lunes, 22 de mayo de 2023

Los mentores


  10 de Febrero de 2016  


El término “educación media” es inconveniente, claramente confuso. Parece remitir al de “media educación” o “educación mediana”. Y no es ninguna de las dos cosas. Al contrario, la formación escolar que se recibe en la adolescencia es la verdadera educación superior. Es la central, la medular, la piedra angular de todo el edificio cultural y profesional.

El profesor de primaria, el enseñante de niños, sin dejar de tener una responsabilidad indiscutible, participa menos en el proceso de formación propiamente dicha del pupilo. Está a medio camino entre el cuidador y el sustituto de la atención parental. Los conocimientos que transmite son, no por imprescindibles, menos elementales. Constituyen los cimientos de la edificación posterior, pero no la determinan.

La educación infantil posee relativamente pocos márgenes. Puede llevarse a cabo de peor o mejor manera, claro, pero a fin de cuentas el maestro no tiene demasiado para dónde hacerse. Sus clientes no podrán entender demasiadas sutilezas ni profundidades. El profesor de primaria algo tiene de entrenador. Entrena cachorros.

En el extremo opuesto, el catedrático a nivel profesional es ante todo un transmisor de conocimientos, un informador. Si usted quiere, un “preparador”. Cuando el estudiante llega a la universidad ya está hecho, preparado, listo. Es, para que nos entendamos, la masa de las tortillas o de la pizza. Hay que cocerla, eso es todo. Pero si no está en su punto, todo esfuerzo será inútil.

Así, pues el núcleo del proceso constitutivo del sujeto adulto, del ciudadano y del profesionista, se da entre los 12 y los 18 años. Después de la pubertad y antes de la guerra. No porque sí es la etapa más gozosa y conflictiva del desarrollo del individuo. Difícil para él y para quienes lo rodean. Padres y maestros, hermanos y amigos.

El florecimiento implica necesariamente la explosión, el desgarramiento del cáliz, de la coraza que había permitido la gestación del esplendor de colores y aromas. Todos somos orugas y crisálidas, y todos tejemos capullos. Y rasgarlos no puede no ser doloroso y problemático.

Según Freud en esos años precisos, los de la pubertad, termina lo que él llama la etapa de latencia y se inicia el acceso a la condición plena de sujeto, con todas las connotaciones del caso, sexuales y sociales incluidas. Es el momento en que el niño/joven deja de considerar indiscutibles a sus progenitores. Y los discute. En buena medida se enfrenta a ellos. De judío a judío, de genio a genio, será Marx el que en su dialéctica hablará de la “negación de la negación” y de la “lucha y unidad de contrarios”.

Es en ese instante preciso y delicado que aparece el maestro mal llamado de secundaria. No sólo entra al relevo e irrumpe en esa armonía familiar fracturada, sino que debe lidiar ya no con un cachorro travieso sino con una fiera tan agresiva como irresistible. Ya no es el entrenador de los años anteriores. Será el domador. Al mismo tiempo cómplice, modelo y patrón, en todos los sentidos, que son muchos, de los términos.

Uno es sus maestros. Y cuando digo maestro me refiero en primerísimo lugar a los de secundaria y preparatoria. Los de antes y los de después son los verdaderos secundarios. Lo he dicho más de una vez, y cada vez que tenga chance lo repetiré. De hecho, a medida que envejezco, cada vez lo tengo más claro y tengo más ganas de decirlo. Afortunadamente soy profesor universitario y mi responsabilidad es menor.

Las cosas van más allá. En francés queda más claro: maitre significa a la vez maestro, guía, director y amo. El maitre d’hotel es el “capitán” de un restaurante, mientras que el “jefe”, el chef, es el cocinero. De manera que el enseñante de ese periodo es más maitre que maestro. Elijo, para desmadejarlo, hablar de mentor.

Y el mentor transmite, no sólo comunica. Y esa transmisión, si cumple su papel, acompañará al receptor el resto de su travesía vital. No son conocimientos los que están en juego. No en primer lugar. Son valores. Está bien saber algo de historia y de química. Y saber resolver ecuaciones de segundo grado. Pero aquí entre nos le servirá de bien poco al futuro adulto. Lo que sí sirve es otra cosa.

De manera que aquel preceptor que se limite a “cumplir el programa”, a dejar pasar a unos y detener a otros como cadenero de discoteca, algo habrá aportado, pero habrá renunciado al gran privilegio que el destino le ha ofrendado.

Profesores rutinarios existen sin ocasión de ejercer estrictamente la labor académica. Viajan imbuidos con aquella mediocridad espiritual ocupando cátedras únicamente para acreditarlas, meten el hombro anteponiendo buenas intenciones tristemente anodinas.

El primer gobierno estable de la Revolución Mexicana no sólo decidió cambiar el nombre de los ministerios a secretarías, sino que, mucho más importante, decidió llamar “educación” a lo que antes se denominaba “instrucción”. Otro sentido, otra órbita. No es un simple juego de palabras. Estar a la altura del nuevo propósito no está al alcance de todos. Está en manos únicamente de los mentores, de los verdaderos, magníficos, imprescindibles e insustituibles mentores.

Marcelino Perelló

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