12 de Julio de 2016
Según la encuesta de una tal GlobalWebIndex en México existen unos once millones de usuarios de Twitter. Quién sabe quién es la mentada empresa de prospección y qué tanto crédito merece. En el mundo de hoy la confianza es uno de los valores más depreciados. Ai usted si la toma en serio. Bajo su responsabilidad. De todos modos no hay modo de contrastarlo, así que debemos, con todas las precauciones del caso, quedarnos con ello.
En Facebook el número debe ser mayor, quién sabe cuánto. Pero en cualquier caso por más que nos impresionen las retahílas de ceros, deberemos reconocer que se trata de un porcentaje definitivamente pequeño frente a los 120 millones de personas que pueblan la nación. Como un 10% digamos.
Bien es cierto que al número total de habitantes es preciso restarle el de los menores de edad (muy menores, pues a los 12 o 13 años ya son unos expertos en el manejo de compus y similares) y también ese sector de la población, sobre todo rural, que no tiene acceso a las maravillas de la tecnología electrónica.
Digamos pues, a ojo, que nuestro universo queda limitado a unos 60 millones de usuarios potenciales (la reducción es generosa, reconózcalo usted, ecuánime lector). De manera que el porcentaje de aquellos que utilizan las redes ha de crecer hasta un 25%, teniendo en cuenta que son muchos los que aparecen en más de una red.
La cuarta parte, pues, lo cual ni en la más abusiva de las extrapolaciones permite considerarla una muestra mínimamente confiable del conjunto. Acotemos que la encuesta se refiere únicamente a los “usuarios activos”, aquellos que define como los que intervienen, de alguna manera, por lo menos una vez al mes. Magra actividad, digamos de paso.
Lo que está sucediendo sin embargo es que un sector considerable de la difusa “opinión pública” insiste en considerar a las mentadas redes como un termómetro confiable del “sentir nacional”, lo cual resulta del todo abusivo. No sólo desde el punto de vista cuantitativo sino también estrictamente social, pues son únicamente ciertos sectores bien delimitados los que concurren a la cita cibernética.
Hay pues un engaño no tan implícito al sobrevalorar la importancia informacional y sociológica de tales redes. Se trata simplemente de una práctica y de un fenómeno recientes y perfectamente acotados. Sólo eso.
La confusión, sin embargo, es aún más grave cuando se las considera un emblema de la libertad de expresión, sin el corsé de los medios convencionales, sus criterios y su consabida selección y censura.
Las cosas no son ni mucho menos tan nítidas, pues en las redes las opiniones también están condicionadas, esta vez por las voces mayoritarias que acaban indefectiblemente absorbiendo las discrepantes. Las redes son el terreno más fértil del mundo para las cargadas y los linchamientos. Fuenteovejuna, todos a una.
La auténtica libertad de pensamiento y opinión quedan muy lejos de ahí. Ello sin tener en cuenta, además, que los grandes corporativos políticos y comerciales inciden de manera, no por subrepticia menos intensa, en la creación y amplificación de determinadas corrientes y en la asfixia de otras.
La pregunta es indeclinable: ¿cuántos de los tuiteros y feisbuqueros existen en realidad? Olvide la recurrente práctica de la utilización de sinónimos y el que no son pocos los que poseen varias cuentas simultáneas en el mismo sitio. La cosa es mucho más grave. Existe la posibilidad, y más allá, la práctica, de que determinados grupos de poder posean y controlen cientos e incluso miles de falsos usuarios.
Existen para ello, por ejemplo, los robots, los llamados “softwares de gestión de redes sociales” que permiten publicar automáticamente una multitud de mensajes previamente programados con un mensaje dado pero con elementos diferenciados aleatoriamente. Esa es sólo una de las posibilidades.
Para realizar otras funciones es conveniente introducir algoritmos. Vienen integrados con archivos, ligándose a bases ubicadas en núcleos auxiliares, vinculando el nodo con el robot asociado. Al programar una estrategia se torna operante.
Obviamente las compañías de las plataformas pueden detectar fácilmente tales maniobras, a través de los códigos de los servidores fuente, pero por lo visto prefieren hacer como que les habla la virgen, con tal de no dificultar el acceso y de no perder tan poderosos clientes.
Nos encontramos paradójicamente frente a un nuevo instrumento de manipulación y control. No es demasiado difícil percibirlo si tiene uno el tino de preguntarse cómo es posible que tan sofisticado “servicio” sea gratuito a cambio de un mínimo de publicidad explícita y aun ésta de empresas minúsculas. Alguien paga y alguien gana. Paga y gana sobre todo influencia.
Y es que, ay, deberemos resignarnos a admitir —en primer lugar los entusiastas fomos, nomófobos y ciberadictos— que todo el menjurge no es más que una ilusión, y que al despertar el dinosaurio seguía ahí.
Marcelino Perelló
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