viernes, 19 de mayo de 2023

Por qué no soy cristiano

 



  23 de Febrero de 2016  


La cuarta de sus características la dejaré, por el momento, de lado (intrincada cuestión, aunque no excluyo que, hablando de otras cosas, me decida a abordarla). El Russell matemático es sencillamente maravilloso. Se ocupó principalmente de la lógica y los cimientos sobre los que se edifica esa construcción alucinante, y los trastocó de manera tan brutal como impecable. Leerlo y pensarlo es una aventura vertiginosa, que además de una perspicacia excepcional reclama un valor a toda prueba. El Russell activista no cejó ni un momento en la defensa irreductible de los principios de libertad e igualdad que él consideraba justos. Fue así que a mediados de los sesentas fundó el Comité Russell contra los crímenes de guerra que el ejército gringo cometía en Vietnam. Su enorme prestigio y su incansable compromiso convirtieron al Comité en un elemento esencial de la movilización mundial contra ese atropello. Movilización que finalmente jugaría un papel central en la derrota de los invasores imperialistas.

De hecho fue del Comité Russell de donde surgirían, primero la organización Amnesty International, y después el concepto mismo de esas miles de ONG’s que hoy pueblan el mundo. ONG’s que a fin de cuentas han sido fagocitadas por el poder y contribuyen a acentuar los males que dicen combatir. Pero de eso nuestro Bertrand no tiene la culpa.

La reciente y estridente visita a México del Papa de Roma, me hizo inmediata e inevitablemente evocar al pensador de Gales. Entre otras muchas cosas Russell fue un anticlerical combativo e irredento, y escribió multitud de ensayos demoledores en contra de las creencias religiosas.

En particular, y como buen matemático, puso de relieve no las  divergencias que el pensamiento eclesiástico levanta frente a otras cosmogonías, sino precisamente las discordancias internas e irresolubles al interior de cada uno de los paradigmas dogmáticos.

La presencia de Francisco en México, en efecto, me obliga a plantear hasta qué punto sus seguidores lo son también de las enseñanzas del nazareno fundador del cristianismo, y de qué manera enfrentan y resuelven sus flagrantes contradicciones. Entre otras, me conmueve e indigna esa fotografía difundida en los medios y que muestra a algunos indios chiapanecos —junto a más de un tira— adorando a El Güero Velasco, escoltado por su dulce Anahí a diestra y el Papa de Roma a siniestra. Si le gustan las imágenes obscenas, morboso lector, puede verla en http://alexdroid69.tumblr.com/post/139464170946/  Execrable. Intolerable.

Todo ello, pues, me hace recurrir a los textos cortantes y despiadados de Bertrand. En la conferencia del 6 de marzo de 1927, en el ayuntamiento de Battersea, y que tituló Por qué no soy cristiano, entre muchas otras cosas, dejó claro que la doctrina que emerge de El Nuevo Testamento, en todas sus múltiples lecturas, es prácticamente imposible de seguir y adoptar, con escasas, muy escasas excepciones. Vedada a las multitudes. El creyente lo es más por miedo que por convicción. Su fidelidad es temerosa y egoísta. Si dejara yo de creer perdería mis únicas agarraderas a una realidad huidiza y hostil. Es necesario que me afirme en lo inefable e indiscutible. Toda duda es pecado, me excluye y vuelve vulnerable.

Prestos a lacrar esa seguridad toda incertidumbre nos obscurece y oprime. Verdades insidiosas concitan angustia, objeciones básicamente válidas infunden ofuscación, mientras incuban odios delirantes a los impíos sin consideración alguna.

Russell pone el dedo en la llaga, en el costado derecho del Redentor, mediante cuatro ejemplos. Sólo cuatro, muy fácilmente contrastables con la realidad. Dolorosamente contrastables y corroborables, diría yo. En particular, y para no ir más lejos, durante los seis interminables días que duró la peregrinación papal.

Afirma el implacable filoso(fo) que Él dijo, “No hagais resistencia al agravio, y si alguno te hiriese en la mejilla derecha, vuelve también la otra” no es un precepto nuevo. Lo usaron Lao-Tse y Buda quinientos años antes de Cristo. Este principio no lo aceptan los cristianos. Estoy convencido que el señor Stanley Baldwin, nuestro Primer Ministro, es un cristiano sincero, pero no le aconsejo que vaya a abofetearlo. Me temo que para él dicho texto tiene un sentido meramente figurado.

Otro apotegma encomiable del Cristo es aquel de que “No juzgueis a los demás si no quereis ser juzgados”. No creo que tal principio sea muy popular en los tribunales de los países cristianos. Al igual que el de “Al que te pide, ofrécele, y no le des la espalda al que pretenda de ti algún préstamo”. Notable. Notable y del todo arrinconado.

La mejor de todas, sin embargo, es la máxima en la que Él conmina “Si quieres ser perfecto anda y vende cuanto tienes y lo que obtengas dáselo a los pobres”. Excelente, admirable, pero me temo que no se practica mucho.

Aunque los considere magníficos, yo no presumo de seguir dichos preceptos. Russell tampoco. Pero ni él ni yo somos cristianos, a lo mejor por eso mismo. Un cristiano en cambio sí debería acatarlos. Supongo que en ello reside la Fe auténtica. Han de ser muchos, muchísimos, los que lo son únicamente de dientes para afuera.

Es decir, la cuestión es hasta qué punto los sedicentes católicos lo son en realidad. Hasta qué punto el propio Francisco es fiel a la palabra y obra del Hijo del Hombre, del que se dice representante. No me queda claro. En absoluto.


Marcelino Perelló

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