jueves, 9 de marzo de 2023

La trampa


  03 de Agosto de 2016  


En los últimos meses he dedicado esta semiserie quincenal, con alguna interrupción, a describir algunas de las más célebres, efectivas y letales provocaciones de la historia en el mundo entero.

La provocación constituye una de las armas —si usted lo prefiere, puntilloso lector, diga instrumentos o recursos— más eficaces y socorridas en la confrontación bélica o política, que ya quedamos, mi carnal von Clausewitz y yo, vienen a ser lo mismo.

Y, sin embargo, no ha dejado nunca de sorprenderme hasta qué punto tal procedimiento es ignorado y no es tomado en cuenta al pretender analizar un determinado conflicto. Ignorado por los profanos, por supuesto. Los profesionales y los implicados directamente están harto familiarizados con las provocaciones, con sus efectos y propiedades. Lo que no quiere decir, de ninguna manera, que sepan siempre cómo enfrentarlas, combatirlas y neutralizarlas.

Tampoco es sencillo saberlas armar y echar a andar, con posibilidades razonables de éxito. Es un auténtico arte. Arte perverso, sin duda, pero arte al fin, que exige el talento de saber utilizar los más sutiles e innobles medios en pos de la victoria, que no es otra cosa, como la ley de la selva, que doblegar al enemigo.

Existe una multitud de géneros distintos de provocación, pero todos consisten en efectuar una determinada acción, sin valor por sí misma, pero que abra paso a otra que, esa sí, será efectiva y de consecuencias definitivas. La segunda acción, la buena, puede ser llevada a cabo por el autor de la provocación o bien, por su adversario, a modo de respuesta, respuesta que acabará, como un boomerang, actuando contra éste. El resultado, si la provocación funciona, es siempre el mismo, en perjuicio y detrimento de aquel contra quien va dirigida.

Un buen ejemplo de la primera modalidad, y de la que ya hemos hablado aquí, fue el hundimiento del acorazado estadunidense Maine frente al puerto de La Habana en 1898. El naufragio fue provocado por los propios gringos y fue utilizado para declarar la guerra a España, que entonces aún ocupaba Cuba, acusando a la primera de haber atacado inopinadamente el navío.

La provocación funcionó a medias. Sí lograron derrotar a los españoles, que debieron retirarse con el rabo entre las piernas. Sin embargo, la resistencia cubana les impidió apoderarse de la isla. Donde sí salió a pedir de boca fue en Puerto Rico, que quedó sojuzgado, hasta la fecha, bajo su égida.

Otro buen ejemplo de esta modalidad lo ofrece, como también ya relaté aquí mismo, el incendio del Reichstag, el parlamento alemán, en 1933. Fue llevado a cabo por los propios nazis, pero éstos acusaron a los comunistas de haber sido los autores, lo que justificó una represión feroz que aniquiló prácticamente al entonces poderoso movimiento revolucionario alemán y entronizó definitivamente a Hitler que, de este modo, se hizo con el poder absoluto.

Una gran ilustración de la segunda modalidad la constituye el constante y violento hostigamiento de los albaneses en contra de la población serbia de Kosovo, muy intensificado a principios de los años 90, lo que obligó al gobierno de Belgrado a intervenir en defensa de los suyos y reprimir a los albaneses; ello fue utilizado por éstos para propiciar la intervención militar de la OTAN en su defensa y finalmente derrotar a Milosevic y su gobierno. A resultas de la operación, Yugoslavia desaparece y, con ella, el último reducto de socialismo en Europa.

En otras palabras, el gobierno serbio cayó en la provocación y eso lo llevó a la derrota y al desastre. Es éste un concepto fundamental en todo el mecanismo: “Caer en la provocación”, error gravísimo que acostumbra a saldarse con consecuencias nefastas. Sólo es evitable si detecta uno de antemano el carácter “provocador” de la acción hostil, evita responder directamente y busca caminos indirectos para neutralizarla.

El otro ejemplo áureo lo tenemos muy a la mano. La Sección 22 de la CNTE ha puesto en obra, desde hace por lo menos tres años, una gran provocación que no ceja, con padrinos y propósitos difíciles de establecer con precisión, pero cuya existencia e intervención están fuera de toda duda.

El gobierno de México ha actuado con prudencia e inteligencia al no caer en la provocación, reprimir y poner fin a los desmanes. Hacerlo, como acabo de decir, sería, más que contraproducente, fatal. Pero no hacerlo también tiene un costo alto, económico, político y social. Una buena parte de la población está harta y acusa a las autoridades de tibieza, conllevancia e inoperancia, con sus respectivas consecuencias.

Ha optado por explorar vías de negociación complejísimas, de hecho impracticables, con el fin de desenmascarar y poner contra la pared a los provocadores. Enrevesado intento y de resultados inciertos y costosos, pero sin duda el único políticamente acertado. Es preciso, sin embargo, hilar fino y contar con estrategas sutiles y versados.

Pasar a soluciones extremas entrañaría más oposición social. En situaciones límite utilizar negociadores expertos sirve, trazando otros caminos alternos. Movimientos imprudentes vehiculan involuciones, lastrando las alternativas más esperanzadoras en lograr un buen entendimiento realista.

La provocación es siempre una mentira. Una trampa, un cepo. Y eludirla requiere ser extremadamente astuto, sobre todo si el trampero también lo es.



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