29 de Marzo de 2016
En Veracruz se dice que desaparecieron, de manera inexplicable (como en todas las desapariciones), tres jóvenes que vienen a añadirse a aquellos cinco de semanas atrás y cuyo caso está lejos de haber sido dilucidado. Se dice que estos últimos habrían sido secuestrados por policías estatales. Algunos de ellos ya han sido detenidos, convictos y confesos, sin que se haya establecido el móvil del crimen. Y digo crimen porque el cuerpo de uno de los levantados ya fue hallado e identificado. De los otros cuatro —ahora siete— aún no se sabe nada.
En el litoral opuesto, precisamente, en el puerto de Acapulco, el número de homicidios y asaltos se ha brutalmente disparado (nunca mejor dicho). Se habla ya de más de un centenar de asesinatos en las últimas dos semanas. Y ello a pesar de la presencia de la enorme cantidad de policías y militares de todos los ámbitos desplazados hasta ahí. A pesar de ellos o debido a ellos, quizás debí decir. Ya no sabe uno.
El caso es que desde hace, por lo menos, un decenio nuestro país se ha vuelto escenario de una multitud exorbitante de delitos de sangre, muchos de ellos asociados a secuestros y extorsiones. Las cifras bailan y es cada vez más difícil escoger a cuáles otorgarles crédito. En estas mismas páginas, Martín Moreno habló de 55 mil homicidios en los primeros 19 meses de este sexenio. Lo cual, si las matemáticas no me fallan, da una tasa de 29 muertes por año por cada 100 mil habitantes.
A su vez, la agencia de Carmen Aristegui da, para el mismo periodo, un promedio de dos asesinatos por hora en todo el país, lo que, recurriendo siempre a la fiel y confiable aritmética, da la cifra de 15 decesos por año por 100 mil habitantes. Es decir, casi la mitad de lo asegurado por Martín. Reconocerá usted, agudo lector, que la diferencia no deja de ser desmoralizante y sorprendente, sobre todo tratándose de Carmen, que no haría esfuerzo alguno por maquillar la cifra.
Desconcertado, me lanzo en busca de datos menos elásticos y me sumerjo en las aguas turbias de las estadísticas. El resultado, ya lo adivina usted, no es en absoluto satisfactorio. En particular, sin embargo, la cifra que aparece con más frecuencia y, por lo tanto, suena más verosímil es la de 21 asesinatos por año por 100 mil habitantes. Al menos, esto es lo que afirma el portal de BBC Mundo que se basa en el informe de la Agencia de la ONU para las Drogas y Crímenes, en su Estudio Global sobre Homicidios. Ambos de 2014.
Tal vez a usted le interesará consultarlos directamente. Son análisis comparativos, relativamente creíbles y muy interesantes. Le paso los links.
El de la BBC: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/04/140408_onu_informe_homicidios_.... El de la UNODC es: http://crimisite.com/wp-content/uploads/2014/04/2014_GLOBAL_HOMICIDE_BOO....
Este último es muy prolijo y detallado, por lo tanto considerablemente largo, pero si de algo le vale mi consejo, dedíquele unas horas a leerlo y otras tantas a pensarlo. Me lo agradecerá. Es muy ilustrativo y se llevará usted, como yo, más de una sorpresa.
Entre ellas, por ejemplo, la de que a pesar del alto índice de crímenes en nuestro país, éste no es más que el décimo en nuestro continente. Por encima de nosotros se encuentran, entre otros, Brasil, Colombia y Venezuela. El dudoso honor del primer lugar lo ocupa Honduras con 90 homicidios por año por cien mil habitantes. Arriba de cuatro veces más que nosotros. Puta madre.
Son varias las conclusiones que de todo ello se pueden y deben extraer. En primer lugar habremos de admitir que a lo mejor la situación en México, siendo grave, está siendo, además, seriamente exagerada por los medios y por una opinión pública sedienta de sangre. A lo mejor. De ello hablaré la semana que viene.
Además, de los estudios en cuestión aparece que el índice en Europa es bajísimo y anda alrededor de las cinco muertes por año por 100 mil habitantes. Y que, además, está disminuyendo. Ello nos lleva a sopesar causas y efectos de toda índole. El nivel económico y cultural es determinante, por supuesto. Al igual que el vigor de los códigos morales de convivencia. Pero también lo es la eficiencia policiaca, demostrada con creces en los últimos ataques terroristas, cuyos autores fueron detenidos pocas horas después de cometido el atentado. La pregunta es si tal eficiencia es encomiable. Si se trata simplemente de reducir los índices delincuenciales la opción de aumentar la presencia y el poder de los cuerpos de seguridad es, sin duda, la correcta. Sin embargo, hay otros aspectos en juego.
Para resolver otras cuestiones la alternativa muestra ambigüedades. Vuelve inútiles consideraciones abordando el soporte moral invocado anteriormente, y legitima operaciones simbióticas entretejiendo relaciones amañadas. Sustentarlas implica emplear métodos policiacos resueltamente escabrosos.
La hipertrofia de los cuerpos de seguridad implica el control informático de la población y la infiltración masiva de los núcleos marginales y delincuenciales, a través, por ejemplo, de un auténtico ejército de soplones e informantes. ¿Es todo ello realmente deseable? ¿Se estarán acercando los europeos a la pesadilla de un 1984 tardío? Quis custodiet ipsos custodes, se preguntó con toda razón el clásico. ¿Quién vigilará a los vigilantes? Vamos viendo. Aguas.
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