27 de Julio de 2016
Decir que la condición humana es un laberinto inextricable está de más. Es de una evidencia ofensiva. Y, sin embargo, es necesario repetirlo una y otra vez, pues por una oscura razón nos negamos de manera pertinaz a admitirlo y a conducirnos en consecuencia.
Lo terrible de esta cuestión es que el mentado “progreso”, sea éste social o tecnológico, no ha hecho sino agravar el fenómeno. Cada vez sabemos menos quiénes somos y qué somos, adónde vamos y adónde quisiéramos ir.
En particular dicha incertidumbre se vuelve crítica cuando se trata de establecer qué sabemos y qué no. Qué tenemos posibilidad de conocer y qué permanecerá indefinidamente entre las brumas de nuestra ignorancia.
El asunto no es nuevo, el antiguo bebedor de cicuta ya lo había enunciado de manera lapidaria. En mi primer artículo de esta nueva etapa de Excélsior conté el diálogo que en la maravillosa cinta Shatra sostiene el viejo gitano, cabecilla del clan, con un joven inquieto.
Pregunta el anciano: “¿A ver, muchacho, según tú quién sabe más, el ignorante o el sabio?” El mozo queda perplejo y responde, seguro de sí: “El sabio, por supuesto, pero ¿por qué me pregunta tal obviedad, abuelo?”. “Pues te equivocas de pe a pa —replica el patriarca—. El ignorante lo sabe todo, mientras que el sabio no está seguro de nada”.
Esto lo relaté entonces, en este mismo espacio, hace ya diez años. De manera que no estoy diciendo nada nuevo. Pero no me pesa repetirlo y repetirme, pues sigo pensando exactamente igual que entonces, igual que Sócrates y el viejo gitano. Es más, con el mentado “desarrollo” y el boom informativo, las cosas se han agravado. Tengo la lastimosa impresión de predicar en el desierto. Y de que mis palabras no encuentran sino oídos sordos (ojos ciegos, en este caso).
Tal exabrupto de pesimismo me permea el ánimo al leer y escuchar las noticias provenientes de los Altos de Chiapas, donde en un plazo de tres días los habitantes de San Juan Chamula fueron protagonistas de dos graves episodios extremadamente violentos.
Y dicho pesimismo, contrariamente a lo que pudiera usted pensar, apresurado lector, no me invade tanto por lo que de deplorable ambos actos hayan significado. En absoluto. La violencia existe y forma parte estructurante de la condición humana. En la selva chiapaneca, la costa azul o las riberas del Tigris. Nada nuevo bajo el sol. Ya me acostumbré. Por triste que parezca.
Lo que me desmoraliza es que haya tanta gente, entre ella tantos reporteros, periodistas y comentaristas que saben lo que sucedió en San Juan. Lo saben a pie juntillas. Realmente los envidio.
Lo grave es que cada uno, de una manera u otra, sabe cosas más bien distintas. Y no puedo no pensar en el adagio del viejo gitano. Yo no soy sabio, de ninguna manera. Dios me guarde. Pero de plano no sé a ciencia cierta qué pasó ni en el desalojo de la autopista ni en el linchamiento hacia las autoridades municipales.
Y no me pesa en absoluto mi ignorancia. La asumo como algo inevitable. Me gustaría saber, pero sé perfectamente que no puedo. Cada periódico, cada noticiero, cada portal, da su verdad. Algunos, la mayoría, son de plano desechables, pero entre el resto es muy complicado discernir y leer entre líneas. Prácticamente toda la información es de segunda o tercera mano, y no se asume como tal. Ese es el problema.
El célebre sicólogo / sicoanalista B. F. Skinner, fundador del conductismo, usaba la siguiente técnica con sus pacientes: “Dígame, ¿por qué viene usted a verme?”. “Porque mi mamá me odia, doctor”. “Ajá, dice usted que su mamá lo odia”. “No, doctor. No lo digo yo. Lo dice ella”. “Eso es. Usted dice que su mamá dice que lo odia”. “No lo digo sólo yo, doctor, todos en mi familia lo saben”. “O sea que usted dice que todos en su familia saben que su mamá lo odia”...
Era común que el paciente, si no estaba avezado en tal práctica, acabara desesperándose. Pero aquí entre nos, la técnica de Skinner era impecable. Él no sabía, en efecto, más que aquello que el paciente afirmaba. Fuera verdad o no, fuera justo o no.
Así pues, yo no he tenido más remedio que adoptar el método Skinner al leer la prensa e intentar hacerme una composición del lugar, si quiero acercarme tantito a lo ocurrido en San Juan. Excélsior dice..., La Jornada dice..., Milenio dice... Y con eso me quedo.
Algunas cosas, algunas, son definitivas. El sábado 23 en la mañana, la turba, confundida con la muchedumbre reunida en la plaza central de la cabecera municipal, linchó al alcalde, al síndico y a otra media docena de funcionarios. Y puesto que se utilizaron armas de fuego, podemos afirmar, sin demasiado riesgo a equivocarnos, que el crimen multitudinario fue premeditado. No se trató de una reacción espontánea.
Planearon la acción con alevosía, y aguardaron cuatro horas ocupando lugares estratégicos. Quienes urdieron el dispositivo apostaron trece elementos armados habiéndolos instruido, cada hombre instaló nidos gracias a otros secuaces.
Eso parece, sólo parece, establecido. Magro consuelo, pues no tenemos ninguna idea mínimamente sostenible de quiénes fueron los asesinos, quiénes dispusieron tales nidos ni cuál fue su móvil. Las versiones fáciles y maniqueas me desmoralizan profundamente. Enchílamelas ai.
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