05 de Abril de 2016
La expresión mass media, que derivó simplemente en media, medios, es suya y la acuña, precisamente, en ese texto. Así, según el deslumbrante canadiense, la evolución de la sociedad contiene seis etapas.
La primera, en la más antigua de las prehistorias, es aquella en la que aún no surge la lengua hablada propiamente dicha. Ésta no aparecerá sino hace unos 100 millones de años y durará hasta hace 10 mil cuando aparece la escritura. La cuarta etapa la protagoniza, precisamente, la aparición de la imprenta y la posibilidad de reproducir escritos de manera ilimitada. Tal descubrimiento, a mediados del siglo XV, representa el prodromo del Renacimiento y el inicio de la cuarta etapa.
La quinta la señala la irrupción de la radio, en la segunda mitad del siglo XIX y su difusión masiva en el XX. Y la sexta, que constituye el desencadenante de la reflexión macluhiana, es el advenimiento de la televisión en la última posguerra a mediados del siglo XX.
La séptima, ay, no alcanzó a conocerla. Y se trata de la entrada en escena de la computación, internet, las redes sociales, los smartphones y todo el menjurje. Yo habría dado un ojo de la cara para tener el privilegio de conocer el estudio y las reflexiones del insustituible Marshall sobre este nuevo y avasallador medio.
Y es que, dejémoslo claro, la óptica de McLuhan no es una simple compartimentación inocua de la historia, sino que cada medio marca de manera ineluctable e indeleble todas las otras variables de la correlación social. Lo que Marx hizo a partir del desarrollo de los medios de producción, el pensador de Edmonton lo elabora a partir del de los de comunicación.
A esta altura, no cabe ninguna duda de la pertinencia de su abordaje. Hoy en día, nadie cuestionaría el papel nodal de la internet en la política, la economía y la cultura contemporánea, a nivel planetario. El concepto mismo de “globalidad” es sólo posible gracias a la web.
Las posibilidades que tal instrumento poderosísimo, al borde de la magia ofrece, no han dejado de despertar el entusiasmo de muchos. Permítame decirle, caro lector, que yo no me encuentro entre ellos. Me muevo, pajareando, entre la cautela y el pesimismo. Los canales de comunicación se han multiplicado exponencialmente, cierto, pero me temo que la cantidad de información que circula por ellos no sólo no ha aumentado sino que se ha visto sepultada por el alud de interferencias, de “ruido informacional”.
Se dicen muchas mentiras. Y muchas pendejadas. Muchísimas. Y tales falsedades, exageraciones, mistificaciones y mamadas encuentran un eco formidable, que ni en el Gran Cañón. Son replicadas una y otra vez, ad infinitum, y paso a paso se van desnaturalizando aún más, hasta llegar a extremos definitivamente grotescos, pero no por ello menos compartidos.
Ese mismo fenómeno ya lo había detectado McLuhan en las etapas anteriores, con énfasis especial en la de la radio y en la de la televisión. La entropía, es decir el desorden, crece de manera irreversible. Ésa es la segunda ley de la termodinámica que encuentra su símil perfecto en la teoría de la información. Ya decía el inolvidable Trespatines que su radio tenía mal el amplificador, pues lo exageraba todo.
Ello tiene que ver con esa histeria colectiva de la que le hablé la semana pasada y de la que somos víctimas no sólo los mexicanos. El tremendismo y el catastrofismo se han apoderado de los espacios noticiosos públicos y privados. Los infundios y las insidias florecen y fructifican, tanto en primavera como en verano. Verdaderos y ácidos limoneros.
Las redes sociales se han convertido —de hecho nunca dejaron de serlo— en terreno abonado para, por una parte, la “denuncia” obsesiva, cual obligación mística, devota y monacal. Sea justa o falsa, eso es lo de menos. El amarillismo cunde. Sufrimos una auténtica epidemia de ictericia maligna. Mucho peor que la de la influenza o el zika. Con el agravante de que éstas dos se curan. A veces.
Y por otra parte, para lanzarse a la descalificación, las imputaciones y el linchamiento, sin precaución alguna. Tales autos de fe, me temo, no son inocentes. Es muy sencillo para alguien con el dinero o el poder suficiente, que no precisa ser mucho, para administrar 300 o 400 cuentas falsas y trollear dos o tres redes. Con eso basta para volver viral cualquier patraña. Y ya lo decía Beaumarchais: “Calumnie, calumnie. Siempre quedará alguna cosa”. Y es muy fácil confundir las acusaciones legítimas con las espurias.
Porque el resultado de infamar muestra otras secuelas. Mientras insultos mendaces indican violencia implícita, no obligatoriamente los epítetos hirientes acarrean connotaciones estigmáticas. Numerosas opiniones se limitan a poner en liza argumentos nimios.
Anteayer mismo, con gran estridencia, se hacen públicos los Papeles de Panamá, en los que se acusa de malos manejos financieros a un centenar y medio de personalidades del mundo entero. Y usted y yo no podremos no preguntarnos si tales cargos son fundados o corresponden a alguna tan compleja como implacable maniobra contra alguien en particular, aderezada, claro, de manera conveniente.
Y para respondernos, amigo mío, no tendremos más remedio, como tantas veces que, en prudente e inevitable silencio, encogernos de hombros. Que las redes hablen, es su tiempo. La séptima etapa.
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