05 de Julio de 2016
Cierto que algunas de sus actitudes, palabras o decisiones, son criticables o, por lo menos, discutibles. Obvio. Pero es que de plano hemos llegado a extremos ridículos. El que no sepa echarle tierra (cosa por otra parte falsa) a un árbol recién plantado basta para echarle tierra a él. Estamos frente a un flagrante e insólito fenómeno de bullying presidencial, que no había yo observado ni siquiera bajo los regímenes totalitarios (claro que ahí está más cabrón). De todos modos éste es un hecho inveterado y universal. No existe gobierno popular, que goce de popularidad ni ha existido, en ninguna época ni en país alguno. Pero aquí de plano exageramos durísimo. Y no estoy seguro que dicha tendencia sea del todo inocente. Ya he dicho en otras ocasiones que sospecho, no sin fundamento, que en esta cuna hay una mano que la mece. Pero ahora aquí no voy a insistir. Dejémoslo ahí.
Sin embargo, uno de los momentos más absurdos de esta actitud se produjo hace apenas unos días en el encuentro que sostuvieron en Ottawa los tres presidentes de América del Norte. Peña afirmó en una parte de su discurso —bien estructurado y bien expuesto, para desencanto de aquellos que siguen afirmando que no es más que un buen lector del teleprompter— que uno de los males que aquejan a la política actualmente, sin referirse explícitamente a país, corriente o personaje alguno en particular era el populismo demagógico. Es más que probable, no obstante, que aludiera, sin demasiado recato a Andrés Manuel López Obrador y a todos aquellos que apoyan el actual movimiento —por llamarlo de alguna manera— magisterial —por llamarlo de alguna manera—.
De todos modos, por alguna razón, el Presidente Obama, sin deberla ni temerla, se puso el saco, que, digámoslo todo, le quedó a la perfección, que ni mandado a hacer. Y con evidente mal humor y un tono agresivo y retador, contradijo al Presidente mexicano y se asumió él mismo como populista. Más allá, como un genuino modelo del más acabado populismo.
Dijo que él sí amaba a los pobres, a los niños y a los trabajadores y que se ufanaba de preocuparse por el bienestar del pueblo. No como otros, que no habían trabajado en su vida y a los que les valía madres la suerte de los pobres. Todo esto mientras iba extendiendo su mano derecha hacia donde se encontraba Peña Nieto. En resumen, toda una rabieta, que debió dar lugar a un conflicto diplomático de envergadura.
Bien es verdad que el video del encuentro fue difundido en México por el portal Regeneración, que como su nombre indica, es chairo. Quise decir “moreno” o lopezobradorista —como usted prefiera— y que tuvo la precaución de censurar u omitir —como usted prefiera— la última frase del mandatario gringo que literalmente dice: “Esto no quiere decir que, en sentido amplio, Enrique no tenga razón”. Bravo muchachos, otras cosas tal vez sí, pero coherencia no les falta.
Esto ha hecho suponer a más de un analista que la referencia iba dirigida de hecho a Donald Trump, pero no queda claro en absoluto. Es probable que haya querido matar dos pájaros de un tiro. Pero le salió mal, escandalosamente mal, pues se metió el balazo en el pie.
Resulta que en la controversia en cuestión toda la razón, independientemente de sus intenciones y destinatarios, le corresponde al Presidente mexicano. En efecto, el populismo es un vicio grave de la política, tanto de derecha como de izquierda. Consiste, para no enrollarme y decirlo de manera simplificada en “gobernar para la galería”, en otras palabras, dar atole con el dedo. Tomar medidas no, necesariamente, adecuadas sino simplemente “populares”. Tener contento al populacho y hacer, por supuesto, que tal baladí satisfacción reditúe a la hora de ejercer el poder.
Eso es el populismo, señor Obama, en Estados Unidos y aquí, y es un concepto acuñado hace muchísimos años y utilizado tanto en los textos doctrinales como en el debate político propiamente dicho. De ninguna manera es “el amor al pueblo” que usted, en su ignorancia supina, reclama. Los grandes populistas del siglo XX han sido Hitler, Mussolini, Perón o Getulio Vargas. Con ellos se está usted alineando, señor Presidente. Por supuesto, hay muchos otros, más modernos y más modestos. Su relación no acabaría nunca.
Usted en su alocución probablemente quiso referirse a la antigua acepción del siglo XVIII y que se limita a la “consideración del pueblo”, así, en abstracto, y que cayó en desuso hace ya, por lo menos, cien años. Si desea usted entenderlo lea más textos y menos diccionarios.
Para incorporar nuevas consideraciones históricas es vital incluir el juego acordado. Varias interpretaciones conducen a menospreciar el rol objetivo básicamente oportunista, buscando atender necesidades de índole definitivamente artificial, enalteciendo las concesiones otorgadas recurrentemente a zonas otrora necesitadas.
Desde luego, los fans del antipeñismo ni cortos ni perezosos volvieron a burlarse del Presidente mexicano y le dieron la razón a Barack Obama. Y desde luego, al igual que Barack Obama, hicieron el ridículo.
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