viernes, 12 de mayo de 2023

El sabor de la miel

 



  16 de Marzo de 2016  


El propio Karl Marx reconocía que el término “comunismo”, que utilizó para definir el movimiento que fundó y encabezó, no lo acababa de convencer. Hubiera preferido, aseguraba, el de “socialismo”, que reflejaba con más exactitud su proyecto. En efecto, era la sociedad en su conjunto la que él oponía a las motivaciones individuales, familiares o de clase.

Sin embargo, le preocupaba que la denominación ya era utilizada por los pensadores y activistas anteriores y que él definía como “socialistas utópicos”, entre los que había nombres tan destacados y prestigiosos como los de Fourier, Saint-Simon, Owen o Proudhon. Su inquietud casi obsesiva por diferenciarse de los anarquistas contemporáneos, y muy en particular de Nicolás Bakunin —con quien, a pesar de todo, acabaría concurriendo en Londres en la Primera Conferencia Internacional de los Trabajadores de 1864— lo hicieron optar a regañadientes por el concepto de “comunidad” que no acababa de encajar en el de sociedad.

Ello, no obstante, permitió y abrió las puertas a una reflexión muy interesante, fértil y amplia sobre las formas de organización social, más allá de los márgenes difusos y a la vez estrechos que la noción de sociedad imponía. En particular posibilitó la consideración de estructuras primitivas, estrictamente “presociales”, de donde acabaría brotando, por una parte, el brillante análisis del materialismo histórico, el estudio de la evolución de las formas familiares antiguas, de la mano de Lewis H. Morgan, y su proyección sobre el plano social. Además, y éste no es un aspecto menor, el nuevo significante también invitaba a considerar las formas del comportamiento gregario de otras especies animales que de alguna manera aludían al proyecto comunitario humano. Por demás está decir que dichas especies fueron mucho más ilustrativas en el caso de los heminópteros, abejas, avispas y termitas, que desde la más remota antigüedad ya habían interesado y fascinado a los estudiosos. Con el propósito de acercarse a los fenómenos de la horda, la tribu y el clan, fueron objeto de atención, sin duda, las especies de grandes mamíferos, etiológica y filogenéticamente mucho más cercanas al hombre. También las aves, en otro sentido, más “asociativo”. En particular los ánades y sus conductas familiares y migratorias. La visión “comunitarista”, sin embargo, llevaba a prestar mucha mayor atención a las formaciones entomológicas, con toda la carga de “altruismo”, “colaboracionismo” y “disciplina” que las caracteriza. La dicotomía que opone el individualismo feroz de la sociedad capitalista a la generosidad colectiva y compartida del pensamiento cooperativista, socialista y comunista, encontraba un modelo harto atrayente y edificante en los bichitos de seis patas.

Démonos cuenta que ahí reside toda la cuestión: individuo vs. colectivo. En términos hegelianos y del propio materialismo dialéctico marxista son las llamadas “unidad y lucha de contrarios” por una parte, y la “negación de la negación” por otra. De qué estímulo vivencial predomine dependerá el sentido en el que se inclinará la balanza.

La óptica tomista del instinto conservador de la especie no resuelve el enigma. Tanto la pulsión egocéntrica y egoísta como la asociativa y solidaria garantizan, ambas, la sobrevivencia estricta. La diferencia estriba en el “modo” en que tal objetivo es alcanzado. Y el quid de esa diferencia reside en valores de otra índole, ligados sin duda al principio del placer y del goce; de la satisfacción y la realización. Bien es cierto que a mediados del siglo XIX, cuando florecen las teorías sociales revolucionarias, todavía queda lejos el estudio de la sique y del inconsciente que guiará el deseo y su cumplimiento. El abordaje de las pasiones, de manera sistemática, y que había sido interrumpido después de la deslumbrante eclosión de la Grecia clásica, está aún en pañales. Marx antecede a Freud. O dicho con más precisión, el brujo vienés llega tarde, y eso lo complicará y lo sigue complicando todo.

Mientras tanto, tan conchas ellas, las abejas mantienen inmutables sus reglas y hábitos milenarios. Se trata de una sociedad que no evoluciona, lo que no puede no llamar la atención. Pero, cuidado, no simplifiquemos lo que no es simple. Existen más de veinte mil especies dentro del género apis, y cada una tiene características diferenciales en todos los planos. Las conductas y las respuestas a las contingencias del entorno pueden variar muchísimo.

El gran entomólogo alemán August Pollmann, antes de la muerte de Marx ya había establecido que las normas de convivencia, el enfrentamiento endógeno y exógeno de las dificultades, y el comportamiento pacífico o agresivo de ciertas colonias de abejas podía ser asombrosamente variable.

Pollmann obtuvo nuevos grupos al subdividir especies, asentando la tipología inherente revisó obsolescencias. Al hacerlo inmediatamente los estudios volviéronse oportunos y Maeterlinck incluso violos indispensables.

A tal punto que la abeja Apis mellífera carnica identificada por él, a diferencia de las otras subespecies, constituía una sociedad especialmente inédita y atractiva, de conducta y eficiencia conjugadas, y que no podía no ser imaginada como un posible modelo a seguir por el género humano.

En la entrega anterior me preguntaba yo, que es una manera de decir que le preguntaba a usted, sagaz lector, si podríamos hablar de la “felicidad de las abejas”, elongando conceptos de modo sin duda abusivo. El descubrimiento de Pollmann y sus pequeñas, plácidas, armoniosas, diligentes y aparentemente contentas amigas, nos permite y autoriza con un poco más de ilusión el pensar que el viejo Karl y toda esa runfla de soñadores no iban del todo errados, y que a lo mejor deberíamos volver a tomarnos en serio la idea de empezar a construir panales y a constituirnos en colmena.

Marcelino Perelló


No hay comentarios:

Publicar un comentario