27 de Abril de 2016
“Viva la reforma agraria que Árbenz hizo en Guatemala / y que los americanos acabaron a la mala”, esa era una de las estrofas que habíamos injertado en La cárcel de Cananea, que cantábamos obsesivamente en nuestras reuniones de jóvenes militantes comunistas. Y así, de melodía en trago y de trago en melodía nos agarraba el amanecer.
Hacía ya algunos años que había yo conocido a Juan José Arévalo, quien había sido presidente de Guatemala inmediatamente antes de Árbenz, que también debió exiliarse, y que trabajaba ahora en una pequeña y adorable oficina, rodeada de jardines encantadores, ahí por detrás del Auditorio Nacional, para alguna dependencia oficial, y al que fui a pedirle chamba, de la mano deAntoni Blàvia, patriota catalán y camarada de mi padre, y que cuando falleció éste decidió ayudarme a encontrar empleo. Arévalo era uno de sus contactos.
Yo tenía 16 años, y era un chavo despierto, supongo, pero Arévalo nunca encontró trabajo para mí. Ni él ni ninguno de sus otros valedores. Arévalo no halló dónde colocarme, pero me sedujo y me colocó, inamovible, en las filas de la liberación latinoamericana.
Salario, pues, no conseguí, pero conocí a personajes inolvidables, como Arévalo y el propio Blàvia. Así que mi madre tuvo que hacerse cargo de la familia, sus dos hijos menores, Mercedes y yo, tan despiertos como inútiles. Para ello trabajó los tres turnos de escuelas primarias en los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Mi mamá la hizo. Y nosotros también.
Un par de años después supe de Jacobo Árbenz y de su tan heroico como frustrado proyecto de dibujar una Guatemala diferente. En 1950 llega a la presidencia de su país y decide continuar y acentuar la obra liberal y popular de Arévalo. Cuatro años después es derrocado por un movimiento golpista dirigido desde Washington.
Faltaban casi cinco años para la Revolución Cubana y cualquier veleidad izquierdista era intolerable. En particular, las medidas agrarias de Árbenz afectaban directamente los intereses de la multinacional platanera United Fruit Co. Una de las empresas más poderosas del naciente neoimperialismo gringo de la posguerra.
Era preciso terminar con Árbenz. La defenestración de Arévalo, por lo visto, no había sido suficiente. La popularidad del nuevo líder, guapo y carismático (casado con una muy bella salvadoreña), dificultaba las cosas. De manera que era necesario montar una provocación que justificara su deposición.
Aparecía como imprescindible, pues, un montaje adecuado, que hiciera colar la maniobra. Para ello el Pentágono adquirió, a través de falsos agentes, un cargamento de viejas armas alemanas a la bisoña República Checoslovaca. Dicho arsenal fue enviado en el buque sueco Alfhem, hacia Puerto Barrios. Tal alijo, del que no tenía noticias el gobierno guatemalteco, fue utilizado por la propaganda del Departamento de Estado para demostrar la alianza entre el gobierno de Árbenz y los países socialistas.
En primer lugar se creó un miniejército sedicioso, al mando del coronel Carlos Castillo Armas, que “invadió” el país desde Honduras y El Salvador. Era medio millar de hombres, divididos en varios destacamentos, para dar la impresión de una fuerza impetuosa, y que nunca presentó combate.
Sin embargo, Jacobo Árbenz cayó en el garlito de considerar que la auténtica provocación era ésa, y determinó no atacarlos. Ello propició el malestar de sus propias fuerzas armadas que acabaron considerándolo cómplice de los alzados. El resultado, ya lo adivina usted, perspicaz lector, fue que el Presidente, acosado por unos y desconocido por otros, acabó renunciando y huyendo del país en junio de 1954. Encontró refugio primero en México y después en Europa. El proceso guatemalteco había sido descabezado y la United Fruit siguió campeando por sus lares.
Esta vez, a diferencia de las otras provocaciones de las que le he hablado en esta semiserie, el triunfo de los facciosos se debió más a la ingenuidad y torpeza del propio Presidente que a la audacia y astucia de los sublevados.
Las maniobras de los golpistas fueron bastante elementales y sin gran potencial subversivo. Se limitaron a acciones locales —a la exacerbación radiofónica, y a exiguas incursiones aéreas— siempre con la colaboración de mercenarios sembrados.
Para la agitación negociada garantizaron redes armadas necesarias para las acciones negras. Montaron incursiones vandálicas insurgentes, haciendo aparecer grotescos alzamientos mientras otros simulaban las algaradas.
El ejemplo chapín es una demostración nítida de que toda acción revolucionaria que se pretenda ganadora debe tener presente los medios perversos a los que se va a enfrentar. Y además garantizar que ella misma poseerá los medios necesarios para combatirlos con posibilidades razonables de éxito.
La liberación es un sueño, cierto. Pero si ese sueño no es pertrechado con los elementos reales para encarar y domeñar las argucias del Poder, ese sueño no dejará nunca de ser una fantasía. Fantasía embriagadora, sin duda. Pero fantasía al fin. Sólo una fantasía.
Marcelino Perelló
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