miércoles, 29 de marzo de 2023

MicroMancera


  14 de Junio de 2016  


No sólo en sus expresiones extremas, también en las del día a día y en personas consideradas normales.

¿Qué onda con Orlando? Esa pequeña ciudad de Florida, que se volvió célebre hace unas tres décadas por la inauguración de Disneyworld, una especie de Disneylandia al cuadrado, el paraíso de la gusanera, el reino de la dicha y el colorido, de la alegría de los pequeñuelos y los no tan pequeñuelos, se vuelve de pronto escenario del terror y del horror, a la manera de Chucky y el payaso de It.

El preámbulo fue el asesinato de ese cuero que fue Christina Grimmie, vocalista de The Voice, inexplicado e inexplicable. Y el clímax llegó (¡esperemos que haya sido el clímax!), con la barbaridad de The Pulse el domingo en la mañana. Le cayó el chahuistle a Mickey Mouse y al Pato Donald.

El alma humana es insondable. No sólo allá. Aquí tampoco cantamos mal las rancheras. En plan sangriento o en plan estúpido. Un buen ejemplo de esta segunda variedad es la actuación del ya no tan nuevo jefe de Gobierno del DF —ay, de la CDMX— él también sufre de algún transtorno mental. Él no mata gente, en principio, pero sí le hace imposible la vida a millones. Quién sabe qué es peor.

Nunca me cayó bien. Tiene un estilo de petimetre empalagoso. Pero eso de caer bien o no, es definitivamente laxo, subjetivo e irrelevante. Mi opinión acerca de él acabó de desplomarse cuando inauguró hace un par de años la Pasión de Iztapalapa. Mientras presidía los actos de apertura de los “festejos” se produjo un temblor de tierra. Y él, que encabezaba el acto, salió corriendo, como rata apaleada —pies para qué os quiero— para abandonar el recinto antes que nadie. No se quedó, como corresponde a una autoridad mínimamente digna para llamar a la calma y decir aquello de “no corran, no empujen y no griten”. Gritar no sé. Más bien abandonó el micrófono, pero de que corrió y empujó no cabe ninguna duda. Para desgracia de él ahí estaba la televisión. Vergonzoso, Penoso, muy penoso.

En fin, culearse humanum est. Sin embargo, su estulticia, ay, va mucho más allá y tiene muchas más consecuencias que el cometer desfiguros en público.

Hace apenas unos meses hizo que se declarara extinguido el topónimo de Distrito Federal y fuera inmediatamente sustituido por el de Ciudad de México, CDMX. Para ello contó con la complicidad del gobierno federal y en, particular, con la del Presidente de la República, que decidió hacer el ridículo junto a él. Mal de muchos consuelo de badulaques.

¿Por qué? ¿Alguien me puede explicar por qué? Sólo ellos saben. O, lo más probable, es que ni siquiera ellos sepan. Showtime. Que el Distrito Federal, desde que se eligieron “democráticamente” al regente y, los que pasaron a ser “jefes delegacionales”, había de hecho desaparecido, que ni qué. Pero que la “Ciudad de México” quede ahora constituida por multitud de milpas, breñales y rebaños tampoco tiene sentido.

A continuación se decidió convocar a la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México. ¿Qué no debería haber sido hecho al revés? ¿Y que la mentada asamblea estableciera, entre otras cosas, el nombre de la nueva entidad? ¿No es ello una barbaridad? Al ilustre licenciado M.A.Mancera parece que no, pero a mí sí. Y para mí, soy yo el que cuento.

Sin embargo, la cosa no queda ahí. Un estropicio que no conoce sucesión no es un verdadero estropicio. Ahora al insigne habitante del bello inmueble en el costado sur de la Plaza de la Constitución se le ocurrió otro nuevo desvarío. Y con la complicidad de ese dócil y miserable rebaño que es la Asamblea de Representantes, decide, en su potestad mayestática, eliminar todos los micros y peseros del DF —ay, CDMX. Tal cual. Ya los están chatarrizando. Y aléguele. Total, para el año que viene ya habremos adquirido transportes modernos y bonitos para substituirlos. De aquí a entonces, ai usted vea cómo le hace. O renta una bicicleta o se va a patín, que es bueno para la salud.

Amigo Miguel Ángel —lo digo con una cierta dosis de hipocresía, que ni qué, pero no de amargura— no se hacen así las cosas. Es mala idea poner el carro por delante de los bueyes (no lo tomes como una alusión malintencionada).

Paliar rezagos exige garantizar un nuevo talante ejecutivo, al diseñar objetivos novedosos debemos examinar iniciativas básicamente asequibles. Vagas innovaciones conducen a complicar otros núcleos torales enredando sus tareas obligatorias: al hacer arduo cada especial recurso con ordenamientos sin algún sustento.

En Orlando, estos últimos días, han sufrido la trágica aparición de la insensatez. Guardando todas las distancias, nosotros en la maltratada CDMX también padecemos la nuestra.


Marcelino Perelló

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