiente, 27, nos volvimos a reunir. Ramón Xammar y Santiago Balius habían cumplido su cometido de comunicarle a Holgado la decisión y éste se negó a darla por buena. Por lo tanto, Julià quedó en primer plano como ejecutor. El asunto se volvió moralmente muy delicado. Volví a llamar a Julià para hablar a solas con él y le insistí en su sinceridad al afirmar su decisión de participar en una misión, ya no peligrosa sino fatal, que le había tocado por carambola. Se reafirmó en su voluntad de cumplir.
“Le pregunté qué necesitaba y me dijo que querría una barba postiza y una gabardina. Xammar se encargó de conseguírselo. Establecimos el plan de actuación. La ejecución de Alfonso XIII tendría lugar en La Rambla de los Pájaros, entre la calle del Carme y la Calle del Hospital. Le aseguré a Julià que, aunque el Juramento de Bandera Negra nos obligaba a no sacrificarnos todos en una sola acción, yo no lo dejaría solo y junto con los compañeros del Càmping Club que se habían ofrecido a colaborar, le cubriría la retirada.
“Una vez abatido el Borbón debía correr hacia el mercado de La Boquería, donde nosotros parapetados detrás de los puestos, le cubriríamos la retirada abriendo fuego contra las “liebres” como llamábamos a los guardias camuflados.
“A las 9 de la noche todo el mundo estaba en sus puestos en la Rambla de Canaletas, todos menos Julià. Xammar me comunicó que aún tenía la barba y la gabardina y que Julià no aparecía por ninguna parte. Ni un solo momento pensé en la traición o en la cobardía de Julià, pero la acción parecía perdida. La comitiva real estaba a dos cuadras.
“Puestos en tan embarazoso revés, separamos el grupo, ubicando retenes opuestos, nuestros oteadores se dispersaron al ver el rearreglo del ejército. Mientras intentábamos virar instrucciones, aseguramos líneas al facilitar ir notando alguna liebre.
“En ese momento, en medio del desconcierto y del estado de nervios difícilmente descriptible, se me acerca Jaume Miravitlles, me toma por el hombro, me mira como nunca más me ha mirado nadie, y con baja, seca y firme, me dijo: ‘Perelló, lo hago yo’”.
Llegados a este punto, debo pedir disculpas, tanto a mi padre como a usted, querido lector, por dejarlos a ambos aquí. Pero el periodismo es severo, y a menudo cruel. Algún día, tal vez, tendremos chance, los tres, de continuar este relato que no ha hecho sino empezar.
De alguna manera, mi biografía empezó ahí.
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