26 de Abril de 2016
Éstas son más o menos las palabras con las que el novelista Fernando del Paso inicia su discurso al recibir el Premio Cervantes a las Letras Españolas. No son textuales, pues no tengo a mano la transcripción exacta y prefiero no tenerla.
Hay grandes escritores detrás de los cuales se esconden hombres pequeños. Éste es el caso. Éste es el Paso. Me duele enormemente, pues el escritor representa (representaba debo decir) un verdadero ídolo, una referencia inconmovible para mí. Cuando leí su José Trigo a mis 22 años, quedé fulminado y fascinado a la vez. Pocas veces el encuentro entre escritor y lector puede darse con tal intensidad. Siguieron Palinuro de México y Noticias del Imperio, que no hicieron sino aumentar mi admiración. Sin olvidar, incluso, Linda 67 que, considerada una obra menor, no deja de ser mayor, esta vez en el género negro.
Así pues, las palabras del galardonado no pudieron ser para mí más demoledoras, más sangrientas y desengañantes. El ídolo se derrumba. Y me deja huérfano. Desde hace cuatro días estoy y me asumo desamparado, como aquel que descubre que el amor de su vida no era más que una puta. Que una puta desvergonzada.
Del Paso no puede tragar su vergüenza. Pues no tiene. Qué necesidad tenía, me pregunto yo, de mancillar el nombre de México, precisamente en los lares de aquellos que lo destruyeron y humillaron. ¿De qué se trataba Del Paso, de lamer el escroto de los que asesinaron a tu pueblo, si es que sabes acaso cuál es ése, tu pueblo?
Acaso tu pueblo no es éste, sino el otro. ¿Tu falsa erudición, en la que creí hasta anteayer, no te hizo entender que ese payaso larguirucho que se ostenta como Felipe VI y al que le rendiste pleitesía, es “rey” de España por voluntad del fascista Francisco Franco que invistió a su padre? ¿Y no sabías, Fernando, que ése Miguel Hernández, al que tantas loas dedicaste en tu deplorable parrafada, murió en las ergástulas de aquel que le otorgó el trono que hoy lo honra y a ti te deshonra?
Mucha gente decente de mi país, y tal vez del tuyo, se reivindica como chairos, lopezobradoristas, y eso no los descalifica. Lo que sí te desautoriza, como al farsante de G. Iñárritu, en la entrega de sus propios Cervantes, llamados allá Oscares, es el denostar a tu propia gente frente a los extraños. Eso tiene una palabra, pero no la voy a proferir, la sabes, espero, perfectamente.
¿Lo que dijiste allá, no lo podías decir aquí? Pregunto. ¿Tu vida corría peligro? Pregunto. Porque esa es la impresión que dejaste, carnal. La utilización de medios extremos por las fuerzas represivas es natural y corriente en todas las naciones del mundo, incluyendo esa España que tanto admiras y en la que no pocos manifestantes han muerto ante las hordas del orden. Nomás pregunta, si te queda tiempo, entre ditirambo y ditirambo.
En tu diatriba existe una contradicción flagrante, de la que ya no sé si eres o no consciente. Hablas del alto índice de criminalidad que azota nuestro territorio y, al mismo tiempo, combates las medidas policiacas para enfrentarla. ¿En qué quedamos, Fernando mío, o nos hacemos majes o le entramos a los chingadazos? Tú di. Pero no en la Corte del Borbón. Aquí. Si tienes huevos, aquí.
Proferir improperios a nuestro país implica, además negar implícitamente todo orgullo. Menospreciar irresponsable valores indiscutibles, conduce a desinvestir al poder oficial clamando ordalías, más aún sin crear el recurso constituyente alternativo.
La cosa no queda ahí, sin embargo, además de chivato, soplón de la lengua que tú llamas castellana, te manifiestas como un apologeta de la masacre que impuso el español en estas tierras. Según los antropólogos habitaban aquí alrededor de 25 millones de indohablantes, que fueron exterminados por tus amigos.
Afirmas que ser hispanohablante es la mayor bendición que hubiera podido descendernos de los cielos. No sólo ignoras a Shakespeare, sino también a Nezahualcóyotl. Pobres noruegos, pobres rusos y pobres rumanos, a los que conozco bien y a los que amo apasionadamente. ¿Has oído, a propósito, hablar de Mihail Sadoveanu? Supongo que no. No hubieras dicho, o sí, lo que dijiste.
Fernando del Paso, perdiste una buena oportunidad de quedarte callado. Pero te entiendo. Que un rey te imponga una medalla y que un Mariano Rajoy, ataviado de frac, te aplauda, no es cualquier cosa. Y tres millones de pesos tampoco. Enhorabuena.
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