15 de Junio de 2016
Después de la pesadilla del 2 de octubre, el país quedó tocado, durante años. De hecho, sigue estándolo. Al margen de ser indispensable una discusión seria y documentada acerca de lo que pasó exactamente en ese atardecer terrible, esa fecha, más allá de la demagogia y el alboroto, sigue siendo una especie de mito fundador y estremecedor.
Dos años y medio después, cuando ya el flamante Presidente de la República había liberado a la gran mayoría de los presos políticos, los estudiantes deciden volver a hacer rebotar sus gritos y consignas en las paredes de casas y edificios. Había que “ganar la calle”, volver a ganarla, después de tanto silencio.
El motivo —si usted quiere el pretexto— fue el solidarizarse con la UANL, Universidad Autónoma de Nuevo León, que había sido víctima de graves intervenciones por parte del gobierno de Eduardo Elizondo. La cuestión en realidad era la de reunificar y vivificar el movimiento estudiantil, que en la resaca del 68 se había visto fragmentado y gravemente deformado por los llamados “comités de lucha”, que no era fácil distinguir de los antiguos porros. Habían surgido las armas, y con ellas los muertos en distintos enfrentamientos en los campi.
La cosa, sin embargo, salió mal. Más bien salió al revés. Los distintos grupos de activistas se dividieron ríspidamente. Unos se asumían echeverristas y favorables a la “apertura” proclamada por el Presidente, y otros, al contrario, decididamente adversarios. La consigna de estos últimos, enarbolada en clamor, era: “¡No queremos apertura, queremos revolución!”
Estos últimos decidieron organizar una gran manifestación, la primera desde el 13 de septiembre de 1968, la llamada “silenciosa”, que saldría del Casco de Santo Tomás, y recorrería las avenidas México-Tacuba, San Cosme, Hidalgo y, finalmente, 5 de Mayo, para llegar y recuperar el Zócalo. El impulsor principal de dicha movilización fue el PCM, Partido Comunista Mexicano, a través de la JCM, Juventud Comunista de México. El líder indiscutible de tal corriente fue Joel Ortega, brillantísimo dirigente de la entonces Escuela Nacional de Economía.
La fracción opuesta la aglutinaron “los concretitos”, encabezados por Raúl Álvarez Garín. El mismo que 30 años después promovió una cruzada absurda para juzgar y condenar al propio Echeverría. No deja de ser curioso (para los malpensados no es curioso sino lógico). Hay dos sabios proverbios silvícolas que explican ésta y muchos otros virajes en la política y en la revolución: “El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija” y por otro lado, decenios más tarde: “haz leña del árbol caído”.
En todo caso, el jueves 10 de junio de 1971, la manifestación, muy poblada, partió del Casco y enfiló la México-Tacuba. Había sí, un enorme entusiasmo, que se mezclaba con un cierto desasosiego ante la respuesta que el gobierno podría dar a tal desafío, que algo tenía de provocación.
Y tal cual. Al llegar al cruce con Melchor Ocampo, frente al cine Cosmos, surgieron súbitamente los pandilleros de la banda de los Halcones, que existía desde hacía muchos años. Cada día cuando yo regresaba de la secundaria por el Hipódromo-Rastro, por la lateral de Melchor Ocampo, frente a la compañía de luz, me llamaba la atención (aún no eran los tiempos de los grafiti) una pinta artística y colorida de “los Halcones”. Yo era lector asiduo de Los Halcones Negros, y aquellos fantasmagóricos bandoleros de la Santa Julia no podían no atraer mis afectos.
Ese día toda mi simpatía se vino abajo. Los Halcones, fueran ellos u otros, atacaron con bastones de kendo a los manifestantes. Poco después de desencadenada una batahola masiva y violenta, el estrépito fue sobresaltado por la detonación de un disparo. En un segundo la escena mudó de argumento. Las armas de fuego secuestraron el protagonismo. Al igual que el 2 de octubre, nunca se supo qué pasó exactamente ni quién abrió fuego al inicio. A diferencia de aquel otro atardecer, esta vez sí quedó claro que había actuado un grupo de provocadores mercenarios y organizados, desde meses atrás.
Prepararon una emboscada siguiendo sus instrucciones, y adiestraron subrepticiamente en sitios apartados brigadas especiales. Mientras instruían vagos iletrados, localizaban a grupos realmente inadaptados para encender juergas o desmanes extremos. Orquestaron numerosos operativos.
Mi inolvidable Edmundo Jardón cuenta que llevaba un arma corta y que abrió fuego sobre los agresores, que cambiaron sus bastones por carabinas M1. Igualito que en el 68, no se supo entonces, ni se sabe hoy, ni probablemente se sabrá nunca, quiénes y cuántos murieron esa noche.
Me cuenta mi gran amigo Raúl Moreno Wonchee que horas después, en la asamblea estudiantil que se celebraba en el auditorio de la Facultad de Medicina, fue traído el cadáver de un joven balaceado. Los presentes decidieron rendirle un homenaje póstumo, hasta que un grupo que llegó posteriormente lo identificó como halcón. Así de enredadas estaban las cosas.
En el lado del gobierno el asunto no era más claro. Fue una provocación, cierto. Pero fue montada por el regente Alfonso Martínez Domínguez contra Echeverría o por éste último contra Martínez Domínguez, connotado diazordacista. Hoy por hoy no hay quién lo dilucide. Cuando las esfinges callan, los viandantes pasan de largo.
Marcelino Perelló
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