24 de Febrero de 2016
En esta semiserie que me he propuesto dedicar a las grandes y violentas provocaciones que han intentado, y a menudo logrado, trastocar la historia, ya han aparecido los barcos. Le conté cómo el ataque japonés a la bahía hawaiana de Pearl Harbor sirvió de pretexto, fabricado o no, para que el gobierno de Washington se decidiera por fin a declarar en 1941 la guerra al Eje, convirtiéndola así en la más mundial de todas.
Hoy va otra vez de gringos, de barcos y de guerras. Sólo que en un tiempo anterior y en una escala menor. No obstante, sus consecuencias y resonancias fueron, a mediano y largo plazo, de trascendencia no desdeñable. Es un episodio mucho más transparente, y en esa medida desvergonzado e ilustrativo, que el de aquel archipiélago del Pacífico que tendría lugar casi medio siglo después.
En febrero de 1898 el acorazado Maine de la armada estadunidense voló en pedazos cuando se encontraba amarrado en el puerto de La Habana. En esa ocasión murieron más de 200 marinos de los que se encontraban a bordo. La explosión y consecuente hundimiento del navío fueron utilizados para desencadenar en Estados Unidos una furibunda campaña en contra de España, que aún ejercía su poder colonial sobre Cuba, y finalmente declarar la guerra al agonizante imperio hispano.
En efecto, aquel emporio “sobre el que nunca se ponía el sol” había sido reducido a su mínima expresión, hecho añicos. La práctica totalidad de las colonias americanas, africanas y asiáticas habían ya declarado su independencia.
Estados Unidos no podían desaprovechar la descomposición del gobierno de Alfonso XII. Siguiendo al pie de la letra la Doctrina Monroe del Destino Manifiesto y resumida en el “América para los americanos” decidieron primero apoyar y después cooptar los movimientos insurgentes de las islas. América, el continente, debía ser de los americanos, sí; pero con la salvedad de que con estos últimos se referían, como hasta la fecha, exclusivamente a ellos mismos.
Hacía exactamente medio siglo que ya se habían apoderado de la mitad del territorio mexicano. Las mismas pretensiones les habían fallado con los canadienses británicos. Esta vez la presa no podía escapárseles. La mayor de las Antillas no poseía grandes recursos económicos. Ni siquiera había petróleo. Pero su importancia cultural y geopolítica, en la boca misma del Golfo de México, la convertía en un objetivo codiciado.
El movimiento liberador cubano era especialmente vigoroso, y había contado con figuras señeras al frente como Máximo Gómez, Antonio Maceo o el mismísimo José Martí. Existía incluso un gobierno alterno y opuesto al de la Capitanía Española, llamado el de la “Cuba en armas” que se proclamaba republicano.
Sin embargo, pese a sus victorias militares y diplomáticas no habían conseguido desembarazarse del yugo colonial. Las concesiones hechas por Madrid, entre otras el otorgarles representación parlamentaria en las Cortes de la metrópoli, habían sembrado confusión entre los opositores. La mesa estaba servida para que se estableciera una alianza entre los independentistas y el gobierno de Washington.
Este último empezó a financiar y avituallar a los rebeldes con decisión, a pesar de que las intenciones de unos y otros eran muy distintas. Los gringos iban por la anexión, mientras Cuba en armas no estaba dispuesta a ceder un ápice en sus aspiraciones emancipadoras. Ante las pretensiones imperialistas, el general Maceo llegó a declarar: “Creo que esa sería la única forma en que mi espada estaría al lado de la de los españoles...”.
La situación se encontraba estancada y se prolongaba el statu quo. La opinión pública estadunidense parecía harta del costo y el desgaste que representaba el apoyo a los insurgentes, sin que se vieran grandes progresos.
Pobres resultados insinuaban maquinaciones algunas veces exigiendo recursos amañados. Muchos inversionistas vacilaron indecisos, anticipando más endeudamiento manifestaban escepticismo. Resolvieron entonces buscar rápidamente otra táctica efectista mediante operaciones subrepticias.
Y esa táctica reclamaba una provocación suficientemente grave y estrepitosa que justificara la declaración formal de guerra a España y la intervención militar directa. El Maine fue enviado a Cuba en enero de 1898, sin la venia de las autoridades españolas, en abierto desafío, con el pretexto de velar por los intereses de la colonia estadunidense radicada en la isla.
Tres semanas después una parte del acorazado volaba por los aires y otra parte se hundía en las aguas del puerto. Los españoles, obviamente, fueron considerados responsables y la histeria antihispana, encabezada por el magnate William Randolph Hearst, cundió a través de todo el territorio de la margen izquierda del Bravo. El resultado fue el previsto y ya lo conoce usted: en abril se declaró formalmente la guerra.
El desenlace final, sin embargo, no fue el esperado. Los españoles fueron derrotados y expulsados de Cuba, pero los gringos no consiguieron doblegar del todo a los cubanos, que, aunque gravemente hipotecados política y económicamente, consiguieron declarar la República independiente en 1902.
A diferencia de otras maniobras sucias, la voladura del Maine, a pesar de haber cumplido su propósito, fue desvelada en 2002. El desastre no se había debido a una mina sino a una explosión interna en la santabárbara del buque. Los técnicos no supieron establecer si había sido intencional o accidental. Los técnicos no, pero usted y yo, preclaro lector, sí. Sin asomo de duda.
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