13 de Abril de 2016
Es raro que los poderosos pierdan. En el campo de batalla, en el de futbol o en el de la política. Sólo sucede cuando otro, más poderoso que ellos, les inflige la derrota, cuando cometen un error fatal o cuando se produce aquello que llamamos “concurso de circunstancias”. Una de las figuras más poderosas del planeta, desde hace al menos 200 años, es sin duda la del Presidente de Estados Unidos. Dos de ellos, tal vez los más emblemáticos, perdieron cuando fueron asesinados: Abraham Lincoln en 1865 —pasado mañana se cumplirán 151 años— y John F. Kennedy en 1963. También corrieron tan trágica suerte James A. Garfield en 1881 yWilliam McKinley 20 años después.
Y hay un quinto, al que de alguna manera le fue peor. No perdió la vida en el lance, pero perdió fama, prestigio y respeto. Fue exhibido como un truhán, como aquellos condenados durante la Colonia a los que obligaban a recorrer las calles en túnica y un cucurucho sobre la cabeza, portando un cartel proclamando su ignominia.
Richard Nixon había ya perdido dos elecciones presidenciales anteriores. Era el Cruz Azul de la Casa Blanca. No había modo de que se le hiciera. En 1968 por fin lo logró. Para su desgracia. Seis años después tuvo que salir por piernas, la cabeza gacha y, si hubiera tenido vergüenza, el rubor en las mejillas. Pero no tenía. Fue un escándalo monumental, conocido mundialmente como el caso Watergate. Las cosas fueron más o menos así. Le hago un resumen apretado, caro lector, para que si las vivió las recuerde y reviva, y si no, las conozca y aquilate.
En junio de 1972 es hecho público que, siguiendo sus órdenes, se habían instalado micrófonos ocultos en la sede del Comité de Campaña de su rival McGovern del Partido Demócrata en Washington, obviamente con el fin de enterarse de los planes y estrategias con los que los hombres del asno bicolor pretendían desbancarlo. ¿Cómo fue posible que una operación tan secreta y delicada, llevada a cabo por los mayores especialistas en espionaje electrónico, saliera a la luz pública? Alguien le jugó una mala pasada al Presidente. Alguien lo traicionó. Sin duda alguna. De otra manera no se explica. Y ese alguien, entonces conocido únicamente por su seudónimo Garganta Profunda —aludiendo a la celebérrima película porno que lanzó al estrellato a la flacucha Linda Lovelace (ese es otro asunto escabroso que bien merece su propia columna, en otro momento y en otra semiserie)— acabó sabiéndose, era nada menos que el segundo al mando del temible y omnipotente FBI, W. Mark Felt.
Fue él quien estuvo filtrando la información a los periodistas Woodward y Berstein del Washington Post que la hizo pública, con la consabida marimorena. El vodevil se alargó más de dos años, hasta agosto de 1974, cuando Nixon es defenestrado con oprobio. Él mismo presentó su renuncia para evitar el juicio al que ineluctablemente sería sometido por parte del Congreso, y en el que, sin duda, habría sido condenado y desinvestido. Durante todo ese tiempo Garganta Profunda, desde el anonimato, no cesó de ir proporcionando datos y detalles de la artera maniobra. Todos los intentos de contrarrestar el demoledor ataque fueron desactivados uno a uno.
La situación, fíjese usted bien, amigo mío, no podía ser más dramática. Los hombres del Presidente, sus incondicionales en los que debía contar para su defensa, ya no eran gente de confianza. Entre ellos se encontraba, con toda certeza, Garganta Profunda. ¿Pero cómo saber quién era, si es que era sólo uno? ¿En quién apoyarse, a quién encargar la contraofensiva? Nixon aún no lo sabía, pero el único que hubiera podido desentrañar la trama ¡era precisamente Garganta Profunda! Sangrienta encrucijada, reconozca usted. Digna de todo un Shakespeare. Las intrigas de Palacio. Amargas a más no poder para quien las padece, apasionantes para quien las contempla desde lejos.
La pregunta es inevitable, ¿Quién estaba detrás de Garganta Profunda? ¿Para quién trabajaba? ¿Cuál era su móvil? Siento decepcionarlo, prendido lector, pero como suele suceder en estos casos y a esas alturas, aún hoy se desconoce. Se dice que Felt, Garganta, habría actuado por rencor, pues Nixon no lo habría puesto a la cabeza del FBI, cuando en 1972 muere el inmortal Edgar Hoover, director vitalicio del Buró. Pero aquí entre nos, no suena ni convincente ni suficiente.
Me inclino más bien por creer que Felt y sus cómplices habrían sido descubiertos en alguna maniobra sucia y se mantenían y defendían chantajeando al Presidente, soltando dardos, gota a gota, au fur et à mesure. Eso explicaría la inexplicable duración del affaire.
Puestos en dificultades acaban volteando armas, prefieren ejercer de alcahuetes vendiendo información entre núcleos escogidos. Mientras intentan vadear indemnes aquellas situaciones intrincadas, mediante estratagemas truculentas recurren a extorsiones, a la par eliminando datos oprobiosos.
Lo realmente grave aquí no es que un político transe, eso ya lo sabíamos. La cuestión es que uno de los cómplices de Garganta en la jugada fue precisamente el reportero Woodward que publicaba la información. Felt y Woodward habían trabajado juntos años atrás en inteligencia naval. Así que el papel que este último se asignó, de “periodista independiente, valiente e incorruptible” queda bastante en entredicho.
Esto es toda una lección, generalizable y extrapolable. Una lección únicamente, claro, para quienes puedan y quieran entenderla. Y aprenderla.
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