sábado, 20 de mayo de 2023

La felicidad de las abejas

  17 de Febrero de 2016  


Retomo hoy la semiserie que dedico al mundo de las abejas, y que dejé estacionada algunas semanas, cuando otros asuntos que me parecieron inaplazables reclamaron su presencia en este espacio. No está mal recordar que las cosas urgentes no son siempre las más importantes. De hecho, pocas veces lo son.

Así pues, al dejarme fascinar por esos bichitos voladores y la “inteligencia” y “eficacia” con la que estructuran su quehacer de seres vivos y las reglas de sobrevivencia y convivencia que se imponen, me ha sido imposible no comparar nuestra propia sociedad, la de los humanos, con la de tales heminópteros. Y contrastar nuestros continuos tropiezos con su definitiva armonía.

Ello no quiere decir, de ninguna manera, que una comunidad bien organizada sea necesariamente deseable. Para empezar, deberíamos discutir qué debemos entender exactamente por “organización” y por “deseo”. No es fácil.

No son pocas las propuestas, algunas meramente literarias, otras teóricas y otras más llevadas a la práctica, de sociedades humanas estrictamente normadas. En el mundo de la ficción existen dos categorías, similares y al mismo tiempo opuestas, que han dado frutos apetitosos, jugosos y hermosos, tanto en una dirección como en la otra.

Hemos optado por llamar “utopía” a aquellas fantasías futuristas que imaginan un mundo mucho más vivible y placentero que el nuestro. El término procede, como usted sabe bien, soñador leyente, del texto del gran provocador inglés Thomas More, castellanizado como Tomás Moro, y que vivió y escribió precisamente en la mera génesis del Renacimiento, a caballo de los siglos XV y XVI. De hecho, su obra constituye, junto con El elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, uno de los hitos fundacionales del fenómeno renacentista literario filosófico.

Una de las más bellas muestras del ideal utópico, sin embargo, no es un relato propiamente dicho, sino una bellísima canción basada en el texto del poeta francés Roger Fernay, al que el gran músico, alemán y comunista Kurt Weill puso las notas y los acordes: Youkali. Se trata de una auténtica perla del género, aunque el desenlace no sea el esperado (no voy a cometer aquí la impertinencia de incluir un spoiler que le revele ese final y le eche a perder la intriga del embriagante poema).

Confrontadas con las utopías existen las ucronías. Si a u-topía se le quiere dar el sentido de “en algún lugar”, las u-cronías significarían “en algún momento” o “en algún tiempo”. En este caso se trata de imaginar mundos futuros opresivos o aterradores. Aunque el género es muy antiguo, no fue homologado sino en el siglo XX, acuñando el término.

La más célebre de todas posiblemente, es El mundo feliz, de Aldous Huxley. También, por supuesto, el 1984 de George Orwell, en el que una dictadura feroz mantiene sojuzgados a los súbditos, permanentemente vigilados hasta en los más estrechos rincones por cámaras monitoreadas. El amor está, por supuesto, terminantemente prohibido. Tranquilo, amigo mío. Tampoco aquí voy a spoilear.

Así pues, la organización social puede llevar tanto al jardín de las Hespérides como a la pesadilla. No es fácil concebir un sistema que resuelva las contradicciones inherentes a la condición humana. Ser bueno acostumbra a resultar malo.

Poner un ejemplo siempre suscita inquietudes, trae reparos implícitos sobre todo entre semejantes. Los otros suelen tener reservas en seguirlo. Manías individuales vuelven imposible nutrir ópticas lucidas limitando el gregarismo animal.

Deberíamos preguntarnos, pues, qué tan felices y satisfechas están las abejas y los zánganos. Pero me temo que dicha cuestión quedará eternamente en el aire. El bienestar y la dicha son problemas exclusivamente nuestros y no podremos encontrar soluciones en los recovecos de los panales.

 

Marcelino Perelló

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