viernes, 7 de abril de 2023

Putsch en la selva

 




  17 de Mayo de 2016  


Dos sueños majestuosos que, finalmente, no se realizaron o, más exactamente, que no realizaron el sueño que los sueños prometían. La Transamazónica a lo mejor se observa desde la Luna, pero difícilmente se ve desde la Tierra, carcomida por la selva y el abandono, miles de kilómetros de terracería a través de florestas deshabitadas.

Brasilia, la metrópolis maravillosa, alucinada por el presidente Juscelino Kubitschek y hecha cuerpo por ese demente llamado Oscar Niemeyer, con todo y su Palacio da Alvorada y la Catedral Equinodérmica, no dio de sí. Hoy es una especie de infonavit gigantesco y lejos de todas partes. Ahí residen los Poderes del Estado. Y la hueva que les da a congresistas y funcionarios desplazarse hasta ahí (pues a ninguno de ellos se les ocurriría vivir en ella) es inconmensurable.

La audacia de su ubicación, sin embargo, y la belleza etérea del Palacio de Planalto y de ese Congreso Nacional inconcebible, han servido para bien poca cosa. Toda la mierda que inundaba Río de Janeiro se mudó desenfadada hacia Brasilia. Sólo dejaron atrás Ipanema y Copacabana. Menos mal.

En esos palacios del futuro acaba de cometerse una infamia del pasado. Un auténtico golpe civil de Estado en contra de la Presidente reglamentaria y estatutariamente electa, Dilma Rousseff. No tiene nombre. O sí lo tiene: filhos da puta. “La mayoría es el peor de los tiranos” dicen que dijo alguien que sabía lo que decía. Sin embargo, quienes deponen a Dilma no es la mayoría del pueblo brasileño sino la mayoría de los que obtuvieron la mayoría de los votos en ese ejercicio infantil y perverso que son los comicios.

Quien defenestra a la Presidente Rousseff son los gringos. No cabe la menor duda. Excepto, claro, para los ingenuos y los obnubilados. A ellos no les cabe ninguna vacilación. Están repletos de certezas y consignas.

A un hombre de mi edad no puede pasar inadvertida la llamativa similitud entre los procesos de México 68 y de Brasil 16. Juegos Olímpicos. Oportunidad fantástica, inmejorable, para armar un desmadre. Y lo armaron. Aquí y allá. Imposible saber en qué medida se salieron con la suya. Allá, sin duda, lo lograron rápidamente. Aquí, o no lo lograron, o les tomó más tiempo.

Obviamente el nudo gordiano de la cuestión es el control de la política, de la economía, y muy en particular del petróleo. No perdamos de vista que todos los intentos de emanciparse del poder imperial han acabado con violencia. De una manera o de otra. Desde la iniciativa del Movimiento de los no Alineados, en los años 70, y que acabó con la “misteriosa” muerte de su líder, Olof Palme, hasta el reciente esfuerzo del BRIC, del que también participa Brasil. En medio están la OUA, en África, o el CELAC o el ALBA en América Latina.

Nada de todo esto les hace la menor gracia a nuestros pelos de trigo del piso de arriba. Y hoy fueron contra Brasil. Ya habían arremetido contra Indira Gandhi, Benazir Bhutto, Saddam Hussein, Anuar el Sadat, Omar Torrijos, Manuel Noriega, Jaime Roldós, y qué sé yo cuántos más. Si esta vez Dilma sale con vida, que se dé de santos. Significa que es prudente. En nuestro país, a Díaz Ordaz le armaron Tlatelolco, y a Peña Nieto, Ayotzinapa. Bajo todas las precauciones del caso, por supuesto. Pero recuerde usted, agudo lector, que aquello que carece de validez global difícilmente la tendrá local.

Washington tuvo una victoria importante en Buenos Aires, y se acerca a tenerla en La Habana. Así, sin demasiada cautela, se lanza contra el PT. Y nada ni nadie parece interferirlo. Obama quiere salir de escena entre aplausos de los acólitos de pie y fuegos de artificio. Quiere ser el Reagan II. Que la historia conserve su nombre y su obra, en el lugar que merece.

La maniobra, más carioca que brasileña, fue, a diferencia de otras, más de antecámaras que de manejo de muchedumbres lumpen, el lobbying y el cabildeo llegó a extremos ajedrecísticos. Y a quien pierde una torre poco le sirve un alfil. Lula y su Partido del Trabajo perdieron el centro del tablero. El pueblo ahí era lo de menos. En un momento dado consiguieron provocar enfrentamientos entre los proyankis, pero éstos, bien subvencionados y bien asesorados lograron recomponerse.

Pronto rehicieron el concierto interno ocultando serias anomalías, los arreglos velaron innumerables chanchullos turbios opacando reales ilícitos alevosos. Ministros inescrupulosos vadearon interdicciones, nutriendo, además, dudosas atribuciones, nunca acordadas de antemano imponiendo groseramente ultrajantes artimañas legales.

Éste es todo el intríngulis de la política convencional: o enfrento al enemigo y lo enardezco, o le doy campo y alas. No hay de otra. El socialismo tibio, la izquierda fresa, no tiene otra perspectiva que sobrevivir. O nos ponemos pilas, o nos encabronamos de una buena vez, o ya de plano nos ponemos a modo. Putsch en la selva.

Marcelino Perelló

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