06 de Abril de 2016
Era yo muy joven cuando, en mis primeros pasos hacia la doctrina marxista, leí la breve y hermosa obra de Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Se trata de un magnífico texto de introducción al materialismo histórico, y sería del todo convincente si no fuera porque no lo es.
En ella, el cómplice de Marx relata y analiza las distintas formas que va adquiriendo la estructura familiar a lo largo de la historia, de acuerdo con la evolución de los modos de producción y de propiedad. Ai la lleva el buen Friedrich, paso a paso, de manera serena y segura: Primero fue la horda, después el clan, a continuación la familia punalúa y la sindiásmica. Impecable. No le voy a resumir aquí en qué consiste cada una. A pesar de que el estudio es sucinto, no lo es tanto y no tendría yo espacio. Prefiero recomendarle enfáticamente su lectura, placentera y edificante. Supongo que no será difícil encontrarla en internet. En librerías ya ha de estar más pelón.
Al mismo tiempo, ay, me veo en la triste obligación de advertirle que, en un momento dado, el plácido curso de las ideas sufre un serio tropiezo. Asegura el autor que la actual familia monogámica surge junto con el capitalismo. Até lá tudo bem, como dicen los portugueses, “hasta ahí todo bien”, pero sin parar en mientes el teórico nos espeta que ésa, la familia monogámica, es la que corresponde de manera natural a la especie humana (!!!). En otras palabras, en el socialismo y el comunismo la estructura familiar burguesa no se verá modificada. Se fregó el materialismo y la dialéctica. Y el sentido común.
En las últimas entregas de esta semiserie he discurrido sobre la asombrosa organización social y “familiar” de las abejas y de su posible proyección sobre la de los hombres. Claramente en ellas se observa de manera nítida el dilema, más bien el “trilema”: ¿La colmena es de hecho un solo organismo, un solo individuo, del que cada insecto no serían sino las células de sus tejidos, o bien se trata de una estructura familiar, patriarcal, con sus roles y jerarquías bien establecidos; o bien constituye una sociedad hiperorganizada en la que cada miembro y cada núcleo participa del proyecto colectivo?
Esa misma disyuntiva, “trisyuntiva”, se presenta, obviamente, en la sociedad humana de manera histórica. Y con la misma obviedad parece indiscutible que el armazón y las normas de la articulación socialista debería renunciar de manera definitiva y tajante a los principios individualistas y “familiaristas” propios de la hegemonía burguesa. No porque sí el lema, harto socorrido, de las formaciones tradicionalistas y conservadoras, incluso fascistas y ultrarreaccionarias, ha sido históricamente: “Dios, Patria y Familia”. Concebida ésta última como el reducto de los valores cristianos y decentes.
Son numerosos los movimientos revolucionarios que en el mundo han propuesto organizaciones familiares alternativas. Al inicio de mi exilio en Europa, durante mi estancia en París, me tocó conocer e incluso vivir en alguna de las comunas que los jóvenes herederos de aquel mayo habían fundado en muchos de los grandes áticos y buhardillas de los barrios populares. En ellos convivían un cierto número de muchachos y muchachas que repudiaban la monogamia y compartían la economía y las tareas del colectivo. Creo que aún sobrevive alguna, pero el experimento no prosperó. Incluso en México se integraron varias, tanto urbanas como rurales, con resultados similares. Lo más curioso y desmoralizante del caso, sin embargo, es que en ninguno de los países socialistas, notablemente en la URSS, en China o en Cuba, hubo iniciativas en ese sentido. Al contrario, sus respectivas legislaciones fueron en general retrógradas y restrictivas.
Tal vez la única excepción, bajo una situación muy particular, fueron las granjas que fundó el gran pedagogo Anton Makarenko en los inicios de la Unión Soviética. En ellas convivían miles de niños y jóvenes “problemáticos”, que de alguna manera carecían o se habían alejado de sus núcleos familiares. Las granjas de Makarenko fueron una combinación de albergue, hospicio, escuela y unidad productiva.
En la mayor de ellas, ubicada en los alrededores de la ciudad de Jarkov, habitaron cerca de tres mil jóvenes de ambos sexos, alojados en veinte grandes cabañas con todos los servicios y cuyos nexos familiares tradicionales habían sido substituidos por los de la colectividad. Los condiscípulos funcionaban como hermanos y los tutores como padres. Al principio, el experimento parecía querer naufragar, pues la dureza de las condiciones y la severidad de los mentores deslizaron el concepto hacia el de un reformatorio y muchos de los internos acabaron desertando.
Las cabañas habían sido distribuidas según el índice de conflictividad de los muchachos, y el régimen en cada una quedaba un poco al arbitrio de los responsables, mientras que la autogestión se había visto muy reducida en algunas de ellas, y las medidas disciplinarias se había ido endureciendo.
Para unificar el sistema suprimieron índices. Veinte instructores con atribuciones menos estrechas lograron liquidar esos vetustos arquetipos. Y modificaron el talante represivo antes existente. Desde entonces una nueva alternativa levantó ámpulas.
Dicha alternativa consistía en que los integrantes no abandonaran la granja al alcanzar la madurez y permanecieran en ella, constituyendo así una especie de “megafamilia” comunitaria y permanente. Ello fue demasiado para el neoconservadurismo de la bisoña nación socialista. La propuesta de Makarenko fue, pues, abortada, y no se volvió a retomar.
Lástima. El “nuevo hombre” surgido del nuevo régimen lo fue en más de un sentido, pero por lo visto, los nuevos nenes fueron obligados a seguir acurrucados en el regazo. De Mamushka.
Marcelino Perelló
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