sábado, 13 de mayo de 2023

La mochitanga

 


  15 de Marzo de 2016  


Da igual. El significado del juego en sí tal vez es obscuro, pero el de la democracia con la que lo compara es del todo transparente. Por demás está decir que en ese punto coincido plenamente con la apreciación del cacique huasteco. He dicho y repetido que la mentada democracia será muy cratos pero muy poco demos. Mucho poder pero muy poco pueblo. Se trata de un gran engañabobos. Cita por cita, se atribuye a Talleyrand la de “no hay peor tiranía que la de la mayoría”, apotegma agravado por los mecanismos que entran en juego para hacerse de tal mayoría. En México tenemos la fortuna de haber acuñado el término que desvela toda la triquiñuela: el “mayoriteo”. No puede ser más exacto.

De hecho la propaganda política y la publicidad comercial son hermanas gemelas. Más que gemelas, siamesas. Y los procedimientos por los cuales cada una seduce, conquista y se agencia clientes son del todo análogos. Las mismas mentiras, los mismos edulcorantes. Y la misma vaselina para que eso penetre más fácilmente. Las dictaduras no son mucho mejores, lo reconozco, pero tienen la ventaja de ser menos hipócritas. Una de las manifestaciones más ilustrativas del carácter ficticio de la democracia se está produciendo desde hace semanas y lo seguirá haciendo durante meses, entre nuestros vecinos de septentrión. Resulta, oh paradoja, que el más detestable de los precandidatos es, al mismo tiempo, el menos retorcido. Muchas cosas podrán reclamársele a Mr. Trump, excepto el que tenga pelos en la lengua.

El pintoresco Donald ha dicho muchas sandeces, pero también se han dicho muchas sobre él. Sería necesario, si no fuera inútil, poner y quitar pesas en ambos platillos de la balanza. La historia, esa del famoso muro, por ejemplo, debería ser aquilatada con ecuanimidad si no fuera una fantasía delirante y ridícula. Sería una bendición, para no ir más lejos, impedir el tráfico de estupefacientes hacia el norte y el de armas hacia el sur. Gran parte de los graves problemas que aquejan a nuestro país se esfumarían.

Lo terrible es que al mismo tiempo se impediría la migración masiva de trabajadores indocumentados hacia la margen izquierda del Bravo, lo cual constituiría, y eso lo sabe Trump, una auténtica catástrofe para las sociedades yanqui y mexicana y su sendas economías. En efecto, los gringos no podrían prescindir de la mano de obra baratísima que los mojados les ofrecen, y por otro lado nosotros no sabríamos qué hacer con ellos si efectivamente los obligaran a regresar. Sería una doble hecatombe. Es preciso defender a cualquier precio la ilegalidad. Apuntemos, sin embargo, que únicamente una parte de la población estadunidense se ve beneficiada con la presencia de la población ilegal. Los trabajadores y empleados locales, así como los inmigrantes legalizados obviamente no ven con buenos ojos que se dejen venir auténticas cohortes de miserables dispuestos a realizar el mismo trabajo que ellos, a mitad de sueldo, sin prestaciones ni seguridad social. No pueden no verlo como una competencia desleal.

De ahí buena parte de la relativa popularidad del bufón. No obstante, para todo el mundo debería quedar claro que la propuesta de Trump es del todo irrealizable. Mera verborrea escénica para goce de la galería. Es absurdo lo que dice y es absurdo que haya quien no lo considere absurdo. Y más que absurdo es irrisorio que las autoridades mexicanas se lo tomen en serio, le respondan y le otorguen un crédito y un rango que de ninguna manera merece. Penoso.

Figuras estrambóticas han poblado el paisaje político de todo el mundo y en todas las épocas. Desde Calígula que invistió cónsul a su penco Incitatus, hasta Abdalá el cómico ecuatoriano que llegó a presidente, pasando por Idi Amín Dadá que se nombró rey de Escocia, o Boris Yeltsin que gustaba ponerse hasta las cachas y bailar rock.

Políticos extravagantes raramente rehúsan intervenciones teatrales o sarcásticas. Vuelven inesperada cada aparición tornando irresistible esa notoriedad emperifollada de ocurrencias socarronas. Detentan el poder en las ocasiones sombrías.

Sin embargo, ese no parece ser el caso hoy en Estados Unidos. Por dignos de consideración que realmente puedan ser algunos de los exabruptos de Donald Trump, no deben ser vistos ni valorados sensatamente. Su único papel es el de hacer un poco más presentable, conveniente y convincente el triunfo de la más bien insulsa madame Clinton. Ser mujer está de moda en el mundo, es cierto. Pero ni siquiera así el pobre Bill volvería a habitar la Casa Blanca, esta vez como “Primer Caballero”, si no fuera gracias al palero-patiño-comparsa de su esposa. La cosa no deja de ser divertida, reconózcalo pícaro lector. Veamos si el Salón Oval no vuelve a hacer de las suyas.

Lo dicho: mera mochitanga, Don Gonzalo.


Marcelino Perelló


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