12 de Abril de 2016
Lo dije aquí mismo hace 15 días. Los criminales bombazos en Bruselas no podían ser más oportunos y providenciales. Gracias a ellos, la deportación masiva de refugiados de Oriente Medio se inició pocos días después sin mayores protestas ni sobresaltos. Por lo visto, los güeritos, orgullosos y apoltronados habitantes del Viejo Continente decidieron que, a fin de cuentas, cuantos menos prietos miserables anden por ahí, mejor. No vaya a ser.
La cuestión no puede ser más dramática. Intolerable, diría yo. Miles de fugitivos del infierno sirio que habían conseguido, sacrificándolo todo, a menudo la propia vida, llegar a la tierra de promisión europea, son rebotados sin más. Sin piedad ni conmiseración alguna. Es ésta una forma de crueldad desconocida hasta ahora. Campamento, lanchón, campamento, lanchón, campamento. Hombres y mujeres, niños y viejos. Ai se ven.
Obviamente, el pulcro Primer Mundo no puede soportar el portazo de millones de mugrosos famélicos. Ya lo dijo Trump. Y ésa es la clave de su popularidad. Sencillamente no se puede. A menos de que las grandes ciudades de los países ricos se resignen a verse rodeadas por cinturones de miseria gigantescos, a la Hooverville, a la Mad Max o a la Blade Runner. Usted escoja.
Si no fuera por los estallidos y la sangre derramada, tal vez los sensibles corazones nórdicos se ablandarían tantito. Pero así no se vale. A chingar a su madre. Probablemente esos desamparados que aguardaban en Idomeni su chance de sobrevivir, de vivir, no tengan nada que ver con Zaventem, pero no le hace. Por si acaso. El color de la piel los delata. Es una credencial, un estigma.
Y yo me pregunto, y lo obligo a usted a preguntarse, concernido lector, ¿quién es, pues, más criminal, aquel que se hace estallar en medio de docenas de semejantes o aquel que, fríamente, embarca a miles en un trayecto sin retorno hacia el infierno? Uno es un acto de guerra, el otro lo es de cobardía, de bajeza.
A nadie se le escapa que la carnicería que desde hace años tiene lugar en las torturadas tierras más antiguas de la civilización, ha sido provocada y sigue siendo sostenida y alimentada por los intereses, a cual más mezquino e inconfesable, de los grandes trusts empresariales y financieros del Primer Mundo. Y ningún CEO de la British Petroleum o de la Shell corre el menor riesgo de perecer en una explosión en el Metro. En el aeropuerto tal vez sí. Pero no. Para eso tienen sus limusinas VIP, sus salas VIP, sus azafatas VIP y sus guaruras VIP.
Y son ellos, los sir, los monsieur y los herr, los que se niegan a acoger a los refugiados de una guerra que ellos mismos llevan a cabo. Por cada explosión en Bruselas o en París, hay diez mil en Damasco o en Aleppo. Cuando empiecen a llegar a nuestro país refugiados huyendo del terror en Francia o en Bélgica, tendremos que pensar si los recibimos o no. No sólo ellos, también nosotros tendremos que considerarlo. Ya asilamos a españoles y a catalanes, a argentinos y a chilenos. Pero eran otros tiempos y otras actitudes. Ahora vamos viendo.
La correlación entre África y Europa es bastante similar a la existente entre nuestra América y Estados Unidos. Allá y aquí, como siempre, los condenados de la tierra quieren ir hacia el norte, como los patos y las mariposas monarca en verano. Ley natural. Aquí tienen que atravesar un semirrío y un semidesierto, y allá un semimar, pero ai se van. Toda la diferencia, hoy por hoy, es la guerra. Que no es poca cosa.
También aquí hay petróleo, y también aquí podría haber guerra. Descartarlo sería ingenuo e irresponsable. En todo caso, árabes aquí no tenemos y ello no deja de ser un consuelo. A diferencia de los católicos, los musulmanes sí se la creen, y eso es ciertamente problemático. Están dispuestos a morir por su patria y por su Dios. No hay nada más peligroso en el mundo.
En Bélgica, en particular, hay un porcentaje importante de población islámica. No es que quiera darle yo razón a Huntington ni a Fukuyama, pero hay algo que no va a ser resuelto con medidas draconianas y policiacas. Hoy la Kasbah de Argel está en Bruselas. Y la clandestinidad de los jihadistas está asegurada. Peces en el agua.
Perseguirlos requiere, obviamente, batir las estructuras mezcladas al salafismo. Detectar en núcleos una eventual veta organizada. Musulmanes integristas viven inmersos, queriendo urdir estructuras para evitar delaciones obsecuentes.
El hombre del sombrero cayó. O bien los jihadíes son muy pendejos o la policía belga es muy ídem, o bien son ellos mismos los que armaron la sangrienta pantomima para allanarse el camino. Una de tres.
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