08 de Junio de 2016
Entonces es verdad. El gran Cassius Clay, el increíble, el invencible, finalmente oyó el conteo hasta diez acostado. Se fue, se nos fue. Colgó los guantes. Parece mentira. ¿Qué mundo es éste pues, en que hasta los inmortales se mueren? Toda una época, un modo de vivir y de pensar que se hizo universal, se va con él.
Yo fui colega de Muhammad Ali. Así como la ve. No lo encontré nunca en persona, no crucé palabra con él. Pero sí me senté en la misma silla en la que se sentaba él a menudo. Fuimos pacientes del mismo médico, el insigne doctor Ignacio Madrazo, quien junto a su colaborador, el doctor René Drucker Colín, habrían desarrollado un procedimiento que curaría o mitigaría padecimientos neurológicos graves. Fue un trending topic de aquellos años, cuando aún no existían las redes sociales. Las redes neuronales sí.
Desde la más antigua de las antigüedades se había establecido que las células nerviosas no se regeneran. Si te rompes la médula espinal, rota quedará. Si aparecen el Parkinson o el tal Alzheimer, ya no se van. Encajosos ellos. Resulta, sin embargo, que Madrazo y Drucker, en sus investigaciones, hallaron mecanismos que contradecían esa tesis y que podían ser llevados a la práctica, para la admiración del mundo mundial de la medicina. Vinieron enfermos de los más recónditos rincones del planeta (la Tierra es la única esfera con rincones). Ali padecía precisamente Parkinson, debido sin duda a su pinche costumbre inveterada del Chicken scratch.
Junto a Muhammad llegaron al Hospital de La Raza docenas de personalidades de todos los campos y rangos, ilusionados con aquella esperanza. Corría el año de 1990. Yo no era ninguna personalidad de campo ni rango alguno, pero años atrás me había fracturado la columna vertebral y arrastraba —y sigo arrastrando— las secuelas de aquella barbaridad. Y Madrazo se ofreció a intervenir. Nunca llegamos a iniciar formalmente el tratamiento. Y yo sigo con las susodichas secuelas que con los años se han vuelto achaques. Y ya me son entrañables, diría yo indispensables. Sin ellos no sería yo. Al menos no sería yo completo.
Sin embargo, tuve la fortuna en aquellas consultas frecuentes e interminables de volverme amigo de Ignacio. No sólo un neurocirujano excepcional, sino un hombre de izquierda, radical, revolucionario inquebrantable, y que trató durante aquellos años convulsos a multitud de guerrilleros y perseguidos, sin retribución alguna. Por encima de todo ello, no obstante, fue, era y sigue siendo un emblema de la ética médica y social. Todo un personaje, al que hace demasiado tiempo no veo. Demasiado.
Yo no sé cómo le fue a mi contlapache Muhammad. Supe, sí, que si bien las mejoras fueron insuficientes, el mal logró detenerse y la mejor prueba es que murió este viernes, 26 años después, con un control, digamos razonable, de sus movimientos.
Esos movimientos que antes admiraron al mundo no sólo de la pugilística. Ali, al igual que Madrazo, no fue sólo un boxeador excelso. Fue también un showman impertinente que cautivó medios y audiencias. Su altanería y sentido del humor fueron avasalladores. Incluso sobre el ring, para deleite de los presentes y de los ausentes. Era un comediante que soltaba unos chingadazos demoledores. Cassius era un verdadero titán de ébano. Imponente, fornido, esculpido, se diría, por el propio Miguel Ángel. Y por encima, carita, guapo. Que chingue su madre. Irresistible para las mujeres. Y para los hombres.
No todo era broma, sin embargo. A finales de 1965 decide convertirse al Islam, cambiándose el nombre y adoptando el musulmán de Muhammad Ali. Es el desconcierto, pero siguió peleando y ganando. Más bien, triturando a sus contrincantes.
Y entonces, dos años después, se produce el atronador estallido. La gran estrella, de repente, en el auge de su carrera, estremeció a la opinión pública y a los gobernantes del mundo, con su declaración de que se negaba a obedecer la orden de alistarse en las tropas que combatían en Vietnam. “No tengo nada contra los vietnamitas”, declaró con su cinismo proverbial. Era intolerable. Un ejemplo funesto que debía ser sancionado inmediatamente y con toda la severidad.
Fue una auténtica bomba. El ídolo resultaba insurgente. Todas las posibilidades, mediáticas y legales, fueron lanzadas contra él con una ferocidad sin parangón. Había que noquearlo. Dejarlo en coma. Le retiraron el título mundial, para humillarlo. Se defendió, no con dientes y uñas, que no sabía usar, sino con argumentos legales, que no conocía, pero sus abogados sí (dinero tenía, que ni qué). Incluyeron la objeción de conciencia y el derecho a la neutralidad. Todo era inútil.
Por último en sus señalamientos insolentes, Muhammad impugnó varias instancias. Sus objeciones motivaron otras sentencias ultrajantes negando todo recurso interpuesto oficialmente. Una nueva corte unánimemente aprobó rechazar toda enmienda tolerando objetores, mediante artificios supuestamente bien instrumentados excomulgaron neutralismos.
Años después Ali volvió, de la mano de los abogados y los promotores. Pero ya no era el mismo. Recuperó el cinturón de campeón y siguió librando combates y defendiendo su territorio entre los encordados. Algunos años. Y se fue apagando, apaleado por el FBI y el Parkinson. Su recuerdo hoy está opacado por las nubes de un tiempo miserable. Esta vez se fue del todo. No volverá, pero su memoria sí. Y “the most beautiful fighter in the world” volverá a reinar sobre los cuadriláteros imaginarios de los nuevos mundos. Farewell, Muhammad bro.
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