viernes, 31 de marzo de 2023

Vota y calla

 



  07 de Junio de 2016  


La democracia es una cloaca. Lo he dicho tantas veces, que cada vez que lo repito me deja un mal sabor de boca (eso es lo que acostumbra a suceder siempre que repite uno más de la cuenta). Sin embargo, esta vez la lección es ineludible, y quien no la entienda no será tanto porque no puede sino porque no le conviene. Así de rara es la condición humana.

A nivel de país pasaron cosas que a algunos les parecerán significativas y que a mí me vienen más bien guangas. No porque me queden grandes sino porque están chuecas y no son para mí.

A primera vista todo parece indicar que el PRI sufrió un tropiezo importante. Del todo previsible. El gobierno de Enrique Peña Nieto, que se encuentra apenas un poco más allá de la mitad de su mandato, está harto desgastado. En particular y en parte por la conspiración internacional montada contra él, y en parte por sus propios resbalones y decisiones mucho más allá de lo discutible.

De manera que al PRI le fue mal. No es una sorpresa para nadie. La recuperación de las gubernaturas de Sinaloa y Oaxaca no compensan en absoluto la pérdida de las de Veracruz, Tamaulipas y Chihuahua. Todos ellos estados harto emblemáticos de nuestro país. En cambio al PAN le fue bien. No para echar las campanas al vuelo, pero digamos que están en su derecho de exhibir una sonrisa franca. Durante algunos minutos. No más. Del resto de los “partidos” no vale la pena hablar. No existen.

El conjunto de alianzas pornográficas que se mostraron en este triste espectáculo electoral es nauseabundo. El PAN y el PRD aliados y tomados de la mano como hermanitos ejemplares. El PRI hecho muégano con los impresentables del Verde del Avispero (perdón, Panal), e incluso del PT (que a lo mejor algo tiene de P, pero muy poco de T).

Ya leerá usted, ahíto lector, todos los comentarios y análisis que quiera sobre lo que sucedió y lo que no sucedió. Si acaso encontrara algo interesante le ruego me lo haga llegar. Mis pestañas se queman en otros menesteres.

Lo único verdaderamente destacado son los comicios en el DF —ay, perdón. En la CDMX— que no hacen sino subrayar de manera enceguecedora la podredumbre inherente a la tan loada democracia. No a la democracia de México, ni a la democracia de ahora, sino a todas las democracias habidas y por haber.

Veamos. Si necesita usted un antivomitivo o incluso una máscara antigases, es el momento de tomarlo o de ponérsela. El que avisa no es traidor. Resulta que en el DF, ¡ay!, votó un poco más del cuarto de la población votante, bastante menos de un tercio. Es decir, unos dos millones de noble gente. O, digámoslo de una buena vez, dos millones de borregos. Dos millones de acarreados.

Entre Morena y el PRD obtuvieron como un millón doscientos mil votos. El resto se lo repartió, como pudo, el resto. Ni usted ni yo ignoramos de dónde salieron ese millón y pico de la “izquierda”. Acarreados todos, chantajeados todos. Rebaños multitudinarios pastoreados por caciques de toda laya: ambulantes, peseros, desamparados en busca de un techo, taxistas (regulares e irregulares), pepenadores, franeleros, vagoneros, putas y padrotes, sindicalizados y conectes.

Son ellos los que votaron. No nos hagamos bolas. A base de promesas, recompensas, chantajes y escarmientos. Son ellos, los que a partir de 1990 convirtieron al DF, ¡ay!, en el feudo de todas las mafias (tribus) que constituyeron primero al PRD y que ahora, escindido, se disputa la plaza con la tal Morena.

Acarreados. El sistema no es tan complicado. Tienen sus propios métodos de control sobre los miserables. Simplemente deben garantizar que si desean mantener sus “privilegios” deberán ser dóciles y obedientes. E irán a votar cuando convenga y por quien convenga. Para eso tienen sus “líderes” que les dan línea. Línea que se bifurca entre la gratificación y la punición.

La mecánica, esta vez, fue más simple que otras. Los activistas repartieron breves manuales entre los menesterosos. Para los que tenían pinta de ser obedientes y útiles, el manual llevaba una señal y una cita para que recibieran indicaciones más precisas.

Pusieron un emblema sobre sus instructivos. Varios infiltrados conminaban a expresar simpatía mediante indicios auténticos. Núcleos organizados de espías logísticos tenían órdenes de observarlos. Mientras el votante acataba la encomienda.

Vota y calla. Fueron cientos de miles de votos obtenidos con este ingenioso e infalible procedimiento. La cosa no es grave, pues comprar un voto es propio a la democracia. Comprarlo a base de promesas, de dinero o de amenazas. Eso ha sido siempre, y lo seguirá siendo, y las masas de desarrapados continuarán el juego en el que les va la vida, y en el cual los indecentes melifluos farsantes, de todos los colores, cultivarán sus fortunas. No encuentro un ejemplo mejor de la indecencia.

Marcelino Perelló

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