jueves, 11 de mayo de 2023

El dedo y el atole


  22 de Marzo de 2016  


Hablo en el párrafo anterior de la “práctica” totalidad de los medios. Con toda prudencia tuve el cuidado de añadir el adjetivo que confina la unanimidad. En efecto, aún hay quienes, como yo, deploramos el hecho y, contracorriente, lo consideramos definitivamente una mala señal, un funesto augurio. Sin duda se trata, sí, de un acontecimiento histórico. Pero recurriendo a un no por fácil menos inevitable juego de palabras, es también un acontecimiento histérico.

Utilizo aquí la definición clásica y rigurosa del término. La histeria, contrariamente al uso que se hace normal y equivocadamente del síntoma, es aquel trastorno psíquico que nos hace tomar por verdadero aquello que no lo es. El pasajero del avión que sufre de aerofobia y que ve por doquier indicios de que la aeronave está a punto de estrellarse. El extraño ruido de los motores, ese incesante bamboleo, esas bruscas sacudidas, el rostro crispado de las azafatas, lo indican claramente; no hay ninguna duda, nos vamos a partir la madre.

Si el pobre hombre se pone de pie a lanzar alaridos de pánico o si simplemente se queda acurrucado en su asiento sudando frío, eso ya depende de otros factores. En cualquiera de los dos casos, la histeria está ahí. Y es ella la que le hace ver señales que no existen o que él interpreta de manera errónea. El peligro de la catástrofe y su inminencia no están en el aparato volador sino en el aparato psíquico del viajero.

La histeria, sin embargo, también puede producir ilusiones, alucinaciones, optimistas. Un caso célebre, el que introdujo a Lacan al psicoanálisis, es sin duda el de Marguerite Anzieu, que estaba convencida de que el Príncipe de Gales se hallaba perdidamente enamorado de ella, y por todos lados, en sus discursos y en sus fotografías, veía signos de la pasión que su alteza experimentaba y que le hacía llegar de manera subrepticia, y que sólo Marguerite sabía interpretar correctamente.

En fin, no es mi propósito aquí y ahora disertar sobre tan notable anomalía psíquica. Sólo la menciono y dilucido tantito para sostener hasta qué punto la visita de Obama a La Habana es también un fenómeno histérico. El retroceso es considerado un progreso. Las amenazas se vuelven promesas y se ven buenas intenciones donde sólo las hay perversas.

No puedo no contemplar con amargura y una tristeza profunda cómo las etapas del desmantelamiento de la heroica Revolución Cubana se van cumpliendo inexorablemente, una a una. Ya dije meses atrás, cuando se reanudaron las relaciones diplomáticas entre ambos países, que las aves de rapiña anticipan la muerte de su presa y la sobrevuelan desde días antes. Hoy finalmente el cuervo se posa.

No debería caber ninguna duda de que se trata del principio del final del régimen socialista cubano. La deslumbrante, magnífica, inconcebible travesía parece haber llegado a su fin. Los piratas ya se lanzaron al abordaje de la nave. Tal vez lo más lamentable es que lo hacen con el beneplácito de una buena parte de la tripulación.

Obama no llega a auxiliar. Llega a imponer, a clavar su estandarte. El estandarte de la conquista, de la reconquista. El del capital, el consumo, la libre competencia y la rentabilidad. El terreno ya ha sido previa y cuidadosamente abonado. Dos significativas “concesiones” allanan el camino. Los turistas yanquis ya podrán visitar la isla, alojarse en sus hoteles y gastar unos cuantos dólares a través de la flamante Priceline. Y se ha concedido la posibilidad de que empresas gringas en telecomunicaciones inviertan en Cuba.

Para refrendar el carácter imperial otorgaron sendas anuencias, la última manifestándose inmediatamente nomás orquestada su aplicación. Y bajo restricciones operativas no contempladas antes. Vetaron inversiones con  agencias estatales sólo autorizando sociedades independientes.

Digamos que se inicia un proceso de clara “chinización” o “vietnamización”, por medio del cual se mantiene la mera carcasa, la pura carrocería socialista, pero se transforma el motor, la transmisión, y hasta la suspensión y el tubo de escape. El claxon emitirá también una nueva tonada, más acorde a los nuevos tiempos, “más moderna”.

Hace apenas unos días Raúl recibió a Maduro. Significativamente se ha divulgado muy poco el contenido de sus conversaciones. Tal vez lloraron uno en el hombro del otro. Tal vez ni eso. Y resignados se aprestan a reciclarse y a sobrellevar de la manera menos traumática posible los días contados.

Obama se fue de Cuba. Pero Guantánamo se queda. Tanto la base naval como el campo de concentración. El bloqueo también sigue ahí, cuasi intacto. Es más que probable que dentro de poco los cubanos puedan gozar de internet, eso sí. Poco a poco.

No me haga demasiado caso, entrañable lector, ni comparta necesariamente mi desazón. A lo mejor donde yo veo un entierro hay en realidad un nacimiento prometedor. A lo mejor el histérico soy yo. A lo mejor me equivoco al juzgar todo el entuerto. Y al no ver ahí más que atole con el dedo.


Marcelino Perelló

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