jueves, 13 de abril de 2023

Sur, sudeste, este


  04 de Mayo de 2016  


Yo voy a seguir insistiendo en dilucidar si podemos aprender de las abejas algo más que a obtener miel. No voy a cejar hasta que no me aclare, aunque para ello no tenga otro remedio que hacerlo bolas a usted; o hacernos bolas los dos. En todo caso en ese mundo dorado y zumbador hay algo fascinante que me subyuga, que me intriga y me aprisiona.

¿Qué chingaos poseen esos bichitos que no puede ser simplemente ignorado, hecho a un lado con un simple movimiento de abanico con el dorso de la mano? Y no sólo porque juegue uno a una especial ruleta rusa: picadura o no picadura, en la que la única que se juega la vida es la pequeña alada. La vida, la verdadera vida nos la jugamos nosotros, los bípedos implumes, al negarnos a observar y a admitir que otro mundo, menos chirriante que el nuestro, es posible y asequible sin necesidad de tener alas ni de libar el polen de los estambres.

Una lectora perspicaz y pertinaz, Rita Ramos Santana, me invita a un tour por el Mundo Feliz que nos propuso el perverso Aldous Huxley apenas terminada la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una ucronía que hace juego con la de George Orwell, 1984, por la que nos dimos un breve paseo hace quince días.

El primer problema lo vamos a tener que enfrentar en la tarjeta de migración, al indicar nuestro lugar de destino. A brave new world, que desde su primera traducción al español fue llamado Un mundo feliz, versión del todo insatisfactoria y que deforma la obvia intención del autor. Obviamente Aldous aludió a las palabras de Miranda, su heroína en La tempestad, y a su espejismo, tras la tierra de la realización.

Perseguir anhelos siempre aturde, tomar otros derroteros ocasiona paranoias apabullantes sin alternativa. Miranda incuba visiones irresistibles, alimenta sus utopías labrando artificios de oropel, tornando ostensibles delirios obsesivos mediante alucinaciones liberadoras para alimentar sus ansiedades.

Nadie habla de “felicidad” ahí. A lo más de “comodidad”, “confort” y “acatamiento”. Y es de eso precisamente de lo que se trata. La traslación que yo propongo —y mientras no me ocupe de mi propia transliteración, seguirá siendo una simple voluta de humo— es, después de darle muchas vueltas, Un mundo impecable.

No da igual. El título, a pesar de los muchos que se las dan de escritores y no lo entienden, es parte fundamental del texto. Aunque vaya hasta arriba, es su cimiento. Aunque más de uno lo instalemos al comienzo y sea él quien dicte el texto.

El caso es que en nuestro mundo, al revés de 1984, no hay guerras ni conflictos. Ni erotismo. Sí hay sexos, pero no sexo. Todos los seres humanos son gestados en matraces, donde permanecen hasta su “nacimiento”. Los hay de doce clases, desde los A+ hasta los E-. Los primeros son destinados a las más refinadas e intelectuales tareas. Los C  serán los barrenderos y los franeleros. Para garantizar su vocación se les proporcionan determinados estímulos a cada una de las categorías durante su desarrollo. Desde la música clásica hasta el añadir ciertas dosis bien calculadas de alcohol en sus frascos.

Todo el mundo parece estar satisfecho de su condición y categoría. No sólo lo parece, sino que lo están. No les queda de otra. Y cumplen sus funciones con docilidad y eficiencia. Todo está organizado. Digamos que como en una colmena. Existen, es cierto, relaciones entre las distintas doce clases, pero son raras y acostumbran a frustrarse. Los A se aburren de los B, y los B se entristecen junto a los A.

Sin embargo, todo parece marchar sobre ruedas. El placer —que no el goce, nosotros acostumbramos a confundirlo; ellos también— lo obtienen a partir de una droga maravillosa, el soma, a medio camino entre el peyote y el éxtasis, supongo. Su dios es Ford, al que se encomiendan en pos de una eventual vida mejor. De soñar sí sueñan, pero de coger ni hablar. La sola idea les da asco.

La perturbación, no obstante, está ahí. En algún lugar, tal vez en América del Norte, existen los primitivos, seres “humanos” sus predecesores, confinados en una especie de campo de concentración que les permite gozar de placeres prehistóricos, como el comer, el cagar y el dormir. Y el coger. Bichos raros sin duda, salvajes preelectrónicos, que son mantenidos ahí a modo de zoológico. Más bien de antropológico.

A partir de este momento, le debo advertir, querido lector, que voy a contar, en cuatro líneas el desenlace de la “novela”. Ya me acusaron de andar desvelando finales. Lo que en literatura llamamos spoiling, que en los clásicos no debería regir, pero por si las moscas lo prevengo, para por si acaso quiere usted leer el relato íntegro, no vaya a caer en la trampa del remate sabido, que afloja la tensión y la emoción de la lectura.

John es un salvaje que, a medias por interés científico, a medias por curiosidad morbosa, es introducido en ese Impecable mundo. Usted, preclaro lector, adivine el final o bien, lea la novela, cosa que las abejas y yo le recomendamos entusiastamente.

Norte, nordeste, este, sudeste, sur,sudsudoeste; después se detuvieron y, al cabo de pocos segundos, giraron, con idéntica calma, hacia la izquierda: Sudsudoeste, sur, sudeste, este.


Marcelino Perelló


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